Opinión > EDITORIAL

La embajada sinsabor

La aceptación de Rosario Portell representa un capítulo poco feliz para el oficialismo

Tiempo de lectura: -'

02 de agosto de 2018 a las 05:00

A la vista y paciencia del país, el oficialismo ha escrito una triste página de su historia institucional al forzar la aprobación de la venia de la Sra. Rosario Portell en calidad de embajadora de la República en Vietnam.

Esta designación representa, en primer lugar, un claro mentís a huecos compromisos electorales en cuanto a que el advenimiento de un gobierno frenteamplista representaría el imperio de buenas prácticas de gobierno, impulsadas esta vez por el afán de seleccionar a los ciudadanos más aptos para el desempeño de posiciones públicas.No es éste el caso. La embajadora designada notoriamente carece de estudios o competencias profesionales de relevancia, y las presentaciones que ha hecho en público de su hoja de vida distan mucho de ser exhaustivas o fieles a los hechos, tal como lastimosamente ha ocurrido en mucho más de un puñado de casos.

No trae, pues, la embajadora Portell al servicio público habilidades descollantes o logros de significación y, lo que ya nos pone en un plano más deprimido, no parece siquiera tener buen dominio de idiomas extranjeros. Lo más grave, sin embargo, es que su paso efectivo por anteriores posiciones públicas ha sido deslucido. Llegó al Ministerio de Relaciones Exteriores en calidad de cuadro político (lo que el frenteamplismo denominaba "acomodo" cuando era oposición) y fue en tal carácter actriz de reparto en las innúmeras y mal sucedidos negocios oficiales con el régimen chavista de Venezuela.

A este tropezón le siguió su paso por la sub-comisaría de la Expo Zaragoza, en el que la embajadora protagonizó errores de tal porte que despertaron resquemores entre sus colegas y determinaron su primera remoción de la cancillería, por parte de la primera administración de Tabaré Vázquez.

Su regreso a esa cancillería se produjo, en tanto, por el mismo mecanismo al advenir la administración Mujica, y de allí es que terminara como embajadora en China: otro destino en el que despertó resistencias internas y nada de significación en beneficio del país. La venia que ahora viene de forzarse en el Senado corresponde, por lo tanto, a otro empeño del grupo político que la impulsa en total desconsideración a su falta de aptitudes, y ha resultado aprobada por legisladores que saben a ciencia cierta de esta situación: saben que el propio canciller Rodolfo Nin no acompaña esta designación con simpatía asi como saben que se trata de un capricho del ex presidente José Mujica y de su esposa, la vicepresidente Lucía Topolansky.

Casi tres lustros de franciscana pobreza diplomática encuentran hoy al país sin rumbos claros en el escenario internacional: interpelado por acuerdos comerciales regionales que no se concretan, sacudido por mercados a los que poco o nada aporta, cuestionado en su misma viabilidad. La designación de la embajadora Portell trasmite, con claridad, que los vicios de incompetencia, amiguismo y apetito presupuestal que por décadas fueran denunciados como la raíz de los problemas públicos siguen indemnes y fuertes. Y, lo que es peor, manifiestan el renunciamiento oficial a mudar el tono o la inspiración de los problemas públicos, ahogando en el arcaísmo de colocar amigos de fin de semana las expectativas de un país que continúa perdiendo la carrera por la excelencia, la productividad y el crecimiento sostenible.

Comentarios