5 de septiembre 2023 - 5:02hs

En esta edición de  La City, producida por  SunCapital Valores, te hablamos de las perspectivas sobre política monetaria, inflación, entre otros temas relevantes del acontecer económico mundial que surgieron del encuentro anual de banqueros centrales y otros protagonistas del mundo de la economía, la política, las finanzas y el periodismo económico, que tuvo lugar la semana pasada y que se viene realizando cada año, desde 1982, en el apacible pueblo de Jackson Hole, más precisamente el Estado de Wyoming, Estados Unidos. 

A diferencia de la reunión del año pasado, donde Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, dio un discurso que sonó más como una declaración de guerra (ese día el S&P 500 y el Nasdaq experimentaron una caída del 3.37% y 3.94% respectivamente), todo con el fin de combatir una inflación que marcaba máximos no vistos en cuatro décadas, esta vez, el sentido de urgencia y el nerviosismo no se hicieron presentes en el evento.

A fin de cuentas, con una inflación que ronda el 3% en Estados Unidos, la meta de alcanzar el tan ansiado 2% luce tan cerca, que justificaría una visión optimista, más aún teniendo en cuenta que se logró converger a estos niveles sin dañar severamente la economía global (al menos por ahora).

No obstante, el clima de la reunión distaba de ser optimista, por el contrario, entre los policy makers primó más bien la cautela. Si bien es cierto que la inflación parece batirse en retirada, los banqueros centrales, cual comandantes en una batalla, claramente temen que el enemigo, tras ser derrotado en la primera escaramuza, se reagrupe, vuelva al ataque con renovadas energías y los encuentre con la guardia baja.

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A los efectos de comprender la tónica general del evento, la referencia suele ser obviamente el discurso del chairman de la Fed, Jerome Powell. En sí mismo, no dijo nada particularmente novedoso y esto fue celebrado por el mercado. Recalcó que el trabajo de la Reserva Federal es reducir la inflación a la meta del 2% y en aras de este objetivo, no descartó alzas adicionales de tasas, ni una pausa prolongada, según cual sea necesaria, pero a su vez, leyendo entre líneas, se insinuó que en la reunión de septiembre no se subirían las tasas.

Mantuvo la opcionalidad de la política monetaria y dedicó su discurso a hacer una evaluación de lo logrado hasta el momento, a lo que sumó perspectivas, riesgos e incertidumbre en el horizonte de cara al futuro. También hizo referencia a que el actual episodio de alta inflación nació de dos shocks, por un lado, una demanda muy fuerte y por el otro una oferta limitada por la pandemia.

Desde entonces el panorama ha mejorado mucho, pero esto en buena medida se debió a los factores volátiles que influyen más bien en la inflación general o headline (léase alimentos y energía) por lo que a los efectos de comprender mejor el panorama es mejor centrarse en la inflación core o subyacente.

En este punto, Powell remarcó que las lecturas mensuales más bajas de la inflación subyacente en junio y julio fueron bienvenidas, pero dos meses de buenos datos son sólo el comienzo y resaltó que queda mucho camino por recorrer para volver a la estabilidad de precios. En relación con las perspectivas, mencionó que conforme se resuelven las distorsiones de la pandemia, la política monetaria restrictiva cobrará aún más protagonismo en la lucha contra la inflación.

Esta política, enfatizó, requerirá un período de crecimiento económico por debajo de la tendencia, así como cierto debilitamiento del mercado laboral. Algunos de los efectos ya se están viendo: las condiciones crediticias se han endurecido y el crecimiento de los préstamos se ha desacelerado, lo que viene impactando en la producción industrial, así como el monto del gasto en inversión residencial.

Sin embargo, el crecimiento del PIB ha superado las expectativas, incluso el sector inmobiliario está mostrando signos de recuperación y por lo tanto demasiada fortaleza de la economía justificaría una política monetaria más agresiva. Este dinamismo se refleja en un mercado laboral muy sólido. La oferta laboral ha mejorado, mientras que del lado de la demanda el crecimiento del empleo de nómina se ha desacelerado significativamente. Esto ha aliviado las presiones salariales, y se espera que el reequilibrio del mercado laboral continúe. De no continuar el progreso en este punto, nuevamente ameritaría una respuesta de la Fed.

Por otro lado, Powell resaltó la gran incertidumbre existente y los riesgos de aquí en más. Por ejemplo, el hecho de que las tasas de interés reales son positivas y están muy por encima de las estimaciones convencionales de la tasa de política neutral, pero cuyo nivel es tan incierto que no permite definir cuan restrictiva es la política monetaria actual.

A esto se suma, la incertidumbre sobre la duración de los rezagos de dicha política. Además, remarcó que los desbalances de la oferta y la demanda que vimos en la post-pandemia plantean mayores inconvenientes. Hoy parecería que en el mercado laboral existe un faltante de trabajadores importante que refleja un exceso de demanda de mano de obra pocas veces visto. Además, hay pruebas de que la inflación se ha vuelto más sensible a la rigidez del mercado laboral que en las últimas décadas, lo que volvería a validar la Curva de Phillips (establece que un aumento del desempleo reduce la inflación y viceversa).

Quizá quien mejor reflejó el inusual contexto económico que atravesamos y sus implicancias para la toma de decisiones fue la presidenta del Banco Central Europeo, Cristine Lagarde. En su discurso, esta hizo referencia específicamente a las consecuencias de mercados laborales más estrictos, la transición energética y la fragmentación económica, manifiesta en el surgimiento de distintos bloques comerciales competitivos y el retroceso de la globalización.

Este punto lo retomó Kazuo Ueda, gobernador del Banco de Japón, quien advirtió que las crecientes tensiones geopolíticas potenciaban tendencias ya existentes relativas al “reshoring” (el regreso de las actividades manufactureras y los empleos a los países de origen) que en el corto plazo pueden generar un boom de crecimiento (tal como se observa en el auge de la inversión manufacturera en los Estados Unidos), pero en el mediano-largo plazo implican una pérdida de eficiencia que perjudica al mundo entero.  

Volviendo a Lagarde, destacamos su mención a que "No existe un manual preexistente para la situación que enfrentamos hoy, por lo que nuestra tarea es elaborar uno nuevo". En este punto, es claro que los sucesos de los últimos tres años (pandemia, guerra en Ucrania, etc.) generaron presiones inflacionarias que son más impredecibles y por ende difíciles de erradicar. Todo lo cual, nos lleva a preguntarnos, si los fundamentos de esta nueva economía global, son consistentes con un objetivo de inflación del 2% o debería ser más alto.

De cualquier modo, desde el punto de vista operativo, esta pregunta no tiene sentido para los banqueros centrales, ya que cambiar un objetivo de inflación, luego de incumplirlo sistemáticamente en los últimos años implicaría reconocer una derrota que minaría la credibilidad de la autoridad monetaria (que es su principal activo).

Como sea, la transición del 3% a la meta del 2% de inflación será especialmente dura, y lo cierto es que ya hoy los banqueros centrales enfrentan presiones de legisladores, economistas y otros actores, a los efectos de que toleren una inflación modestamente más alta, con el justificativo de no dañar más el crecimiento. Sería como decirles, si el enemigo (la inflación) perdió y abandonó el campo de batalla (paso del 9% al 3%) ¿para qué desgastar a las tropas (dañar la economía) en la persecución de un ejército derrotado (pasar del 3% al 2%)?

Bueno, además del eventual desanclaje de las expectativas inflacionarias, hay argumentos claros para sostener que el ejército vencido (la inflación) podría recibir refuerzos en breve y volver al ataque. Seguramente el aumento de los precios de la energía en los últimos meses va a impactar negativamente en los próximos datos del IPC, al mismo tiempo, la política antinflacionaria podría caer víctima de su propio éxito, por ejemplo, al caer la tasa de inflación, aumentan los salarios reales, lo cual recompone el poder de compra de los trabajadores que verán ampliada su capacidad de consumo, en consecuencia, el mayor gasto del consumidor, debería impulsar al alza los precios. En conclusión, la partida aún no está terminada y no es prudente cantar victoria. Veremos cómo sigue…

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