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23 de febrero 2023 - 5:04hs

Entre fines de la década de 1990 y la de los 2000 parecía que Brendan Fraser estaba destinado a tener una prolífica carrera como uno de los galanes de Hollywood. Aunque era un galán atípico. Fraser era un actor con al menos dos facetas bien definidas, la de estrella de acción de físico trabajado y también la de comediante. George de la selva, Al diablo con el diablo y sobre todo, la trilogía de La Momia lo convirtieron en una estrella de primera línea durante esos años, siempre al frente de películas de alto presupuesto y con una clara inclinación hacia el humor.

Pero en el transcurso de la década pasada esa estrella se fue apagando gradualmente. Fraser prácticamente desapareció de la pantalla y se alejó del ojo público. Y ahora volvió.

El Brenainssance (cómo los medios estadounidenses han dado en llamar a su regreso a los primeros planos, combinando el nombre de pila del actor con la palabra "renacimiento"), empezó gradualmente en 2018, cuando Fraser concedió una extensa entrevista a la revista GQ en la que contaba las razones detrás de su alejamiento de Hollywood.

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Allí, el intérprete contaba que encargarse de sus propias escenas de acción le había pasado una larga factura a su cuerpo, dejándole lesiones crónicas en su rodilla, columna vertebral y hasta en sus cuerdas vocales, que lo habían forzado a someterse a cirugías y a extensos períodos de rehabilitación. La muerte de su madre, un disputado proceso de divorcio de la actriz Afton Smith que terminó en distintas demandas judiciales a lo largo de varios años también jugaron su parte para sumirlo en una depresión que fue la causa principal detrás de su retraimiento del mundo.

Pero otro factor clave, el más polémico de todos, fue la denuncia que hizo contra Philip Berk, un expresidente de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, el grupo encargado de otorgar los premios Globos de Oro. Fraser contó que en 2003, cuando Berk ocupaba su puesto en la organización, lo había agredido sexualmente durante un evento. El episodio no solo fue traumático para Fraser, sino que el actor llegó a especular que su denuncia en aquel momento lo había dejado en una lista negra de la industria, aunque luego dijo que no creía que la Asociación tuviera tal poder.

Lo que es cierto es que tras ese período de alejamiento, Fraser empezó a obtener papeles que de a poco lo volvieron a acercar al estatus de figura respetada y celebrada. Sus trabajos en las series The Affair y en la comedia de superhéroes Doom Patrol, donde encarna a un hombre robótico, fueron los primeros avisos, mientras que en cine tuvo algunos roles pequeños que fueron el calentamiento para su rol consagratorio, el que ahora lo tiene como uno de los nominados –y candidatos más firmes– al premio como Mejor actor de los próximos premios Oscar. Es el papel que le valió una de esas ovaciones pantagruélicas de los festivales de cine (seis minutos en Venecia) y que funciona como paso previo a su colaboración con el ilustre Martin Scorsese en su próxima película, Killers of the Flower Moon.

El papel en cuestión es el rol protagónico en La ballena, la nueva película del irregular y siempre polémico  Darren Aronofsky, director detrás de El cisne negro y Réquiem por un sueño, que este jueves llega a los cines uruguayos.

Una casa, cuatro personas y cinco días

Aunque la película se basa en una obra de teatro homónima –algo que se nota en su guion y su transcurso en una única locación– y los hechos se ambientan en 2016, según nos enteramos por reportes televisivos del camino de Donald Trump a la Casa Blanca, La ballena tiene algo de película pandémica. Y no solo por la escasa cantidad de personajes involucrados, o por la vida que lleva Charlie, el protagonista que encarna Brendan Fraser, un hombre que vive solo, encerrado en su casa, que dicta clases de escritura por Zoom (o algo más primitivo, en realidad), sino también porque el encierro que acarreó el covid-19 también generó reflexiones sobre la vida que llevamos, los vínculos con el resto del mundo y la inminencia de la muerte. Para un director siempre existencialista y místico como Aronofsky, no es difícil ver de dónde provino su interés en esta historia.

La ballena tiene, además, algunos puntos de contacto con otra película del cineasta, El luchador, en la que Mickey Rourke tuvo su “renacimiento” como ahora pasó con Fraser, y en la que también había un hombre enfrentado a su propia decadencia que intentaba retomar el vínculo con su hija. Aquí la decadencia no es en popularidad, sino que Charlie tiene una salud muy deteriorada, producto de su obesidad mórbida y su negativa a recibir tratamiento médico, al punto que puede quedarle apenas una semana de vida.

En ese contexto, el hombre decide convocar a su cabaña en el medio de la nada a su hija (Sadie Sink, Max en Stranger Things) y reconectar con ella, algo que no será fácil debido a la historia familiar que se irá develando de a poco, y que en parte explica el carácter desagradable, nihilista y agresivo de la joven, que se contrapondrá a un Charlie optimista que trata de ver el bien en todo el mundo y que está convencido de que la salvación siempre es posible con pequeños gestos y acciones.

Aronofsky (a la izquierda) y Fraser (centro) durante los ensayos para la película

A ellos los rodean una suerte de mormón/testigo de Jehová que trata de convertir a Charlie, y Liz, la enfermera que cuida al protagonista y su única amiga (Hong Chau, también nominada al Oscar por el que es el mejor personaje de la película, además del de Fraser).

En ese esquema limitado, buena parte del peso recae obviamente sobre los actores, aunque algunos de los personajes son esquemáticos y están solamente en función de la trama. Pero Fraser, apoyado en un traje especial y prótesis para emular la obesidad de Charlie, con una semicalva falsa y una papada gigantesca, pone todo en su corporalidad y en sus expresiones para convertirse en un personaje fascinante. Su bondad es contagiosa, y la luminosidad de su mirada transmite kilos de información, en una actuación que por momentos también le exige ser intenso (quizás un poco de más), desmoronarse continuamente y tolerar la oscuridad y la violencia de un mundo que le pega y le pega y le sigue pegando en el piso, como también lo hace con el espectador.

La cantidad de golpes bajos que tira Aronofsky hace difícil definir si es una película efectiva o efectista. Lo que sí es fácil de determinar es que Fraser crea, dentro de esta obra polarizante y sin dudas polémica por el retrato que hace de un protagonista enfermo, es crear un faro de empatía que también es capaz de ser inquietante, encantador y de recorrer los espacios como un alma en pena.

Es un personaje, además, que claramente tiene puntos de contacto con el actor que lo encarna, dado que ambos están atravesando una depresión motivada por eventos de sus vidas vinculados a sus familias, sus parejas y sus profesiones.

Por eso no es sorpresivo ver a Fraser emocionarse al recibir ovaciones como la de Venecia en esta temporada de premios, o verlo ceder a las lágrimas al ser nombrado ganador de un premio.  “Esta película, La ballena, es sobre el amor. Sobre la redención”, dijo al ganar el Critic’s Choice en diciembre de 2022. “Es sobre encontrar la luz en un lugar oscuro. Si cualquiera de ustedes, alguien como Charlie, están luchando con la obesidad, o sienten que están en un mar oscuro, quiero que sepan que si tienen la fuerza para levantarse e ir hacia la luz, cosas buenas pasarán”, agregó.

Aunque La Ballena sea imperfecta, y aunque Colin Farrell (otro redimido, aunque por razones diferentes) tenga sus argumentos para llevarse el Oscar, es innegable que Brendan Fraser ya ganó.

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