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24 de agosto 2023 - 5:01hs

La posibilidad de comunicarse directamente con las máquinas a través del pensamiento parece al alcance de la mano, aunque llevarlo a la práctica sigue lejos de lo que imaginó la ciencia ficción y las promesas de la telepatía. Varios laboratorios y empresas demostraron que es posible controlar programas de computadora a través del pensamiento gracias a implantes cerebrales.

Una de las últimas hazañas se registró en Lausana, Suiza, en mayo pasado. Fue cuando un holandés parapléjico logró caminar y controlar sus pasos con el pensamiento gracias a electrodos implantados en su cerebro y médula espinal en combinación con tecnologías de Inteligencia Artificial (IA) que permiten decodificar intenciones de movimiento en tiempo real.

Ese mismo mes, científicos estadounidenses desarrollaron un “decodificador de lenguaje”, que traduce el pensamiento de una persona en escritura, después de entrenar el cerebro durante largas horas en un aparato de resonancia magnética (RM).

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Por ahora, la investigación sobre las interfaces cerebro-máquina (ICM) se centra en las personas con parálisis. Y la mayoría de los dispositivos se prueban en un entorno médico, aunque algunos se usan ya en entornos cotidianos para, por ejemplo, manejar sillas de ruedas, cuenta Michael Platt, profesor de neurociencia en la Universidad de Pensilvania.

Sin embargo, nada es sencillo en el mundo de las neurociencias. Cuanto más cerca estén las ICM de las neuronas, más precisa y rica será la señal. Pero su colocación requiere cirugías complicadas, costosas y engorrosas. Además, “al cerebro no le gusta que le pongan cosas dentro. El sistema inmunológico ataca los dispositivos y con el tiempo la calidad de la señal disminuye y se pierde información”, explica Platt.

Con el objetivo de simplificar el procedimiento quirúrgico, la firma estadounidense Synchron apuesta por un stent insertado en el cerebro a través de la vena yugular, un procedimiento que se volvió común para las operaciones de corazón y que no requieren abrir el cráneo. Una vez colocado, el Stentrode, como se llama el dispositivo, le permite al paciente usar servicios de mensajes como la plataforma Whatsapp o navegar en línea sin manos ni voz, haciendo “clic” con el pensamiento.

“Estamos en un punto de inflexión para las ICM”, asegura Tom Oxley, cofundador de Synchron. “Hubo demostraciones increíbles de lo que es posible y ahora el objetivo es hacer que el proceso sea reproducible, simple y accesible para un gran número de personas”, agrega. Por lo pronto, la empresa fue autorizada en 2021 por la Administración Federal de Alimentos y Medicamentos (FDA) estadounidense para realizar ensayos clínicos.

Una docena de pacientes con enfermedad de Charcot, una parálisis muscular progresiva, recibieron un Stentrode. “El objetivo era verificar que pudiéramos registrar la actividad cerebral y que no hubiera efectos adversos”, dice David Putrino, del Hospital Mount Sinai de Nueva York. Según el médico, el objetivo se cumplió. “Para los pacientes, incluso si teclear un mensaje con la mente sigue siendo lento y trabajoso, recuperar cierta autonomía no tiene precio”, destaca Putrino.

Con el apoyo particular de los magnates tecnológicos Jeff Bezos y Bill Gates, Synchron recaudó US$ 75 millones en febrero. Más conocida gracias a Elon Musk, su cofundador, es la firma Neuralink, que quiere hacer que los pacientes paralíticos vuelvan a caminar, devolver la vista a los ciegos e incluso curar enfermedades psiquiátricas. Potencialmente, incluso, vender sus implantes a quienes simplemente sueñan con ser cíborgs. Para la particular óptica de Musk, aumentar de esa manera las capacidades del cerebro permitiría que la humanidad no se vea abrumada por la IA, “una amenaza existencial”, según sus palabras.

Musk no se anda con vueltas a la hora de promocionar sus negocios. Afirma, por caso, que los científicos que trabajan en Neuralink están en pleno debate sobre la posibilidad de guardar recuerdos en línea y cargarlos en otro cuerpo, o en un robot. El jefe de Tesla y la red X, anteriormente Twitter, tampoco excluye la “telepatía consensuada” entre humanos, para “comunicar sus verdaderos pensamientos” en estado bruto, sin pasar por las palabras.

En mayo, la compañía, con sede en californiana, también recibió luz verde de la FDA para probar sus implantes cerebrales en humanos y acaba de recaudar US$ 280 millones de inversores. Su implante, del tamaño de una moneda, se coloca en el cerebro mediante una cirugía realizada por un robot. Hasta el momento sólo se probó en monos que, implante de por medio, aprendieron a jugar al videojuego Pong sin joystick ni teclado.

Muy atrás en el tiempo parece quedar lo ocurrido hace apenas ocho años, cuando Ian Burkhart miró su mano, se imaginó cerrándola y, para su gran sorpresa, se cerró. Fue la primera vez que un paralítico recuperaba la capacidad de mover su brazo con la única fuerza de su mente gracias a un implante en su cerebro. “Fue el momento mágico que demostró que era posible, que no era ciencia ficción”, recuerda hoy Burkhart, uno de los primeros voluntarios en un ensayo experimental de interfaz cerebro-ordenador.

Sin embargo, vivir con un implante cerebral sigue siendo una experiencia singular. Burkhart había quedado paralítico de los hombros hacia abajo por un accidente de buceo en 2010. Cuando supo que la firma Batellle, una empresa estadounidense sin ánimo de lucro, buscaba voluntarios para un ensayo, no dudó. Fue así que le implantaron el dispositivo del tamaño de una arveja, con un centenar de electrodos, cerca de la corteza motora, la zona del cerebro que controla los movimientos.

Hoy, el dispositivo ya no continúa registrando su actividad cerebral y transmitiéndola al ordenador que descifraba con ayuda de un algoritmo la manera exacta en la que el hombre quería mover su mano. La financiación del ensayo se agotó tras 7 años y medio, y le retiraron el implante en 2021. “Fue realmente una época triste”, recuerda Burkhart, que tiene actualmente 32 años. El shock fue atenuado por el hecho de que sólo pudo utilizar la tecnología en laboratorio, unas horas por semana.

Burkhart se volvió tan hábil con su mano que pudo tocar solos de guitarra con el videojuego Guitar Hero. El implante, no obstante, le trajo problemas. Su cuero cabelludo se infectó. “La herida intenta cerrarse permanentemente, pero no lo consigue porque hay un trozo de metal que sobresale”, explica al recordar la experiencia, de la que guarda una opinión positiva, al tiempo que defiende las interfaces cerebro-ordenador. Burkhart tiene previsto recibir otro implante en el futuro, pero lo preferiría permanente.

Hannah Galvin, por el contrario, no quedó tan satisfecha. Con 22 años, esta australiana vio sus sueños profesionales en la danza clásica destrozados por una epilepsia incapacitante. Recibió entonces un implante experimental. “Habría hecho cualquier cosa. Me pareció una oportunidad de recuperar mi vida”, cuenta Galvin, ahora de 35 años. Se le implantó en el cerebro un electroencefalograma, que registra la actividad eléctrica, en el marco de un ensayo realizado por la empresa estadounidense NeuroVista.

La idea era que el dispositivo le avisara si un episodio convulsivo era inminente. Pero una vez implantado, el dispositivo no dejaba de activarse, lo que hizo creer a la joven que funcionaba mal. No era así: resultó que Galvin sufría más de 100 convulsiones al día. Ni ella ni sus médicos sabían que eran tan frecuentes. Ella, en tanto, se sentía avergonzada en público por los constantes parpadeos y pitidos del dispositivo.

“Tenía la impresión de que había alguien en mí, un robot raro dentro de mi cabeza y quería arrancármelo”, dice Galvin. La extracción del implante le proporcionó un alivio inmenso, pero su autoestima quedó tan dañada que ya no quería salir de casa y tuvo que tomar antidepresivos. Tardó años en aceptar que sus convulsiones le impedirían trabajar. Ahora, lleva “una vida feliz”, pintando y fotografiando. A los pacientes que se plantean un implante cerebral, les aconseja que “sean más cautelosos” que ella.

Por lo pronto, las interfaces cerebro-máquina están en pleno desarrollo, un sector que promete avances y que es liderado por empresas como Synchron y Neuralink que buscan hacer de la combinación de los implantes permanentes y los algoritmos una herramienta para restaurar en las personas la movilidad perdida y las capacidades de comunicación, o incluso tratar problemas neurológicos como la epilepsia.

(Con información de AFP)

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