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Jon Snow en Game of Thrones

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La crisis del punto final: sagas y series se olvidaron de que alguna vez hay que terminar

La industria audiovisual se empeña en expandir universos conocidos y a traer personajes ya probados con el público una y otra vez

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21 de junio de 2022 a las 05:04

Hace algunos días The Hollywood Reporter anunció que la cadena HBO, dueña de los derechos del universo de Game of Thrones, tiene sobre la mesa la idea de una serie que relate lo que sucedió con Jon Snow, el héroe principal de la saga fantástica que terminó en 2019, luego del fin del último capítulo. Según informa el portal, Kit Harington, el actor que lo interpretó durante las ocho temporadas entre 2011 y 2019, ya habría dado el visto bueno para volver a calzarse el tapado de piel de su personaje en la producción, por lo que todo estaría listo para que la primera secuela directa de la exitosa serie se ponga en marcha. 

La noticia modifica, en algún sentido, los planes que parecía tener HBO respecto a una de sus propiedades intelectuales más preciadas. Hasta el momento, todas las series derivadas de GOT que se habían anunciado se trataban de expansiones pretéritas en el universo de la serie, o sea: eventos que ocurrieron mucho tiempo atrás de los que se vieron en la saga que enfrentó a los Stark y los Lannister, entre otros abanderados y dragones (y muertos vivos). Allí están, por ejemplo, las todavía en desarrollo 10.000 Ships, The Sea Snake y The Tales of Dunk and Egg, además de la ya terminada House of the Dragon, la gran apuesta de la cadena para 2022 y que se estrenará en agosto. 

Pero esta nueva serie, de llegar a concretarse, sería la primera que saltaría el punto final que la producción original puso en 2019 con su última temporada, y marcaría, a su vez, una realidad muy clara: que Game of Thrones no terminó ese día que Jon Snow cruzó el muro. Y que, en realidad, hoy nada termina. O, al menos, no definitivamente.

Hasta que el público aguante

El caso de Game of Thrones no es el único ejemplo que marca la aparente supresión, por llamarlo de alguna manera, del punto final de los productos televisivos o cinematográficos en la que estamos inmersos. Quizás el ejemplo más paradigmático de todos es el Universo Cinematográfico de Marvel, un entramado de historias con lógica propia que al principio pareció existir con el único fin de lograr que Iron man y el Capitán América peleen espalda con espalda, hoy es una maquinaria paquidérmica, aceitosa y ruidosa que ha perdido buena parte de su razón de ser y que solo sabe apretar una sola tecla: la de la suma. Más personajes, más tramas, más recaudación, más campaña de expectativa, más puertas que se abren, más universos, una expansión perpetua a la que parece difícil ponerle alguna vez un tapón.

Tony Stark en Avengers: Endgame

Pero esto no solo pasa con los superhéroes de Marvel y los de DC, que no se quedan atrás aunque les cueste un poco más “pelearla”. El universo de Star Wars, sin ir más lejos, está lejos de terminar y más allá de que su última trilogía cinematográfica sí encontró un cierre, las series de televisión ambientadas en su universo y destinadas a la plataforma Disney+ empiezan a acumularse y a abrir más y más ventanas. Nuevos personajes como en The Mandalorian, o viejos conocidos como en Obi-Wan Kenobi, tanto da. Más.

Lo mismo sucede con El señor de los anillos, otra saga fantástica que volverá a la pantalla este año. En setiembre, Amazon Prime Video estrenará Los anillos de poder, que se anuncia como la serie más costosa de la historia y que será una suerte de precuela de la trilogía original (y de El Hobbit) en donde se contarán los hechos ocurridos en la segunda edad y la creación de los anillos del título. Competirá durante algunas semanas con House of the Dragon por el favor del público y buscará llevar unos cuantos decalitros más de agua para el molino multimillonario de Jeff Bezos. No es lo único del universo de la Tierra Media, además, que se está cocinando para el futuro.

Y si bien nada de esto es nuevo —y ni que hablar de las secuelas o los remakes, que existen desde casi siempre—, la necesidad de explotar los recursos parece encontrarse en una época particularmente frenética. Los estudios dueños de esas propiedades intelectuales —véase los universos de GOT, Star Wars, Harry Potter o Marvel— parecen haberse entregado al mantra de “ya está todo inventado” y prefieren ir a lo seguro. Y lo seguro es exprimir a la gallina de los huevos de oro hasta que ya no rinda o el público cambie de gusto. Lo segundo, en una época donde lo familiar, la serialidad y la continuidad se consumen de manera ávida, parece difícil. 

Un fotograma de la serie de El señor de los anillos

El crítico y periodista Jorge Carrión publicó lo siguiente en su cuenta de Twitter esta semana respecto a este tema: “Las películas actuales con mayor audiencia son secuelas de historias del siglo XX. ¿Será capaz el siglo XXI de emanciparse del siglo anterior, el que creó la serialidad audiovisual? ¿O llegarán James Bond y Spiderman vivos al siglo XXII?”. Debajo, los afiches de Jurassic World: Dominio, Lightyear, Top Gun: Maverick y Avengers: Endgame. Salvo la última, todas son películas que actualmente están en cartelera en diversas partes del mundo y a las que les está yendo muy bien.

Otra vez: nada de esto es nuevo, pero últimamente es demasiado. Ni siquiera teniendo que entrar en la discusión de lo que sucede cuando estas franquicias interminables se apropian de los cines de manera íntegra y no dejan espacio de exhibición para otras propuestas, hoy a la industria audiovisual más mainstream parece resultarle cómodo olvidarse de que las historias tienen finales y que, a veces, hay que aprender a soltar. Vimos a Jon Snow yéndose al otro lado por última vez y estuvo bien. ¿Por qué no mejor dejarlo tranquilo?

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