16 de septiembre de 2011 18:22 hs

Se corrió la voz en el pueblo de que había un dinero que, por alguna razón, le correspondía a Pirarajá. Entonces se empezaron a alimentar esperanzas de fiesta. Inmediatamente se supo que la plata no era para eso, sino que iban a llegar unas personas de Montevideo a hacer un documental. Una buena parte del entusiasmo cesó.

Lo que sucedía era que Pirarajá había sido elegido, junto a otras 18 localidades de los demás departamentos, para participar del proyecto “20 pueblos 20 memorias”.

La idea es que cada pueblo realice un trabajo cultural que tenga que ver con la identidad del lugar. La movida está organizada por la Dirección de Drechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura, La Comisión del Bicentenario y UTE, organismo que financia el proyecto, con $ 90 mil para cada pueblo.

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Los días 8 y 9 de diciembre, en Salto, habrá un encuentro entre los responsables de cada trabajo y cada uno tendrá un stand que lo represente. Se exhibirán y comentarán todos los trabajos, que incluyen un espectáculo de títeres, muestras fotográficas, audiovisuales y documentales.

Lo del número 20 contemplaba la participación, además de los 18 departamentos del interior, del barrio Casavalle, de Montevideo y de un grupo de uruguayos en el exterior, representando al departamento 20. Estos dos proyectos no están en marcha, así que los trabajos serán 18.

Camino pedregoso
El sábado 30 de julio, la gente de Pirarajá, pueblo de poco menos de 800 habitantes, estaba convocada en la escuela, para conocer a los videastas montevideanos que filmarían junto con los locales.
Muchos pensaron que no valía la pena ir a conocer a los montevideanos que se llevarían la plata, y no fueron. Otros siete lugareños sí lo hicieron, conservando la expectativa de que sus quejas fueran escuchadas y que se decidiera la fiesta que merecían.

Así fue que se encontraron con la gente de Hacha y Tiza, la productora capitalina encargada de coordinar los esfuerzos. Ellos, Daniel Amorín y Adriana Nartallo, explicaron a qué venían: darían un curso intensivo sobre cómo se hace un documental y apoyarían a los locales a realizarlo. El film hablaría del pueblo y sus historias, contadas por ellos mismos.
La idea tenía varios inconvenientes. Para empezar nadie sabía lo que era un documental. Es decir, que era lo que quería decir la palabra. Tampoco había una gran cultura cinematográfica ni mucho menos una curiosidad por cómo se hacía una película. Y en cuanto a la identidad, el sentimiento general era que el pueblo era un pueblo chico, nomás, donde nunca pasa nada.

A pesar de todo, ese sábado parecía que los realizadores montevideanos lograban cautivar a su audiencia. Les empezaron a mostrar distintas maneras de hacer las cosas, con ejemplos en video, empezaron a preguntar sobre cosas que pasaban o habían pasado en el pueblo y el asunto parecía entretenido. La concurrencia mostró entusiasmo y también iniciativa y surgieron varios temas como para tratar al sábado siguiente. Al sábado siguiente, sin embargo, no fue nadie.

Amorín y Nartallo llegaron media hora antes de las 10 de la mañana, que era la hora de comienzo, y un rato después apareció la docente del Centro MEC de Pirarajá, Alivana Romero. Ante la consulta de Amorín, Romero explicó que la gente del pueblo no era de salir por la mañana. ¿Creés que vendrán de tarde? preguntó Nartallo. “No”, le respondió.
Ante esa situación, Nartallo y Amorín entendieron que la participación activa de las fuerzas vivas del pueblo en la confección del documental era una utopía, y decidieron salir a filmar.

Éxito ajeno
Pero el tercer sábado fue de gloria. Las cámaras de Hacha y Tiza tomaron las calles de Pirarajá y conquistaron el pueblo. Niños y adolescentes ayudaban a los realizadores y las historias empezaron a aparecer. La de Nena y Alberto, por ejemplo.

Ambos son nonagenarios y en su juventud fueron novios. Alberto emigró a Montevideo y la madre de él le escribió a Nena que se olvidara de su hijo, porque tenía otra novia. Así lo hizo ella y ambos se casaron por su lado y vivieron sus vidas sin saber nada el uno del otro.

Medio siglo después, Nena, que era viuda, se encuentra con una hermana de Carlos, que le dice que él está solo, en Buenos Aires. Nena lo va a buscar y juntos vuelven a Pirarajá, donde viven juntos hace dos décadas.

También hubo un partido de baby fútbol, entre un combinado de Pirarajá y un equipo que incluía elementos foráneos, tal vez de Varela, un pueblo cercano. El equipo local desplegó un buen volumen de fútbol y las llegadas al área rival se sucedieron, pero fueron los visitantes quienes vulneraron la red pirarajense y el tiempo reglamentario se cumplió con el uno a cero. Sin embargo, el juez decretó que el partido se definiría por tanda de penales. Al cumplirse los cinco penales por bando, los visitantes habían ganado otra vez, pero se tiraron varios penales más, hasta que los locales por fin triunfaron.

Producción local
Alivana Romero pronto se adueñó de la producción del video. Desde la sugerencia de las ideas, hasta el contacto previo con los entrevistados cuando era necesario, y el seguimiento de todo el trabajo hasta el final, Romero estuvo siempre ahí. Ella nació y se crió en el pueblo y es una de los dos docentes de alfabetización digital, del recientemente creado Centro MEC, de Pirarajá, que fue quien elevó la propuesta del documental, que fue aceptada en Minas.

Actualmente funcionan 104 centros Centros MEC en pequeñas localidades de todo el interior. Estos centros son fundamentales en el proyecto “20 pueblos 20 memorias”. En el caso de Pirarajá, Romero legitima la labor de los montevideanos y abre las puertas del pueblo para que se pueda captar su identidad en cámara.

El lunes pasado hubo un tercer montevideano, el cronista de El Observador, trillando las calles y preguntándolo todo, pero a esa altura ya era algo normal en el pueblo.
En el hospital, esperando a ser atendido, estaba Juan Carnales, un jubilado de 69 años que vivió siempre en el pueblo y que dice que nada ha cambiado, que él sepa.
Carnales vive con su esposa pero “lo paso como quien dice solo, porque mi señora tiene que andar de un lao pa otro”.
Le gusta escuchar radio, “algunas canciones, que sean medias gauchas”. Televisión no y leer tampoco, “porque no tuve clase, no tuve escuela”. Al bar tampoco va y si se toma una caña es “en casa, nomás”.

Después del mediodía, la paz del pueblo parecía perfecta. Los únicos que caminaban eran los forasteros. Si alguien tiene que trasladarse, en Pirarajá se hace en moto o a caballo. Los colores de los bancos de la plaza, de la Junta Local y del hospital, son rosado y verde. Son los oficiales en Pirarajá, porque fueron los que mandaron desde Minas.

La próxima y última jornada de filmación será el día de cobro de las jubilaciones, que es la principal fuente de ingresos del pueblo. Después de editado el video, habrá una exhibición y seguramente eso sí será una fiesta, como todos esperaban desde el principio.

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