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Italia: un paraíso culinario con sabor familiar

Con más de 1200 km de hermosos paisajes, historia, arte y gastronomía, Italia es uno de esos destinos que todo amante del buen comer debe visitar al menos una vez en la vida.  

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28 de marzo de 2019 a las 05:00

[Por Nacho Olivera]

Los domingos en casa se comen ravioles con tuco desde que tengo memoria, una tradición que seguramente sea compartida por muchas familias uruguayas. Pero el domingo 19 de marzo de 2017 fue un día especial, en el que festejábamos haber obtenido el pasaporte italiano unos días antes y pensábamos que la mejor manera de celebrarlo era con un viaje hacia nuestras raíces. Por eso, un mes después, partimos a recorrer Italia en un viaje de más de 20 días. En esta experiencia se sumó la matriarca de la familia, mi abuela, que con 83 años cruzaba por primera vez en su vida el océano Atlántico, y mi hermano mayor. La excusa era conocer el pueblo de mis tatarabuelos, pero en el fondo todos sabíamos que íbamos a emprender un viaje culinario al paraíso de la pasta y la pizza.

Milán: moda y majestuosidad

Llegamos a la sofisticada Estación Central de trenes de Milán un miércoles. Nuestros ojos quedaron perplejos frente a la magnitud del edificio y a los miles de personas que recorrían una especie de laberinto de tiendas y restaurantes. Metro mediante partimos a nuestro alojamiento en pleno corazón de la ciudad y en la tarde nos encontramos con unos amigos venezolanos para comenzar el tour gastronómico. Con ellos probamos el típico plato de la ciudad, el risotto alla milanese. El verdadero milanés tiene únicamente tres ingredientes: arroz piamontés, queso rallado de Parma y cervellata típica de Lombardía (una mezcla de riñones y grasa de cerdo). Lo probamos en un restaurante ubicado en el barrio chic bohemio de Brera, a diez minutos caminando desde el centro.

Contábamos con un presupuesto low cost pero no por ello nos perdimos de recorrer la zona conocida como el “Cuadrilátero de la Moda”, donde se ubican las boutiques y marcas más prestigiosas del mundo. Por la zona también recorrimos la Galleria Vittorio Emanuele II, en donde cumplimos con la tradición de dar tres vueltas completas sobre el escudo familiar de la casa Saboya para tener buena suerte (lo hicimos a rajatabla: con el pie derecho y los ojos cerrados), y terminamos el día visitando el Duomo di Milano, la imponente catedral de la ciudad de estilo gótico. Esta fue construida durante un período de cinco siglos, es una de las más grandes del mundo, tiene capacidad para albergar a más de 40.000 personas y se ha transformado en el corazón de la ciudad.


Venecia: la ciudad que enamora



El viernes compramos el biglietto di TrenItalia y partimos a la ciudad de los canales. En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en el escenario de las aventuras narradas por el famoso seductor veneciano Casanova, allá por el siglo XVIII. Antes de llegar a nuestro hotel decidimos parar en un bar sobre el Gran Canal y pedirnos tres Aperol Spritz para recuperar fuerzas. Con el atardecer de fondo, brindamos sobre el Puente de la Constitución (uno de los cuatro puentes principales que cruzan el Gran Canal).

Al otro día nos despertamos temprano para la colazione de la mañana y partimos rápidamente porque nos habían advertido que en Semana Santa la ciudad explotaba de gente a toda hora. Y fue tal cual, a las ocho de la mañana estábamos en la plaza de San Marcos (definida por Napoleón Bonaparte como “el salón más bello de Europa”) haciendo una cola interminable para entrar al templo religioso más importante de Venecia, la basílica de San Marcos. Luego iríamos al Palacio Ducal, también sobre la plaza, pero la historia se repetía. Decidimos entonces irnos de San Marcos no sin antes parar en un bacari —un típico bar veneciano— donde pedimos los famosos arancini, una especie de croquetas de arroz con azafrán y tomate, aunque hay más variedades.

Luego del aperitivo, partimos hacia la basílica de San Giorgio Maggiore. Nos tomamos un vaporetto, un ómnibus acuático que recorre el Gran Canal con paradas que se van alternando entre las dos orillas. Al llegar a la basílica, subimos a los campanarios para obtener una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. De regreso, visitamos el Puente Rialto, el más antiguo de los cuatro que cruzan el canal (la construcción en piedra data del siglo XVI) y que durante años fue el centro económico más importante de la región por su proximidad al mercado. Recorriendo la zona, descubrimos una pastelería que llamó nuestra atención y terminamos la extensa jornada probando —con mate en mano— los famosos dulces cannoli, unos tubitos de masa crujiente rellenos de diferentes combinaciones de queso ricota con chocolate, vainilla y frutas. Mi elegido: el de crema con pistachos.

Florencia: de las más bellas

Cinco días bastaron para recorrer esta ciudad en la que se respira arte y se admira una arquitectura medieval conservada excelentemente. Llegamos y nos encontramos con unos primos de mi abuela que paseaban por la ciudad. Salimos con ellos a recorrer el centro histórico y nos cruzamos nuevamente con muchas pastelerías. Mi abuela recordó su niñez, cuando mi bisabuelo tenía una pequeña fábrica de dulces en Montevideo y descubrimos, en ese momento, que se trataban de dulces típicamente italianos. Compramos unas almendras crocantes y seguimos rumbo a la plaza de la Señoría, la más importante y animada de la ciudad, en la que se contempla el majestuoso edificio conocido como Palazzo Vecchio.

Otra visita ineludible es el Ponte Vecchio, el único puente que no derribaron las tropas alemanas durante la segunda guerra mundial, y que se ha convertido en el símbolo de Florencia. En su interior pueden recorrerse tiendas, principalmente de joyas, y tomarse fotos hacia el río Arno por sus ventanas. Nuestra parada técnica incluyó el plato típico local bistecca alla fiorentina, acompañado con un vino tinto clásico de la Toscana, el Chianti. 

Roma: la ciudad eterna

Su historia como centro de una de las civilizaciones antiguas más importantes se aprecia en cada rincón, el Coliseo o el Panteón de Agripa son fieles testigos de ello. Las multitudes de turistas, las bocinas de los autos y las sirenas de ambulancias y vehículos policiales la hacen única e inconfundible.

Tradiciones son tradiciones y ya habíamos llegado al día 29 del mes, así que buscábamos un plato de ñoquis desesperadamente. Nos recomendaron la zona de Campo dei Fiori como una de las más animadas de la ciudad, allá fuimos y nos transformamos en verdaderos comensales italianos. Nuestro antipasti (entrada) fue pan rústico con aceite de oliva, para il primo elegimos la clásica sopa minestrone y agregamos un rico plato de gnocchi di papa, con nuestro clásico dólar bajo el plato. Pero no pudimos con la carne que es il secondo plato, porque ya habíamos comido dos platos en el primer paso (sopa y pasta) y no uno solo, como se debe hacer. En el restaurante, el camarero nos contó un dato curioso: la pasta a base de papá surgió por un motivo económico. Cuando durante el siglo XIX los señores semifeudales les aumentaron las tasas a los campesinos por el uso de los molinos, estos tuvieron que buscar una alternativa a la harina de trigo y la sustituyeron por puré de papa para sus pastas.

Y con la pasta se cierra el círculo. Lo que al principio habíamos pensado como un viaje en familia aquel domingo de marzo de ravioles, se transformó en una experiencia que quedará en la memoria para el resto de nuestras vidas. Mi abuela no se animaba a hacer viajes tan largos a su edad, pero por suerte cambió de parecer y emprendimos vuelo. Una acumulación de imágenes y pensamientos pasan por mi cabeza en este momento. Quizá la más fuerte es la del descenso por la colina donde se encuentra la plaza de Miguel Ángel en Florencia. Nos habíamos perdido caminando por las callecitas de la ciudad cuando mi hermano y mi abuela se pusieron a cantar el famoso tango de Carlos Gardel Por una cabeza. Frente a nosotros teníamos el río Arno y nos sentamos en una plaza a contemplar el agua; desde ese momento sentimos a este lugar como nuestra casa.

El arte de los pizzeros napolitanos

El origen de la pizza es discutido pero siempre asociado a la gastronomía italiana. El descubrimiento de América y la llegada del tomate americano a Europa impulsaron su desarrollo. La pizza moderna nació en 1889 en la pizzería Brandi en Nápoles, como homenaje a la visita de la reina de Italia, Margarita de Saboya. La pizza Margherita, como la llamaron, incluía tomate, mozzarella y albahaca, en alusión a los colores de la recién unificada nación italiana. El gusto por la pizza se difundió primero al resto de Italia —se estima que solamente allí se consumen diariamente cerca de 5 millones de pizzas—, luego a América y finalmente al resto del mundo. En 2017, la pizza napolitana fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

 

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