Hernán Lanvers, el escritor argentino de novelas de aventuras ambientadas en África se soprende de que quien lo entrevista pertenzca a la sección cultural de un diario. “A mí, en general, me hacen notas de la sección Sociedad, porque soy como una curiosidad: un tipo que escribe novelas sobre África en español y desde Córdoba”, dice Lanvers a El Observador con una risa.
La verdad, es que Lanvers sí es una curiosidad. Tiene 52 años y de niño devoró novelas de aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari, de James Michener y de su ídolo absoluto, Wilbur Smith.
Jugó al rugby, pero luego su inclinación se fue a la medicina. Antes de recibirse de cirujano, fue docente de materias relacionadas a la biología, la física y la química, y como tenía muchos alumnos, resolvió no ejercer su profesión. Con sus ahorros, se dedicó a viajar.
Lanvers conoce todos los continentes y ha visitado quince veces África. Como tiene por pasión escalar, llegó hasta las cimas de los montes Kilimanjaro, Kenia y otras montañas del Sahara y de Asia. Ascendió al Kilimanjaro en diciembre de 2001, mientras su país su derrumbaba en una terrible crisis política y social.
Allí en un campamento junto al fuego, unos guías africanos le dijeron que debía contar historias, porque era bueno narrando. Aunque parezca de fábula, Lanvers sostiene que la historia es cierta.
En 2003 publicó su primera novela “africana” con una editorial en Córdoba y agotó seis ediciones. Recién en 2008 Random House decide, luego de una insistencia militante, publicarle África: hombres como dioses. El éxito fue inmediato y agotó una edición de 12 mil ejemplares. Sin haber pisado nunca un taller literario, sin tener amigos escritores y solo con sus bases de lecturas. La saga africana lleva cinco novelas y ha superado los 200 mil ejemplares vendidos solo en Argentina.
Para su público
“Cuando empecé tenía todas las contras. No nací ni en Inglaterra ni en Estados Unidos. Escribo en español y no en España, sino en Argentina. Y encima no en Buenos Aires sino en Córdoba. La periferia de la periferia”, cuenta Lanvers.
Pero de la periferia saltó a la fama, porque los ventas lo ubicaron en ese lugar, aunque no cuenta con el respeto del ambiente cultural ni de la academia. “Yo escribo para divertir, para mis lectores, no para otros escritores”, agrega.
Sus libros nunca fueron presentados en Buenos Aires, ni lo han invitado a las ferias del libro. Tampoco se lo toma muy en serio en los suplementos culturales de su país.
“Quizás con razón no me inviten a ningún lado porque es para hablar de autores que no conozco. Pero si fuera una ponencia de Sidney Sheldon soy un experto”, dice Lanvers sin ninguna vergüenza.
Su prosa es llana. Construye sus novelas en escenas breves y de lectura ágil y sus personajes no poseen gran profundidad, sino la energía y el don de supervivencia de los autores de la vieja colección Robin Hood. Lanvers no es pretencioso y tiene claro su lugar en las letras de su país. Y está orgulloso de su éxito.
Ayer presentó en Montevideo y hoy en Rocha su última novela africana, Tormenta de libertad, sobre la Sudáfrica de Nelson Mandela. El año pasado estuvo en Etiopía y ya tiene en mente una novela sobre ese país. Su mano musculosa de ex rugbista va por más y no piensa detenerse.