Si se miran los primeros minutos de El puerto, la última película del finlandés Aki Kaurismäki -actualmente en cartel en salas uruguayas- ya se aprecia que el tiempo de la historia transcurre en una dimensión de época particular. Parece que la anécdota transcurriera en algún momento de los años 70, porque cada objeto, cada automóvil, cada cenicero y cada prenda de vestir de los personajes remite a un tiempo que parece de vintage.
La película se ambienta en la zona portuaria de Le Havre, y en esa ciudad francesa de largas escolleras, de grúas que arañan los atardeceres y de guiños al “brumoso” cine francés (Jean Gabin bien podría aparecer desde atrás de un barco) se desarrolla. Pero basta que se preste atención para que enseguida aparezcan elementos del presente: desde celulares a zapatillas deportivas y autos último modelo en las calles. Y el eje de la historia -un joven negro que se escapa de un contenedor del puerto donde llegó ilegal junto a su familia- tiene absoluta actualidad.
De todos modos, el toque particular de Kaurismäki introduce a la película dentro de una burbuja extraña, en una suerte de temporalidad paralela.
El gran elemento que hace de El puerto una película tierna es el humor. Pero ojo: nada de explosiones a la Fernandel, ni de tortazos en la cara (que en Kaurismäki de pronto se podría esperar). No. El puerto posee una gracia intrínseca, una forma de comicidad por lo bajo, en un tono donde pareciera que nadie le puede hacer daño a nadie, a pesar de que hay situaciones traumáticas, como una deportación o una muerte por una enfermedad extraña.
Un lustrabotas (el maravilloso André Wilms) que en el pasado fue medio poeta en París y luego se casó y se asentó se encuentra de casualidad con el joven negro evadido bajo uno de los muelles. El joven le habla en francés y le pregunta si ya llegó a Londres, a lo que el lustrabotas le responde con un gesto de la mano un simple: “No, m’hijo, eso queda en la otra orilla”.
El puerto cuenta una historia de seres sumergidos pero felices: de un policía heroico por cumplir a rajatabla su trabajo pero que se permite saltearse una vezla ley; de un hombre que recibe la ayuda menos pensada en un momento complicado de su vida; en un joven que debe reencontrarse con su madre a pesar de los caprichos de las migraciones y las aduanas.
El puerto apuesta a la simpleza para emocionar y como ese esquema da resultado se transforma casi sin quererlo, desde su pequeñez, en una de las mejores películas del año.
Su poesía ciudadana y su manera poco marxista de centrarse en el proletariado francés desclasado sin caer en discursos fáciles ni políticamente correctos la hacen merecdora de este premio.