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La era de la pelotudez y el todo vale

El periodismo atraviesa una oscura época de la historia, en la cual el aparato político ha impuesto una gran soberbia y falta de respeto, peligrosos para las democracias

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26 de julio de 2019 a las 05:00

Hubo una época en que los políticos temían tanto a las investigaciones periodísticas y a las entrevistas en vivo y en directo, como un enfermo con las defensas bajas teme a un virus desconocido para el cual los antibióticos carecen de respuesta. Tal como la película The Post: los oscuros secretos del Pentágono lo presenta de manera fidedigna, Richard Nixon, quien por un tiempo más largo de lo que hoy la memoria recuerda, se sintió todopoderoso, menos cuando sentía que el periodismo, sobre todo el de dos diarios, el Washington Post y el New York Times, lo investigaba por las causas que provocarían su caída en desgracia y el final por anticipado de su presidencia.

Ronald Reagan, por su parte, que en muchos aspectos fue un gran manipulador del periodismo por su casi constante uso de los buenos modales y del buen humor cuando más presión tenía encima, resultó ser el factor desencadenante de una nueva época en la forma de reportar sobre la política. Apelando a su ex condición de actor y a su edad, venerable para los estándares modernos posteriores a J. F. Kennedy, según los cuales el presidente de un país debía ser joven, Reagan gobernó por ocho años con visa para entrar y salir ileso de las investigaciones que el periodismo estuviera pergeñando en su contra o contra su gobierno. El llamado escándalo “Irán-Contra” fue no más que una refriega verbal con balas de salva. Si bien manchó en cierta forma su legado presidencial en determinado momento, no tuvo consecuencias letales para su imagen y su posteridad, la cual el paso del tiempo ha ido maquillando.

Con la presidencia de Reagan se acabaron los grandes escándalos en la política estadounidense, hasta me animaría a decir mundial, pues la incidencia del periodismo, potente durante la presidencia de Nixon, sufrió una formidable merma. Algo pasó en el mundo, en la historia y en los tiempos. El asunto Clinton-Monica Lewinsky hizo olas durante continuas, pero no llegó a formar una tormenta ni menos un huracán. Todo cayó pronto en el olvido. Los cambios de época y la forma como el público comenzó a percibir la labor del periodismo, más como entretenimiento y fuente de noticias de impacto meramente diario, que como monitor de la democracia, se encargaron de derrotar las aspiraciones de ética intransigente de la prensa.

Tampoco las mentiras urdidas y manejadas durante el mandato de George W. Bush respecto a la posibilidad de existencia de armas nucleares en Irak le sirvieron de mucho al periodismo en su intento de ponerle constante presión a uno de los presidentes más cuestionados de las últimas décadas. Bush se fue por la puerta principal y fue un gran anfitrión de su sucesor, quien en reiteradas ocasiones lo invitó a cenar en la Casa Blanca. Hasta que llegó Donald Trump, y la historia se llenó aún más de colmos, los cuales para los conductores de los programas nocturnos o “late shows”, han sido mana venido del cielo, pues la inspiración del 90 por ciento de sus chistes viene de los comentarios y decisiones diarias del actual presidente. Trump ha demostrado estar hecho de teflón.

Cualquier escándalo en torno a su figura le resbala, no se le pega. Las investigaciones que parte del periodismo ha hecho en torno a su pasado y presente han tenido el mismo efecto en la opinión pública que puede tener una aspirina en la etapa final de un paciente con cáncer. Si Trump no es relecto, no será porque el periodismo haya tenido una influencia decisiva en las decisiones de la gente. Por el contrario, entre la sólida masa de votantes republicanos, cualquier embate investigativo del periodismo ‘liberal” en contra del presidente es visto como una conspiración respaldada por grupos considerados de izquierda y enemigos de Estados Unidos. Salvadas las distancias, y con otra etiqueta y dirección ideológica, pasa lo mismo en la Venezuela de Maduro. La manipulación de la verdad por parte del aparato político y la erosión del poder de monitoreo del periodismo son dos de los más preocupantes signos de nuestra era.

Así pues, con un panorama político en el cual nadie sabe con aproximada exactitud qué puede pasar en noviembre del próximo año cuando se realicen las elecciones presidenciales estadounidenses, tal vez las de mayor importancia de los últimos 50 años, y con el verano aun reinando a todo trapo en el hemisferio norte, la cadena CNN trasmitirá el martes 30 y el miércoles 31 próximos dos debates entre los candidatos demócratas a la presidencia. Son tantos, veinte en total, que hay que dividirlos en dos grupos de diez cada uno. ¿Habrá alguno en tan variada flota con la suficiente capacidad retórica, de imagen, y con un paquete de ideas convincentes, capaz de impedir la reelección de quien ha resultado inmune a las inquisiciones del periodismo?

Años atrás, el político José Mujica le dijo al periodista Neber Araujo ante cámaras, en vivo y en directo, en hecho que ya forma parte del anecdotario popular uruguayo: “no sea nabo Néber” (sin haber utilizado la coma, como gramaticalmente correspondía). Araujo se perdió la gran oportunidad de pasar a la historia como algo más que un periodista con distinguida trayectoria, por no haberle respondido con alguna frase que estuviera levemente por encima de las apremiantes circunstancias.

Podría haber respondido: “Lo siento, señor Mujica, aquí se acaba la conversación, no estoy para perder el tiempo con mal educados”. O bien, acorde con la condición de uruguayos de los dos en pugna, podría haberle espetado: “Pero no sea pelotudo Mujica, qué me está llamando” (sin dejar de usar el usted, por una cuestión de respeto). El día que los periodistas enfrenten los desaires y manoseos de los políticos con las mismas armas retóricas, yendo incluso un poco más a fondo en el vocabulario con estocada final, quizá el principal aliado de las democracias y de la libertad de opinión recobre el poder, la incidencia en las decisiones de la gente, y la prístina credibilidad que alguna vez tuvo.

 

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