8 de julio de 2017 5:00 hs

Cuando mi mente siente que pierde algo de fuerza o inspiración como para seguir escribiendo sin repetir lo mismo, recurre al mejor narrador de todos los tiempos para encontrar allí lo que falta para poder seguir, esto es, una usina para motivar a las palabras a decir lo que todavía no han dicho. La perfección de las frases, la solución anímica y emocional que Charles Dickens les da a las situaciones creadas, y tan bien resueltas, lo convierten en una imaginación literaria total, habiendo sido capaz de salirse de su época y vislumbrar el futuro que ya es hoy.

Por lo tanto, desde su lugar inamovible, Dickens, quien vivía en un apartamento ubicado en el piso de arriba de la redacción del semanario All The Year, del cual fue director entre 1859 y 1870, año de su muerte, sigue enseñando cómo escribir y pensar a partir de la escritura. Fue moderno sin importarle el rótulo que le tocara cargar. La literatura es antes y después de Dickens, y quien esté en desacuerdo con la afirmación puede adentrarse en cualquiera de sus libros y verá que no sale siendo la misma persona. Apelando a lo que Virginia Woolf llamó con tono despectivo "sentimentalismo", Dickens creó una literatura perdurable, sabiendo, que todos en algún momento pasamos por un estado emocional similar, cuando la vida parece no saber lo que pasa, pero igual se emociona con lo que pasa alrededor, o quizá sabe muy bien lo que pasa y por eso se emociona. En esto, en saberlo, fue también maestro.

La literatura de Dickens me ha dado satisfacciones enormes en distintos momentos de la vida. Siempre ha estado cuando la necesitaba. La gran literatura sirve para eso: para hacer la vida mejor, o hacer que al menos así lo parezca. Una de las cosas más extraordinarias que he leído es una carta que Dickens escribió a su esposa para contarle que la hija de ambos, Dora Annie Dickens (1850-1851), había muerto en forma inesperada y repentina. La mujer del escritor estaba fuera de la ciudad en ese momento, y Dickens le dice en la carta, fechada el 15 de abril de 1851, un día después de la muerte de la niña, que lea despacio, lo más despacio posible, pues la noticia que va a darle es la peor noticia de su vida. La carta, además de conmovedora, por los sentimientos involucrados y las palabras utilizadas, muestra la maestría de un escritor que sabía dotar al pensamiento de una cotidianeidad trascendente, propia de quien ve en la realidad cosas que los demás han pasado por alto.

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Un año antes de la muerte de Dora, Dickens había publicado su octava novela, The Personal History, Adventures, Experience and Observation of David Copperfield the Younger of Blunderstone Rookery (Which He Never Meant to Publish on Any Account), más conocida como David Copperfield. Franz Kafka llegó a decir que Amerika, su primera novela, era una simple imitación del libro de Dickens. David Copperfield es la novela favorita de Sigmund Freud, lector extraordinario, aunque le confesó a André Breton que no podía entender la poesía moderna (a lo que Breton le respondió: "y a la vida, dígame, ¿la entiende? Freud no tuvo respuesta). Woolf, sin embargo, opinaba que Dickens ponía en práctica un sentimentalismo injustificable, de los que terminan cansando y generando el rechazo de la historia que estamos leyendo, pero reconoció que David Copperfield era una novela llamada a permanecer.

Dickens fue y sigue siendo un escritor popular, tal vez el de mayor popularidad en lengua inglesa de todos los tiempos, pero la popularidad en un escritor es algo pasajero, un asunto temporal restringido a las apetencias de las épocas, y estas cambian tan rápido como el clima. Podrán algunos argumentar que en los tiempos de Dickens hubo otros escritores tan o más famosos que él, pero la historia, como hace siempre en estos casos, se encargó de que el tiempo devorara esas famas tan frágiles, las que nunca pueden ser salvadas por la condición de best seller que pueda tener un escritor durante su tiempo de vida. ¿Qué es pues lo que sigue atrayendo tanto de la prosa exacta de Dickens? ¿Su estilo directo, el impecable uso del humor, su precisión para que las palabras estuvieran acompañadas de mejores palabras, o su realismo minucioso capaz de revelar una época con todos los detalles de comportamiento, de costumbres y las pequeñas y no tan pequeñas cosas que hacen a la condición humana? Todo eso y más, pues en el surplus siempre tan arduo de detectar la forma tal cómo somos reside la grandeza de un escritor, eso que lo hace incomparable, único, blindado al paso corrosivo del tiempo.

Dickens no fue un escritor igual a los demás aunque escribiera historias igual que los demás, contando justamente las historias que los demás querían escuchar. Fue el escritor de las clases trabajadoras (a los 12 años comenzó a trabajar en una fábrica y supo pasar miserias de todo tipo que lo hicieron compasivo al sufrimiento de los demás). Mucho tiempo después, ya rico y famoso le diría a John Forster, su gran amigo, quien escribió la primera biografía del escritor: "Todo mi ser se sentía tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre".

Podemos decir con certeza que Charles Dickens fue el progenitor de unos cuantos escritores fundamentales de los "tiempos modernos" (lista en la cual incluyo a la película homónima de Charles Chaplin): William Faulkner, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, y tantos otros, vienen directamente de él. Han diversificado el mismo árbol genealógico. Dickens fue, mejor dicho, es, ya que su obra mantiene total vigencia, el mejor prosista que ha dado la lengua inglesa. Un retrato que le hizo Daniel Maclise en 1839, presenta la imagen del escritor, todavía joven (y joven murió, de una apoplejía, a los 58 años de edad), mirando para el costado a través de una ventana, como buscando la luz, una grieta de claridad, o algo que pudiera llegar de pasado mañana. Hay quienes pueden.

Dickens pudo ver más allá de su época y su modernidad resulta inobjetable, aunque los catálogos literarios lo encasillen en el período victoriano. Es una injusticia reducirlo a tan poco, pues Dickens, igual que otros grandes ingleses del siglo XIX, casos William Hazlitt y Robert Louis Stevenson, cruzó victorioso por la (victoriana) época en la que le tocó vivir, desafiando las síntesis taxonómicas tan usuales en estos casos, pues su escritura, como la de los dos otros mencionados, fue el principio de algo importante, y ya no solo la continuación de lo que había. Su narrativa parece haber venido de la nada, pero aún nos sigue llevando a otro lugar, a uno aún inclasificable, donde hay tantos muy selectos de su estirpe, tantos que en verdad no son muchos.

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