30 de abril 2021 - 21:58hs

La semana pasada escribí sobre cómo ha venido manejando el gobierno el dilema entre lo urgente y lo importante. Lo urgente: atender la pandemia y sus consecuencias sociales. Lo importante: cumplir con el programa de gobierno ofrecido a la ciudadanía durante la campaña electoral de 2019. Volví a pensar en la tensión entre lo urgente y lo importante leyendo Del freno al impulso, el excelente libro sobre los desafíos del desarrollo económico del Uruguay que acaba de publicar Ricardo Pascale en editorial Planeta. Según él, la economía siempre impone urgencias. La “tiranía del corto plazo” obliga a “mantener en línea los fundamentos económicos” y “construir confianza” (otro de los temas en los que Pascale ha hecho punta), de modo de generar condiciones básicas para la actividad y la rentabilidad empresarial. Pero para que nuestro país pueda acelerar su tasa de crecimiento y superar el rezago respecto a las economías más dinámicas que viene acumulando hace varias décadas, debe pasar de una “economía basada en las cantidades” a otra “basada en el conocimiento y la innovación”.

Con la elegancia y serenidad que ya le conocemos, pero también con mucha firmeza e insospechable contundencia, escribió: “En la tercera década del siglo XXI el país no ha ingresado todavía en la economía del conocimiento, aunque debamos reconocer que hay excepciones. Uruguay no hace una aplicación económica del saber (…). Y en un país donde en los próximos diez o quince años no pase nada radical, disruptivo, ni favorable ni desfavorable, persistirán las tendencias que vemos. Un crecimiento lento, un rezago relativo cada vez más pronunciado con respecto a las naciones más dinámicas y una divergencia creciente entre los niveles de bienestar de los uruguayos y de los países con los cuales debemos compararnos. En una situación de este tipo, la política económica seguirá aproximadamente como hasta ahora, sin grandes movimientos” (pp. 248-249).

Tiene toda la razón del mundo. El camino al futuro es por ahí. Pascale reconoce los pasos que se han venido dando en esta dirección, pero le pide a Uruguay cambiar de ritmo, “dejando el larghuissimo, y pasando a un tempo allegro vivace e con brio”. “En la alternativa que propongo –dice– es preciso contar una sólida voluntad política y un amplio consenso entre todos los actores y partes interesadas para determinar una estrategia nacional sobre el tema”. Debe ser, insiste, “un proyecto nacional”, porque no “alcanza con esfuerzos aislados”, “que no tienen la fuerza suficiente para cambiar el rumbo general” (pp. 331). Debemos agradecerle la pasión y la claridad con la expone estas ideas. Dada su brillante trayectoria en el servicio público, y de modo muy especial, su actuación como presidente del Banco Central del Uruguay en tiempos extraordinariamente difíciles, su palabra tiene un peso muy especial sobre la elite política de la coalición “multicolor”. Y, aunque la importancia de la innovación no está fuera del radar del gobierno, es preciso que, lo antes posible, en cuanto las urgencias lo permitan, pase a ocupar un lugar mucho más relevante.

Del freno al impulso está llamado a jugar un papel central en la jerarquización de la innovación como desafío nacional. Durante muchos años, muy especialmente entre 1985 y 2005, los gobiernos se centraron fuertemente en ordenar la macroeconomía. A pesar de la crisis de 2002, lo lograron. Y le entregaron al Frente Amplio una economía saneada. La nueva elite gobernante priorizó la reconstrucción y modernización de nuestro tradicionalmente generoso Estado de Bienestar. El pasaje a una economía basada en el conocimiento no estuvo ausente. Pero, si mi interpretación es correcta, durante la Era Progresista el énfasis de la política económica estuvo colocado en establecer mejores “reglas de juego”. Los frenteamplistas más enfocados en la importancia de la innovación, la ciencia y la tecnología (los “neodesarrollistas”), rara vez ocuparon cargos relevantes en el gobierno de la economía.

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Como país, nos llevó muchas décadas aprender a cuidar los equilibrios económicos básicos. Poco a poco, sin que hubiera un pacto político explícito, estas nociones se convirtieron en “sentido común” y en patrimonio de todo el sistema político. Poco a poco, venimos recorriendo un camino similar en lo referente a la importancia de avanzar hacia una economía basada en la innovación. Hace dos décadas, este tema apenas se asomaba en la discusión pública. Las invariablemente brillantes incursiones de Juan Grompone en los medios eran la excepción más visible a esta regla. El desafío de la innovación era, sí, tema de conversación y preocupación entre un puñado de universitarios (entre otros, de Rodrigo Arocena, Luis Bértola, Alberto Nieto, María Simón y Judith Sutz). El libro de Pascale se apoya en estos antecedentes. Lo cierto es que, gradualmente, gracias al esfuerzo de muchos actores y formadores de opinión (académicos, políticos, empresariales, periodísticos), estamos entrando a una nueva etapa. Poco a poco, la innovación empieza a convertirse en “sentido común”, permeando las ideas de las elites y los programas de gobierno de los partidos. De todos modos, para que podamos realmente dar el salto hacia el futuro que nos pide Pascale, debe pasar a ser una exigencia de la ciudadanía. También desde este punto de vista, el libro tiene un valor extraordinario. Sin ahorrar aparato erudito ni información estadística, en un lenguaje entretenido y amigable, pone a disposición del público no especializado el desafío económico decisivo.

Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República

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