El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
21 de octubre 2022 - 5:03hs

En la vieja serie de House of Cards –no la remake de Netflix con Kevin Spacey, sino la original inglesa de los noventa–, se retratan de forma magistral las proverbiales conspiraciones e intrigas palaciegas de la política británica.

En uno de sus memorables monólogos shakespearianos, el protagonista Francis Urquhart (Ian Richardson), cínico, maquiavélico, implacable, describe que en el Parlamento Británico las bancadas del gobierno y la oposición están separadas por un pasillo cuyo ancho es del largo de dos espadas. Desde luego, se trata de una tradición que se remonta al primer parlamento inglés en el siglo XVI, que se reunía en la Capilla de St Stephen.

Sin embargo, dice Underwood, “esto resulta engañoso, ya que el mayor peligro nunca está a más distancia de un puñal por la espalda desde tu propia bancada”.

Antes le había pasado a Boris Johnson; ahora le sucede a Liz Truss: sus propios correligionarios conservadores le quitaron el apoyo, y el gobierno cayó.

La brevísima Truss no aguantó la presión de una opinión pública asediada por la inflación, el costo de vida y con un invierno a la vuelta de la esquina que se avizora complicado. Todo ello después de tres años de una trifecta mortífera para la economía del Reino Unido: el Brexit, la pandemia y la Guerra de Ucrania.

En medio de esa crisis, la nueva primera ministra intentó administrarles a los británicos la medicina del recorte de impuestos para los que más ganan, con el consabido argumento de que ello generaría el suficiente “derrame” para poner a la economía británica otra vez de pie. Pero le salió el tiro por la culata. Los mercados financieros se desplomaron, la libra cayó a mínimos históricos y hasta el presidente de los Estados Unidos criticaba su plan económico. Debió dar marcha atrás con la medida, que había sido su caballito de batalla en un fallido intento por presentarse como “la nueva Margaret Thatcher”, y tuvo que cesar a su ministro de Economía Kwasi Kwarteng en condiciones bastante bochornosas.

De ese modo perdió el ya de por sí menguado apoyo ciudadano con que había asumido y, casi en simultáneo, perdió también el de su propio Partido Conservador que, como a Johnson, la apuñaló por la espalda desde sus propios escaños y forzó su dimisión.

Liz Truss duró en total 44 días en el cargo, la inquilina más breve que tuvo el 10 de Downing Street en la historia del Reino Unido.

¿Y ahora cómo sigue esta historia?, se preguntará usted, con este Reino Unido acéfalo y en estado de caos en plena crisis global. ¿Quién será el sucesor?

Bueno, aunque usted no lo crea, el incombustible Johnson, a quien hace apenas mes y medio lo vimos despedirse de los británicos con un inefable “Hasta la vista, baby”, podría estar entre quienes aspiren al cargo. De hecho, algunos parlamentarios Tory ya lo están promoviendo. Pero desde luego habrá otros que presenten sus candidaturas en este proceso de selección partidaria que se extenderá hasta el viernes de la semana que viene.

Si para el lunes a los dos de la tarde hay un solo candidato registrado, el mismo lunes ya podría estar definido el nuevo primer ministro del Reino Unido. Si en cambio, como es de esperar, hay más de un aspirante, los miembros del partido votarán por correo electrónico. Cualquiera sea el caso, el nombramiento del nuevo mandatario británico y su comparecencia ante el rey no sería después del próximo viernes 28 de octubre. Vale decir, en una semana a más tardar tendremos humo blanco en Westminster.

En la danza de nombres que se barajan, descubrimos que la historia se repite: todos viejos conocidos, candidatos que ya habíamos visto en la contienda para suceder a Johnson durante el verano boreal. Ahora, además del propio Johnson, estarían: Rishi Sunak, el exministro de Economía de Boris, justamente quien inició la traición con aquella famosa renuncia tempranera que desató la ola de dimisiones en el gabinete que terminaron provocando la caída del mandatario Tory. Más tarde se supo que el bueno de Rishi ya tenía preparada hasta la página web con que lanzaría su candidatura para sustituir a Johnson desde diciembre del año pasado.

Otra que se menciona como posible candidata es Suella Braverman, ministra del Interior renunciante que ya había aspirado al cargo en la última contienda y no le había ido tan mal en las primeras rondas. Lo mismo que Penny Mordaunt, hoy líder Tory en la Cámara Baja, que también entraría al ruedo y esta vez con mejores chances. Y en alguna quiniela hasta se menciona al ministro de Defensa Ben Wallace.

Por su parte, Jeremy Hunt, el actual titular de Economía que había asumido hace menos de una semana en reemplazo de Kwarteng, ya dijo que no se postularía.

La oposición laborista pide nuevas elecciones, algo a lo que los parlamentarios del gobierno conservador se resisten con uñas y dientes; porque eso no es lo mismo que forzar la renuncia de un primer ministro, eso afecta sus propias bancas, y podrían a vuelta de urna quedarse sin trabajo. Como dice el propio Urquhart en House of Cards: “La política requiere de mucho sacrificio. El sacrificio de los demás, por supuesto”.

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