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Juan Ramón Carrasco, llamado al juego con un único objetivo: salir campeón

Más de cuatro décadas en el fútbol: algunos años como jugador, otros tantos como entrenador y una vida acompañando al Club Nacional de Football, su cuadro. La confianza y predisposición de Juan Ramón Carrasco, actual director técnico del Centro Atlético Fénix, lo consagran como un futbolista llamado al juego con un único objetivo: salir campeón

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07 de julio de 2019 a las 05:00

[Por Lucía Rodríguez Alpino]

[Fotos Lucía Carriquiry]

 

Claudia, la esposa de Juan Ramón Carrasco (62), me recibe en su hogar. Las amplias ventanas dejan pasar la luz que domina el living, donde Juan Ramón me espera vestido con un equipo deportivo blanco impoluto. La pareja intercambia algunas palabras que evidencian la complicidad y el cariño que se tienen. Su relación ya alcanzó las tres décadas de matrimonio. “Ella era amiga de mi hermana, y la primera vez que la vi, en casa de mi madre, fue amor a primera vista. Llevamos 30 años de casados. Felices, superfelices”, cuenta Juan Ramón. Nos sentamos en los sillones grises del living, que combinan con almohadones de estilo boho. A mi costado, una fotografía de la familia deja entrever la unión que se vive en la casa. Rápidamente comenzamos la entrevista: yo, un tanto ansiosa por identificar algunas características que previamente me habían anunciado del entrenador; él, confiado y abierto a responder, con algo de curiosidad por las preguntas que se aproximan.

El sueño del pibe

Detrás de la carrera del exjugador y actual director técnico de Fénix está la historia de un niño que se encontró con una pelota en su camino sin expectativas de convertirse en uno de los grandes ídolos de la historia del fútbol uruguayo.

Nació en Sarandí del Yi, donde vivió los primeros 15 años de vida en compañía de sus padres y sus tres hermanos. Recuerda la infancia en el interior con mucho cariño. Su madre, Ramona Torres, trabajaba como ama de casa y su padre, Juan Carlos, como esquilador y camionero. Esta última actividad lo obligaba a estar fuera de casa durante mucho tiempo y el reencuentro, tras meses de trabajo, era un momento de tertulia, con cuentos que (hoy sospechan) eran improvisados. “Mi mamá siempre me llenó de mimos. Fue una mujer muy trabajadora. Gracias a su sacrificio y empeño en salir adelante, nunca nos faltó nada. Siempre me apoyó: no solo en el estudio, sino también cuando inicié mi carrera en el fútbol. Mi papá, en cambio, era un hombre de pocas palabras, pero de un espíritu sincero y frontal –características que hoy veo fielmente reflejadas en mi carácter y sé que las heredé de él–”, dice. Con el tiempo sus padres se separaron y un segundo matrimonio de su madre le regaló dos hermanos más.

De pequeño creía que su vocación se inclinaba hacia la odontología, se imaginaba rodeado de elementos de exploración dental, anestesia y cirugía. Fueron los Reyes Magos quienes lo sorprendieron con sus primeros zapatos de fútbol. Y, aunque Nacional siempre fue su pasión, fue por sugerencia de un amigo que la idea de dedicarse al fútbol comenzó a tomar más cancha. Su amigo era jugador oficial en Durazno, donde recibía un sueldo mensual. Le transmitió que estaban en la búsqueda de un jugador oriundo de Sarandí del Yi con habilidades para destacarse, y Carrasco enseguida barajó la posibilidad de proyectarse como futbolista. Era apenas un niño cuando empezó a jugar en Nacional de Durazno. “Me hacían sentir importante. Me pagaban el ómnibus desde Sarandí del Yi que para mí, como jugador amateur, significaba un reconocimiento. Incluso me quedaba a dormir en la casa del técnico, y eso era comentado entre el resto de los jugadores del equipo. Me formé de muy chico en el ambiente”, narra Carrasco, que en aquel momento tenía 8 años. La relación cercana con el técnico lo incentivó a evaluar más seriamente una carrera en el ambiente deportivo. Fue siete años después cuando surgió la oportunidad de probarse en el Club Nacional de Football. La idea implicaba trasladarse a Montevideo y, aunque le pesaba dejar atrás su vida en Sarandí del Yi, también sentía la obligación de demostrarles a los técnicos que era el talento que estaban buscando. Fue entonces cuando aquel adolescente de 15 años dejó el lugar de su infancia con la promesa de desafiarse a sí mismo. El destino era la capital, y la mirada estaba puesta en el Parque Central, que al principio parecía grande y frío.

Tentar la suerte

Aunque desde su perspectiva no rindió como él esperaba, en su primera prueba estaba presente Washington Etchamendi, conocido como “el Pulpa”, el entrenador de ese momento de la Primera División de Nacional. Era su primera práctica en Cuarta División y, con ayuda del destino o de la suerte, Juan Ramón sabía que la condición que marcaría su futuro en el fútbol era que fuese visto en su debut. Tras una jugada de gol –la única que consiguió en esa práctica, acota Carrasco–, el técnico de Primera División puso los ojos en él. La oportunidad surgió de manera inmediata: “Ese mismo martes me ofrecieron quedarme a dormir en el Parque Central. Yo había planificado quedarme en la casa de mi hermano mayor, en Las Piedras, pero no pasó del fin de semana y ya me estaba mudando al estadio de Nacional. La Sexta División se estaba por oficializar, y para mí significaba una buena oportunidad para que el grupo de coordinación evaluara mis condiciones como jugador”, narra el futbolista. A pesar de las expectativas, la idea de volver a Sarandí del Yi le resultaba próxima. “Allá me iba bien en los estudios, estaba acompañado de mi familia y amigos. Mudarme al Parque Central fue un gran desafío que tuve que enfrentar. Los dirigentes del club no querían que volviera a Sarandí del Yi, pero yo tenía que encarar la charla con mi madre. Volví y le planteé mi decisión de encaminar mi futuro en el mundo deportivo. Le prometí que no iba a dejar los estudios, aunque a largo plazo no cumplí con esa promesa”, agrega. La charla habilitó el comienzo de su carrera como jugador profesional.

En 1974 el entrenador de fútbol argentino Miguel Ignomiriello llegó a Nacional y para Carrasco significó un gran cambio. Los objetivos de ambos coincidían: Carrasco quería destacarse y Ignomiriello fue llevado al club con el fin de nutrir a los próximos talentos para que debutaran en Primera División. “Gracias a su participación hubo grandes cambios. El equipo en general pasó a ser más organizado. Nos ayudó a trabajar no solo en nuestra proyección como futbolistas, sino que nos tuvo en cuenta también como adolescentes, que en definitiva eso éramos. Les dio mucha importancia a las relaciones. Nos capacitó y educó para ser futbolistas de élite. Su posición le permitió exigir reglas y poner determinadas condiciones que a nosotros nos llevaron a pensar de una manera distinta lo que estábamos viviendo”, dice. La comida y el buen descanso pasaron a ser elementos clave. “Se aseguró de que tuviéramos una buena alimentación –la que el deporte le exige al cuerpo-. También nos proveía con ropa deportiva de calidad. Nos hacía vivir más de cerca el futuro que se nos venía: el de futbolistas profesionales”.

Se sucedieron años de grandes cambios y fuertes convicciones. Se consagró como jugador de Nacional y el éxito lo condujo por un sinfín de equipos deportivos. Entre los más destacados se encuentran River Plate de Argentina, Racing Club, Cádiz de España; y Danubio, River Plate y Rampla Juniors de Uruguay.

Hincha ante todo

Entre historias y recuerdos, el actual entrenador reconoce que el fútbol es un trabajo que da lugar a la diversión y lo considera un privilegio: “Te pagan por dedicarte a lo que te apasiona”, apunta. En retrospectiva, remueve el recuerdo de jugar en el cuadro del que es hincha. “No tuve la suerte de salir campeón de América con Nacional, algo que me hubiera gustado. Siempre defiendo que, a pesar de que el juego sea a nivel colectivo, yo siempre jugué para salir campeón. Cada vez que me acerco a la cancha ese es mi propósito y lo que marca mi decisiones, en definitiva, mi estrategia de juego. Ser ídolo es fácil, yo fui ídolo: en Nacional era Carrasco y en Peñarol, Morena. Como jugador volví cinco veces con seis contratos, algo poco común en el fútbol. Más allá del dirigente de ocasión que me contrataba, a mí me llamaba la gente para que apagara el incendio en la cancha”, recuerda con argumentos. La forma en la que Juan Ramón Carrasco defiende sus logros habla de su personalidad como jugador. La presión del juego, no defraudar a los hinchas y la concentración para destacarse fueron sus pilares más importantes, que lo llevaron a tener completa entrega y a dedicarle mucho tiempo a la preparación.

En el año 1997, mientras consagraba su sexto pasaje por el Club Nacional de Football, entendió que su ciclo como jugador estaba llegando a su fin. Había dado todo a lo largo de su carrera y encontró que era momento de retirarse. Con 41 años, catapultó el final de su carrera con un recuerdo que para muchos continúa siendo tema de disputa. Era la décima fecha del Campeonato Uruguayo de Fútbol, y Nacional iba contra Defensor. Un enfrentamiento con sabor a orgullo para Nacional, ya que su victoria le quitaría puntos a Defensor y permitiría que los aurinegros obtuvieran el segundo quinquenio de la historia. El partido finalizó 1-0 a favor de Nacional, con el gol anotado por Carrasco, un polémico resultado que finalmente llevó a Peñarol a un segundo quinquenio.

Otros colores

Dos años después de retirarse como jugador, Carrasco debutó como entrenador de fútbol en Rocha Fútbol Club. La idea de probarse como técnico generaba recelos en algunos, pero Carrasco usó su experiencia como jugador y el disfrute por el fútbol como motor para tomar el mando del equipo. Permaneció dos años en Rocha FC, luego en Fénix, hasta que llegó el momento de dirigir a la selección uruguaya. “Cada partido ganado era una fiesta. La ilusión de la gente era un honor para mí, para los jugadores y para la identidad del cuadro. De ese reconocimiento estaré agradecido de por vida”, dice.

Su trabajo como director técnico es tan criticado como inolvidable: “Como entrenador me gusta definirme como un juez. No busco resaltar como figura pública por mi notoriedad, o llamar la atención por ser mano dura cuando decido sacar a un jugador reconocido porque le mostraron tarjeta amarilla. Soy estricto conmigo mismo. La primera vez que tuve que tomar una decisión en la que dejé fuera del juego a un jugador destacado fue en la selección, con Diego Forlán, que se destaca por su disciplina. Pero, según mis normas –y siempre les repito a los jugadores–, yo evalúo la tarjeta amarilla. En aquel partido de Uruguay contra Chile, a Diego la amarilla le costó el cambio. Por supuesto que como entrenador este tipo de decisiones no son fáciles”, admite.

Fuera de la cancha

Cuando el entrenador no está trabajando, se acomoda en la mejor experiencia que cree que la vida le pudo dar: ser padre. De un primer matrimonio tiene a sus hijos Juan Carlos, Naike, Makarena y Jonatan Jossen; y con su esposa actual, a Melanie, Aymara y Aylin. Con la llegada de sus hijos, la exigencia se multiplicó dentro y fuera del área: “Cuando me tocó vivir la experiencia, yo estaba en una etapa profesional muy buena, pero mis hijos necesitaban otra atención de mi parte. Es un reproche que me hago a mí mismo. En todo caso, no es maldad sino inmadurez. El escenario ideal es estar preparado para ser padre. En mi caso, yo necesitaba estar en una etapa más madura de mi vida para poder darles cariño, tiempo, amor y atención a mis hijos”, asume Juan Ramón.

La compatibilización de la paternidad y el trabajo supuso grandes desafíos: “En el fútbol yo puedo anticiparle al jugador pronósticos que posiblemente luego pasen. La crianza es una aventura tan dinámica que, cuando las cosas suceden, ya no tenés manera de anticiparte, o bien porque ya sucedieron, o porque es tarde para hacer algo realmente significativo al respecto”, analiza y asegura que es la experiencia más enriquecedora que le ha tocado vivir. “Si ya sos emprendedor, si te apasionan los desafíos, el ser padre siempre te va a regalar un porqué, los hijos te hacen entender que son la razón de tu vida. Te conducen a ser una mejor versión de vos mismo cada día, a dar tu máximo. El ser padre me lleva a dar y recibir amor, que es lo más lindo que existe en el mundo”, recalca. Con el amor como estandarte, afirma: “Cuando el fútbol me sorprende con algunos tragos amargos, trato de superar las caídas. En definitiva es un juego donde se puede ganar o perder”.

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