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Harlem hoy

El histórico barrio negro de Manhattan mantiene las tradiciones más arraigadas pero al mismo tiempo muestra otras caras a los turistas ocasionales

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05 de mayo de 2018 a las 05:00

La isla de Manhattan es un lenguado que se acuesta entre los ríos East y Hudson, y su cabeza (el distrito financiero más importante del mundo) apunta al sur y mira la antorcha petrificada de la estatua de la Libertad. Broadway y la Quinta avenida son dos de las grandes arterias que corren de norte a sur y cortan la isla en dos. La forma más práctica de ubicarse en la "altura" de la isla está en la numeración de las calles que cortan Broadway o la Quinta. La calle Houston (que los neoyorquinos pronuncian "Jauston" y no "Jiuston", como se creería) marca el fin de los barrios chino e italiano y comienza la calle 1, hacia el norte.

De estas transversales numéricas son importantes la calle 33, donde se ubican el Madison Square Garden y la estación Pennsylvania; la calle 42, donde está la estación Grand Central y el edificio Chrysler; la calle 59, que marca el inicio del Central Park, que va hasta la calle 110, donde comienza, como decía la letra de un gran tema de Bobby Womack, el barrio Harlem.

Hago la explicación geográfica para que se tenga una idea de la distancia de Wall Street y del toro de testículos brillantes, del Empire State, del Soho y de Chelsea, incluso del Metropolitan Museum y de la Frick Collection. Harlem es lejos, pero el orgullo y las tradiciones de los residentes tienen el vigor y el carisma para que el visitante dé vuelta como una media la ciudad y admire Nueva York desde la parte de atrás. Me tocó estar unos días de visita por el barrio y estas son las impresiones.

La calle 125 es el nuevo eje comercial de Harlem, con sus tiendas de ropa (bastante barata), supermercados refinados, pero también los vendedores ambulantes y los vagabundos. Todo depende de la dirección de la brújula. Cuanto más hacia el río Hudson uno camine, sube la clase social y la elegancia del barrio. Al ir hacia el río Harlem (bifurcación del East), se encuentra el viejo Harlem del gueto y los tugurios marginales. Se ven hombres mendigando con el uniforme militar de los Estados Unidos (pueden ser veteranos o no), gente que habla sola, adictos de todo tipo que se acercan en busca de una moneda, un cigarrillo o algo incomprensible que cae de la boca. En las calles hay basura, excremento y olores rancios.

Del otro lado, está el mítico teatro Apollo, gloria de la comunidad musical negra desde la década de 1960 hasta la actualidad, donde brillaron estrellas del jazz, del disco, del góspel, del funk, el rap y la fusión.

En Harlem todavía late la cuestión racial. Vi una pintada con tizas de colores en una vereda que decía: "Esto es Harlem, no $oho". Un blanco se siente en una clara minoría (de 8 a 2), pero en ninguna situación social (en el metro, en las compras, en la calle) sentí ni una mala expresión ni un mínimo dejo de desprecio. Al contrario, los yanquis de todas las razas comparten una particular cordialidad y don de gentes, una solidaridad ante el desconocido (no exenta de cierta superficialidad en el trato), que hicieron de la experiencia en Harlem un lindo disfrute. Se habla español en casi todos lados, y el elemento lingüístico ayuda a que mengüe la distancia cultural.

La diversidad entre la población negra no es solo social y económica, sino también religiosa. A la sucesión de iglesias protestantes, cultoras de los bellísimos coros vocales, se le suman mezquitas (vi varias, con hermanos musulmanes de turbantes y mujeres de velo) y también sinagogas. La comida típica está representada por la llamada soul kitchen y por el restaurante emblema Sylvia's, en el que el menú sureño que emigró junto con la gente en las primeras décadas del siglo XX es estrella.

Luego de paseos por el Downtown, Brooklyn y otras zonas coquetas de Nueva York, cada día el regreso a Harlem implicó ver el glamur tras bambalinas y experimentar el ritmo en cada cuadra: la música está en los autos, a todo volumen; en las tiendas, en las esquinas, en las iglesias, por supuesto. Desde el pequeño pueblito que los holandeses fundaron en el siglo XVII al monstruo urbano de Nueva York a inicios del XXI, el rostro de Harlem mantiene un lejanísimo hilo etimológico, vivas sus tradiciones más puras y enfrenta una desigualdad social latente y palpable a pesar de haber tenido ocho años un presidente negro.

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