22 de octubre 2020 - 14:41hs

La economía venía estancada, tropezó hace un año y se desparramó en marzo por el covid-19: el presidente debió evitar males, y, aunque la pandemia no haya concluido, la expectativa está centrada en si puede encauzar un crecimiento de largo plazo; si Lacalle Pou puede hacer lo que no ha sido fácil concretar en este período democrático: concretar reformas que pongan al país en un impulso de desarrollo económico. De eso quiero hablarte en esta entrega de Rincón & Misiones.

Apagar el incendio, ¿y después?

¿Bombero o Arquitecto? Así es la vida de un jefe de Estado, entre apagar incendios o construir futuro, y no se trata de elegir sino de asumir una situación dada: algunos presidentes administran bonanzas y otros amortiguan crisis, aunque como los períodos son de cinco años, también hay margen para combinar ambas acciones.

Lacalle Pou asumió como un bombero, precisaba “apagar el incendio” fiscal con un ambicioso programa de ahorros, que pretendía convertirse rápidamente en arquitecto, para impulsar una “agenda transformadora”. Pero a los pocos días de asumir, debió concentrar atención y acción en surfear la ola del covid-19 y amortiguar el sacudón de una recesión brusca. ¿Veremos al arquitecto luego del bombero?

La economía uruguaya refleja una salida de la crisis, más rápida de lo que podía esperarse en marzo-abril, pero sin fuerza para consolidar un rebote potente, y, aunque hay proyecciones positivas, no está claro cuando se volverá al nivel previo a la caída.

Cada recesión implica un retroceso de años hacia cierto punto anterior.   

En 1931 se cayó fuerte y se volvió casi a 1927.
En 1942 se retrocedió cinco años y medio.
En 1958, un año muy especial para la política, se volvió más de 4 casillas atrás.
La crisis de “la tablita” de 1982 hizo retroceder más de 3 años.
Lo del 2002 fue especial, porque ese año estalló la crisis, pero la recesión venía desde la primavera de 1998, entonces, con la caída de aquel trágico año, se volvió seis años y medio atrás: a 1995.
La caída del segundo trimestre de este año es histórica por lo drástica y empecinada, pero también es corta. El promedio anual tiende a ser menos brusco, igual con un resultado dramático de caída del producto de 4%, lo que lleva a volver a 2015 y algún mes más.
Pasada la crisis se vuelve a crecer, pero se demora en llegar al punto máximo anterior, del cual habrá que retomar el camino que se había interrumpido.
Para tomar los episodios más relevantes de esta era democrática, veamos cuánto costó volver al nivel alcanzado antes de cada caída.
Sobre la crisis del `82, en 1987 se pudo llegar al nivel de ingreso nacional que había en 1981, o sea que se perdieron 6 años (gráfico 1).


Respecto a la crisis del 2002, recién en 2006 –y en un tiempo de fenomenal empuje internacional y de rebote de producción– el Uruguay volvió al nivel de ingreso de 1998, lo que da 8 años perdidos (gráfico 2).


En el medio de todo eso, hay empresas fundidas, gente con sueños quebrados, familias que descienden de nivel social y, en muchos casos, implica vivir en condiciones precarias, lo que compromete el futuro de sus hijos.
¿Cuándo volverá el país al punto más alto al que había llegado antes de esta fase recesiva?
Computando el crecimiento que arroja la encuesta del Banco Central entre economistas, con una caída de 4,2% este año y una recuperación de 3,7% y de 2,5% en los dos años siguientes, a mitad de 2022 la economía uruguaya estaría volviendo al nivel de 2018-2019, algo así como 3 o 4 años perdidos (gráfico 3).

¿Qué puede hacer un gobierno para generar condiciones favorables a un crecimiento más rápido y duradero? Cada gobierno enfrenta condiciones propias de su época, y, aunque tenga el propósito de impulsar una agenda transformadora, no siempre lo consigue.
La historia reciente muestra de todo un poco.
- El primer gobierno de Sanguinetti (1985-1990) se abocó a la “transición en paz” y recuperar una economía que se había dado de frente con la ruptura de la tablita. La forestación sería una apuesta a largo plazo, continuada por gobiernos siguientes.
- Lacalle de Herrera (1990-1995) se propuso ser transformador, celebró una apertura comercial mediante el Mercosur como primer paso y encaró reformas estructurales, pero esas fueron enfrentadas con un referéndum. Se salvó la del puerto.
- El segundo gobierno de Sanguinetti (1995-2000) concretó la reforma previsional que tuvo su premio con el “grado inversor” y logró una reforma educativa.
- Batlle (2000-2005) intentó ser transformador y concretó una reforma en servicios públicos, puerto, ferrocarriles, telefonía, pero su foco fue pelear contra la aftosa y la crisis financiera. Dedicó más tiempo a capitanear el barco en la tormenta, que a navegar. Y aprobó la primera planta de celulosa.
- El primer gobierno de Vázquez (2005-2010) salió a apagar el “incendio de pobreza” de la crisis con el “plan de emergencia social” y a “redistribuir” ingreso (reforma tributaria). Defendió e inauguró la planta de celulosa de Botnia.
- El gobierno de Mujica (2010-2015) quiso ser transformador para el largo plazo y se entusiasmó con la minería de gran porte, la posibilidad de explotar petróleo, un puerto de aguas profundas, una planta regasificadora para exportar gas. Pero eso no se pudo concretar. Inauguró la segunda fábrica de celulosa (MDP) y dio aval a UPM (Botnia) para aumentar la producción.
- El segundo gobierno de Vázquez (2015-2020) no tuvo grandes planes y se dedicó a concretar la tercera planta de celulosa (UPM2).
Al simplificar, con el riesgo que eso supone, hubo tres gobiernos con pretensión de ser transformadores para crecimiento de largo plazo y que no pudieron concretar las reformas que querían: Lacalle por el referéndum, Batlle por la crisis, y Mujica porque no salieron sus proyectos.
En el primer gobierno de ambos, Sanguinetti y Vázquez, llegaron más como bomberos, uno por la compleja transición de la dictadura y otro por la pobreza; y ambos, por capitanear la salida de una crisis económica y bancaria.
En su segundo gobierno, Sanguinetti logró dos reformas destacadas, sin que eso implicara una agenda jugada de política económica (aunque fue clave la Previsional para el clima de negocios).
Lecciones de todo esto:
-con suerte, esta recesión y pandemia hará perder de tres a cuatro años;
-las reformas pro-inversión tienen resistencias en Uruguay, y no son fáciles de concretar;
-gobiernos de salida de crisis deben curar “heridas” y eso quita espacio para agendas transformadoras;
-el tiempo perdido golpea más a las familias más pobres y acentúa diferencias de oportunidades en la sociedad, lo que convierte pobreza coyuntural en estructural;
-en Uruguay cuesta atraer inversiones, y casi lo único que llega son plantas de celulosa (eso atraviesa todos los gobiernos de la democracia).
¿El actual presidente será bombero o arquitecto? La exigencia es doble, deberá apagar llamas y curar heridas, pero también construir una agenda pro-crecimiento que no será fácil de implementar, pero sí muy necesaria.

Soy Nelson Fernández, periodista y analista económico, columnista de El Observador. Hasta aquí esta nueva entrega de Rincón y Misiones, la newsletter exclusiva para suscriptores Member de El Observador para entender mejor la realidad económica y los temas que tocan nuestro bolsillo, y contar con mejor información para tomar decisiones.

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