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Hiroshima y Nagasaki: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?”

Los 75 años de la bomba atómica, una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia (VII)

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04 de agosto de 2020 a las 21:48

A las 2:45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945 el “Enola Gay”, un enorme bombardero B-29 plateado, despegó desde la isla de Tinian, en las Marianas del Norte, para un viaje de más de 5.000 kilómetros ida y vuelta hasta Japón.

La conquista de esa pequeña isla, un año antes, había costado la vida a más de 6.000 defensores japoneses y a 330 marines estadounidenses, además de 1.571 heridos.

El bombardero “Enola Gay”, nombre con el que el coronel Paul Tibbets, el piloto, homenajeó a su madre, Enola Gay Haggard, llevaba nueve de sus once tripulantes habituales, cuatro científicos y una bomba alargada de 4.100 kilos: la “Little Boy” (niñito o muchachito). 

La bomba estaba integrada por dos masas subcríticas de uranio en sus extremos, que serían lanzadas una contra otra mediante detonadores, para volverse críticas y provocar una explosión atómica. 

El poder del “Enola Gay” y su solitaria bomba equivalían a unos dos mil aviones B-29 cargados hasta las manijas de bombas convencionales.

Para evitar el riesgo de una explosión prematura, el detonador de la bomba fue armado lejos de la base, en vuelo sobre el océano Pacífico, por el capitán de navío William Parsons, quien provenía del laboratorio de Los Álamos, Nuevo México, donde el artefacto se había diseñado.

En realidad, el riesgo principal era un accidente al despegue, o una falla mecánica del B-29, un avión magnífico pero todavía inmaduro. Por lo demás, las defensas antiaéreas japonesas —con radares escasos y primarios y pocos cazas competitivos— no eran una amenaza seria para los ataques aéreos estadounidenses a gran altura o por la noche. 

De todos modos, el coronel Tibbets, jefe de la misión, llevaba ampollas de cianuro para todos los tripulantes, por si se producía el riesgo de caer prisioneros. 

Si bien sólo algunos conocían exactamente qué clase de arma transportaban, todos sabían demasiado, y muy probablemente serían torturados en caso de caer prisioneros. Los japoneses detestaban particularmente a los tripulantes de bombarderos, que castigan severamente a Japón desde el aire desde el año anterior.

Por qué Hiroshima

El “Enola Gay” fue precedido por tres aviones B-29 meteorológicos, que al cabo eligieron el blanco más despejado de tres posibles: sería Hiroshima, la séptima ciudad de Japón, con unos 280.000 pobladores, más 40.000 soldados, y sus casas de madera, que había permanecido relativamente a salvo de ataques aéreos. Además, Hiroshima no tenía campos de prisioneros aliados.

Las bombas Little Boy, de uranio, y Fat Man, de plutonio. La primera fue lanzada sobre Hiroshima y la segunda sobre Nagasaki

El nuevo comandante de las recién creadas Fuerzas Aéreas Estratégicas en el Frente del Pacífico, el general Carl Spaatz, un veterano de la guerra aérea en Europa, había exigido violentamente en el Pentágono unas órdenes escritas precisas. “Si voy a matar a 100.000 personas, no pienso hacerlo obedeciendo solamente unas órdenes verbales”, argumentó.

Tan tarde como el 1º de agosto de 1945, Spaatz había informado al jefe aliado en el Pacífico, general Douglas MacArthur, de la existencia de la bomba atómica y su uso inminente. “Esto cambiará totalmente todas nuestras ideas sobre la guerra”, comentó MacArthur.

Los objetivos habían sido barajados en el laboratorio nacional de Los Álamos, por un comité encabezado por Julius Robert Oppenheimer, líder científico del “Proyecto Manhattan”. El propósito esencial era minar la voluntad del pueblo japonés, y de sus autoridades, de proseguir la lucha. El presidente Harry S. Truman y otros líderes políticos también deseaban reforzar la posición angloestadounidense en Europa frente a la Unión Soviética, como se vio en el capítulo anterior de esta serie ("El miedo a los soviéticos y un mensaje para Stalin").

Tokio, la capital, ya había sido destruida por bombardeos incendiarios a partir de marzo de 1945, incluido el Palacio Imperial, por lo que fue descartada, junto a algunas ciudades que tenían gran valor histórico y simbólico.

Después de un vuelo de cinco horas y media, a las 8:13 de la mañana del 6 de agosto, el coronel Paul Tibbets, veterano de la guerra aérea en Europa, entregó el mando al apuntador, el comandante Thomas Ferebee. Este otro veterano de 63 misiones, observando el suelo desde su mira Norden en la proa acristalada, dirigió el avión hacia el blanco.

Ferebee, quien conocía el blanco de memoria, apuntó al puente Aioi, sobre el ramal principal del río Ota, y a las 8:15 lanzó la bomba desde 9.630 metros de altura. Menos de un minuto después, mientras el B-29 culminaba una rápida media vuelta para alejarse, “Little Boy” estalló a 550 metros sobre Hiroshima, a poco más de dos cuadras del blanco programado.

Por debajo del avión, que ya estaba a 25 kilómetros del epicentro, estalló un relámpago blanco de intensidad cegadora. Luego se formó una bola de fuego que alcanzó una temperatura de un millón de grados centígrados durante una fracción de segundo. 

Una ciudad inerme, que iniciaba otra jornada de rutina o estaba en tránsito, que había ignorado a los B-29 porque eran demasiado pocos para representar una amenaza, se incendió bajo aquel terrorífico experimento científico y político.

Unos 80.000 muertos

El artillero de cola del B-29 grabó una descripción: “Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Los incendios se extienden por todas partes (…). El hongo se extiende. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo (…). La ciudad debe estar debajo de todo eso…”

El copiloto del “Enola Gay”, el capitán Robert Lewis, exclamó: “¡Dios! ¡Mira cómo sube ese hijo de perra!”. Pero luego, ya de regreso, escribió en su diario unas notas para la prensa: “¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?”.

Superfortalezas B-29 se aprestan a aterrizar en la base de Guam, en el Pacífico, tras bombardear Japón

En unos minutos el hongo atómico alcanzó 12 kilómetros de altura. Los tripulantes del “Enola Gay” lo veían aún a más de 500 kilómetros de distancia. Otros B-29 se ocuparon de tomar fotografías y realizar mediciones.

La ciudad quedó cubierta de polvo y llamas, hasta un diámetro de cinco kilómetros. Salvo un par de construcciones de cemento armado, todo el centro de Hiroshima fue molido en escombros: por la explosión, por el fuego, por las ráfagas de viento como un tifón.

Los habitantes de Hiroshima murieron de muchas maneras. La población no estaba en los refugios, porque había cesado la alarma aérea, sino en tránsito o en sus hogares, fábricas y oficinas. Muchos fueron derretidos por la explosión. Otros fueron desmembrados por la onda expansiva, o aplastados por los escombros de la ciudad. Aún a dos kilómetros de distancia, en la estación de ferrocarriles, los vagones volcaban y los tranvías volaban. 

Ardían personas, caballos, casas, automóviles, árboles, postes de luz y teléfonos. El fuego aún quemaba la piel y las viviendas a tres kilómetros del epicentro. Y días o meses más tarde, muchos miles más murieron por sus heridas, o por efecto de los neutrones y rayos gamma.

Murieron y desaparecieron unas 80.000 personas, entre civiles y militares, y hasta 130.000 resultaron heridas. Las dos terceras partes de los edificios de la ciudad fueron destruidas.

La bomba sobre Nagasaki

Si la bomba de Hiroshima fue un “cañón” que lanzó un trozo de uranio contra otro, la destinada a Nagasaki, llamada “Fat Man” por su redondez, era una esfera con 64 núcleos de plutonio. Llegado el momento, esas pequeñas cargas serían detonadas al unísono hacia el centro, para crear una masa crítica y una explosión atómica.

La “superfortaleza volante” B-29 que la portaba, llamada “Bock’s Car”, por el apellido de su piloto habitual, aunque en la ocasión mandaba el comandante Charles Sweeney, tuvo una serie de pequeños percances. Debido a las nubes descartó el blanco primario, el gran arsenal de Kokura, y entonces se dirigió hacia el segundo blanco de su lista.

Nagasaki era una importante base militar, con una fábrica de artillería de Mitsubishi y astilleros navales, y una población mayoritariamente católica debido a una antigua evangelización jesuita. 

El “Bock’s Car” se guio por radar hacia la ciudad. Pero a último momento, a las 10:58, lanzó “Fat Man” desde 8.800 metros de altura tomando como referencia un hipódromo que apareció entre las nubes, lejos del blanco original.

El centro de la ciudad de Hiroshima semanas después del ataque atómico

La onda expansiva de la explosión se hizo sentir como si estuvieran “aporreando nuestro B-29 con un poste de telégrafos”, informó Sweeney luego.

Pese a que la bomba de plutonio resultó más violenta que la de uranio, la ubicación de la ciudad en un valle rodeado de montañas limitó los daños y el número de víctimas. La abundancia de agua acotó la expansión de los incendios y el huracán de fuego que azotó a Hiroshima. 

Murieron o desaparecieron unas 35.000 personas, y más de 50.000 salieron heridas.

En los días y meses siguientes el número de muertos en Hiroshima y Nagasaki aumentó considerablemente debido a las heridas y radiaciones. No había cura conocida para el bombardeo de radiaciones, y las personas morían entre vómitos y hemorragias.

De hecho, las incursiones de las Fuerzas Aéreas con bombas incendiarias sobre Tokio en la noche del 9 al 10 de marzo de 1945 provocaron más muertos, hasta 130.000, y más destrucción que las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Un huracán de fuego quemó la capital de Japón.

Pero el efecto sicológico y político de los dos terroríficos ataques de hace 75 años fue demoledor. Un solo avión, como una sola arma, podía extinguir una ciudad. Para completar, entre bomba y bomba atómica, la Unión Soviética, hasta entonces neutral en el escenario del Pacífico, atacó a los japoneses en China, según lo pactado en la conferencia interaliada de Yalta.

Próximo artículo: La rendición de Japón: “Tolerar lo intolerable y soportar lo insoportable”

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