7 de junio 2020 - 5:00hs

Querida Magdalena:

Hacerse la cama

Mi primer jefe en la British Library -¿lo recuerda usted?-, fue aquel negro maravilloso que se ocultaba bajo el falso nombre de Alyoshka Karamasov. Y aunque era maravilloso en ciertos aspectos, en otros era un tipo bastante pesado. Tenía un amor incomprensible hacia lo que podríamos llamar la perfección burocrática. Pensaba que, como estamos de alguna manera constreñidos por cierta destinada mediocridad, pocos espacios se abrían tanto a la perfección del espíritu humano como el papeleo administrativo. ¿Qué nos impide ahí ser perfectos, poner todos los sellos en las hojas y abrochar todas las hojas en perfecta simetría? No admitía en esto, para mi mal (pues yo era el ejecutor de sus ordenados deseos), que de nuestra sección saliera hacia el resto del universo (que, parafraseando a Borges, “otros llaman la Biblioteca”) nada imperfecto. Por ejemplo, en aquel tiempo primitivo en el que no existían los procesadores de texto, había definido para las comunicaciones de nuestro sector un patrón de 65 caracteres con espacios, por línea. Antes de transcribir cualquier carta, yo debía contar todos sus caracteres con espacios y dividirlos en grupos de 65. Así, todas las líneas de nuestras cartas estaban perfectamente justificadas, a derecha e izquierda, lo mismo que si fuera un texto impreso. Cuando la extensión de las palabras no permitía llegar a los 65 caracteres, yo debía intercalar, en la máquina de escribir, los espacios necesarios para mantener la armonía universal.

Este modo de trabajar tuvo en mí dos efectos. El primero y más pasajero, que por momentos odiaba cordialmente a Alyoshka Karamasov.  El segundo y más duradero, que aprendí, o mejor dicho descubrí, lo que es un trabajo bien hecho.

He recordado este suceso durante la presente Cuarentena porque, durante la etapa que los científicos han denominado de Achievement, me propuse aprender a hacer bien la cama.

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Hacerme la cama ha sido en general una actividad tan cotidiana como inquietante e insatisfactoria. Nunca sabía por qué salía bien o por qué salía mal. Las sábanas, el colchón y las frazadas, en infame alianza con las almohadas y la ropa de noche, se burlaban de mí. Han sido muchos años de derrotas. Así que cuando recibí la indicación de confinarme en mi propia casa, inmediatamente supe qué hacer con el tiempo: aprendería a hacerme la cama. Mi hermana y su hija tuvieron a bien instruir a este torpe Bibliotecario.

Es muy curioso cómo cambia la vida cuando la ignorancia desaparece y uno sencillamente sabe. Yo que siempre me angustiaba y, más que terminar, abandonaba la tarea confiando sobre todo en que María fuera, un día más, indulgente conmigo… ahora hago la cama en paz. No ya esperando que los astros me favorezcan, sino silbando distraído mientras hago el famoso pliegue del pie de cama (la clave del arco de todo este asunto), porque esa pequeña perfección -como los 65 caracteres con espacios del querido Alyoshka-, depende ahora enteramente de mí.

Con el tiempo se aprende que cada trabajo tiene su propia perfección, como una aspiración constante pero siempre incompleta. Y a medida que nos metemos más y más en su interior y lo conocemos mejor -y nos hacemos mejores profesionales de lo que sea-, progresivamente sentimos si nos estamos acercando o alejando de ella.

Cualquier panadero (en sentido amplio, filosófico) puede dar testimonio de ese momento mágico, en el amasado, en que las manos sienten que hay que frenar, porque la masa ha sido llevada a ese estadio preciso al que nuestras manos podían llevarla. Y que no hay un más allá de eso.

Con su intuición del acto y la potencia, Aristóteles fue quizás el primero de los filósofos en advertir esta condición de work in progress de todo lo creado.

Si las substancias no realizan simultáneamente todos los actos propios de su naturaleza, sino que trabajosamente pasan de unos a otros, alternando lo perfecto y lo imperfecto, entonces el mundo es un edificio inacabado y un edificio que debe ser acabado.

Hay una nota de sabiduría en esta búsqueda constante, en esa perfecta imperfección que es lo mejor que nos es dado alcanzar. Cuando trabajamos, cuando realizamos con maestría el pliegue del pie de cama o contamos nuestros 65 caracteres con espacios, podemos tocar con la punta de los dedos aquel absoluto que nos llama y nos espera.

“No puedo respirar”

Estimado Leslie:

Los versos de Blake coinciden con la idea que usted expresa en su carta: a pesar de nuestra finitud, los seres humanos sí podemos contemplar lo infinito. De hecho, coincido plenamente con que “el mundo es un edificio inacabado” (y yo agregaría “magnífico”) y, también, en que pende de nosotros la posibilidad y voluntad de acabarlo. Algo parecido pensaba Maquiavelo cuando dijo que Dios no quiso hacerlo todo para no quitarnos el libre albedrío. Pero también comprendemos que el mundo es una obra maravillosa que debemos acabar porque poseemos lo que Descartes denominó “idea de lo perfecto”. Esta idea es necesaria, no sólo para reconocer que somos imperfectos, sino también para desear la perfección para nosotros mismos y el mundo en que vivimos.

Reconozco que en su perfecta imperfección -o, mejor dicho, gracias a ella- siempre vi al ser humano como una criatura fascinante, capaz de fluctuar entre lo más racional y lo más absurdo en su sentir, pensar y actuar. No puedo evitarlo: soy una enamorada perdida del ser humano. Sin embargo, algunas veces -como hoy - me invade la desilusión y me veo tristemente desencantada. Esta sensación es generalmente pasajera (soy entusiasta por naturaleza), pero mientras dura no puedo evitar sentir que, como los apestados en la célebre novela de Saramago, “estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Nos encontramos recluidos en nuestra oscura caverna, fisgando a través de sus estrechas rendijas, incapaces de percibir una pizca, siquiera, de infinito o perfección. Hoy siento que como humanidad corremos el serio riesgo de finiquitar el mundo en vez de acabarlo…

No es que la caverna nos haga malvados, no. Esta es una idea lisa y llanamente simplista, de mala fe inclusive. El problema es que, como dice Dostoyevski, el hombre es un ser que se acostumbra a todo, incluida la oscuridad que nos impide depurar la mirada para ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre (en el inglés de Blake suena mucho mejor).   Pero hay cosas a las cuales no deberíamos acostumbrarnos. Y los griegos creían que, para ayudarnos a esto, los dioses nos concedieron el sentido de la justicia. Este sentido es como una balanza interior, que pierde su delicado equilibrio cada vez que advertimos el abuso y la sinrazón de un hecho injusto. En el mito de Prometeo, cuenta Platón que Zeus ordenó que el sentido justicia fuera repartida a todos los hombres por igual, y que quienes no participasen de él fueran eliminados, como la peste, de la cuidad. Esto, para que en ella pudiera reinar la armonía y los lazos comunes de amistad. Así, la justicia es una necesidad humana (un “apetito racional” según Santo Tomás de Aquino), mucho antes que leyes escritas en códigos y tratados de derecho.

El sentido de la justicia alumbra la consciencia de nuestra condición inacabada e imperfecta, encendiendo, al mismo tiempo, el deseo de perfección. Por eso debemos sentir el malestar que provoca el desequilibrio de la balanza interior: para no acostumbrarnos a lo que no debemos. No podemos darnos el lujo de volvernos “confortablemente insensibles” a la injusticia. No sólo porque significa una vulneración de nuestra naturaleza humana, sino también porque sin este “apetito racional” corremos el riesgo de convertir a este mundo en una obra disgregada y disonante. Mas no basta con el apetito; también debemos reflexionar y decidir cuál es el “alimento” más apropiado para recomponer el equilibrio, y no incurrir en el humano, demasiado humano, error de creer que una injusticia se remedia con otra. Pero los dioses nos concedieron el sentido mas no el manual… Las formas de lidiar con la injusticia las debemos decidir nosotros haciendo uso de nuestro libre albedrío. 

Y ahora, leyendo su carta, se me ocurre que una forma posible puede hallarse encarnada en su ejemplo; porque la perfección se aprehende (y aprende), antes que nada, en los detalles cotidianos de nuestro microcosmos pequeño e imperfecto. Para que -entre otros absurdos siniestros- nadie más deba morir bajo la rodilla de otro ser humano, gritando “No puedo respirar” ante la mirada inerte de transeúntes, celulares y cámaras. Para esto sí, seguramente, deberíamos empezar por aprender a hacernos bien la cama.

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