Historia conocida
Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Alguna vez le ocurrió el tener que vivir determinada experiencia de vida con la seguridad de haberlo vivido antes? Yo tenía 16 años el 22 de enero de 1972 y recuerdo la fecha debido a que era el cumpleaños de mi hermano mayor y mi viaje en tren se debía a que la familia se encontraría toda en Montevideo. Eran las 3 de la tarde y el “coche” se detuvo entre Illescas y Mansavillagra.
Era un silencio típico de una tarde de enero donde, salvo alguna chicharra, el campo apaga su llave general para dormir la siesta. Al poco tiempo de estar detenidos pude entender entre las palabrotas que mi padre vociferaba, que se trataba de un paro sorpresivo del sindicato de AFE, cuya duración podía variar entre una y tres horas. Bastaron pocos minutos para que el vagón se volviera insoportable por el calor, de modo que todo el “pasaje” bajó y se recostó a la delgada sombra que el tren proyectaba. Aquella imagen la mantengo en la memoria y se parecía de algún modo a otras muchas que luego conocí referido a trenes muy tristes.
El tiempo pasó, sufrimos una dictadura, retomamos la democracia y vivimos el día de hoy en el que otra gran injusticia transcurre bendecida por la autoridad y que me devuelve a aquel tren. Se trata del gremio de empleados de Conaprole que, usando su intenso poder de daño, intenta someter a los productores lecheros al límite servil de sus posibilidades en una suerte de trabajo esclavo en el que el amo es el proletariado y el siervo el terrateniente.
La “fuerza” del sindicato se basa en el carácter perecedero del producto. Saben que para un productor es imposible dejar de ordeñar porque mata sus vacas y a la vez se suicida como empresa; también saben que para el productor tirar la leche produce un dolor indescriptible. Lamentablemente, como en el tren, solo aquellos que lo necesitábamos sentíamos la injusticia. Quien no ha salido de Montevideo no tiene la menor idea de quién es la víctima. No hay allí presentismo, horas extras, salario vacacional ni licencia. Cuando nos despierta el estruendo de un rayo en nuestro dormitorio, en ese mismo momento hay un tambero que arrea sus vacas hacia el galpón de ordeñe. Cuando el agua fría corta como un cuchillo el ordeñador se baña literalmente en ella.
Este trabajo que no conoce domingos, año nuevo o Navidad se remunera muchas veces peor que aquel que atiende el teléfono en Conaprole; sin embargo es desde allí de donde se reclama surja el dinero. Estos gremialistas que fueron inflexibles para colaborar con sus salarios en épocas de crisis del sector lechero piden hoy participar de las ganancias de la empresa.
A inicios de este gobierno tuvimos la sensación de tener un presidente que valoraba el trabajo de los pequeños productores como son la abrumadora mayoría de los tamberos. Suponíamos a un Poder Ejecutivo fiel a su inclinación a las manos callosas; sin embargo hoy los tamberos tiran la leche obligados por los que trabajan bajo techo y del presidente reciben como consuelo la absolución por dicho pecado.
Esta película ya la viví. El poder sindical en Uruguay no tiene miramientos ni reconoce la existencia de víctimas de sus caprichos. Los que pasamos los cincuenta sabemos que del lado sindical poco importa escupir la mano del que te da de comer por lo que será por algún otro lado que la bomba habrá de estallar.
La bomba es el odio sembrado en esos productores, en los que quedan a pie en los paros de ómnibus, en los que se ahogan en la basura, en los que sufren la inseguridad, en los que no pueden comprar leche y otra serie de ciudadanos que les ha tocado estar del lado de los que dan y no de los que piden.
En 1973 el odio terminó en un golpe de Estado que mirado desde nuestra perspectiva actual es un episodio atroz, pero que en su momento fue deseado por una enorme mayoría. Hoy sabemos en qué consiste un gobierno militar y la enorme mayoría lo abominamos, pero el hartazgo en una parte de nuestro pueblo es el mismo. Quiera Dios que el resultado sea otro.