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La exquisita pasarela de la alta costura parisina

Como en cada temporada, la capital francesa muestra los vestidos más caros de la industria; en primera fila actrices y mujeres de alto poder adquisitivo hacen su elección

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08 de julio de 2018 a las 05:00

Digamos que en un mundo en el que discutimos cuáles son los trabajos en que los humanos van a ser sustituidos por robots, que una industria multimillonaria como la del lujo y la moda se siga dando —justamente— el lujo de hacer vestidos a mano no es un detalle menor. Claro que no es toda la industria. Es París. Y aunque en 2018 todo haya cambiado mucho, la cuna de la moda se empeña por conservar sus costumbres más valiosas. Entre ellas, por supuesto, la haute couture. Así que estos días, como cada julio, se realizó la semana de la alta costura y se conocieron las híper sofisticadas colecciones para el invierno boreal.

La alta costura es algo así como un club privado donde están los grandes nombres, los que en la primera mitad del siglo XX construyeron lo que hoy conocemos como moda moderna. Para entrar a este grupo selecto hay que cumplir un montón de reglas estrictas (aunque con el paso del tiempo son un poco más laxas, para que puedan ingresar diseñadores un tanto más jóvenes) establecidas por la Federación de la Alta Costura y la Moda.

La primera y más destacada es el trabajo hecho a mano. Cada una de las piezas que se exhiben en la pasarela de la semana de la alta costura son confeccionadas de manera artesanal (Valentino, por ejemplo, decidió nombrar a cada uno de sus vestidos con el nombre del artesano que lo había realizado en la última colección). Durante semanas en los ateliers parisinos hombres y mujeres se pasan horas y horas cociendo a mano vestidos que, tiempo después, se venderán a unas cifras exorbitantes. Según lo consigna la editora de moda de The New York Times, Vanessa Friedman estos trajes pueden costar entre 10 mil y 100 mil dólares cada uno.


No es para cualquiera. De hecho, con las altas exigencias que tiene la industria (cada vez son más colecciones por año), son muchas las casas y firmas que decidieron abandonar esta pasarela que es tan exquisita como inalcanzable. Versace e Yves Saint Laurent, por ejemplo, dejaron de integrar la grilla de desfiles hace años.

Los que se mantienen estoicos en esta fiesta del lujo y la opulencia son Chanel y Dior. Se sumaron en las últimas ediciones nombres nuevos. El más llamativo es el de la diseñadora china Guo Pei, responsable de aquel traje amarillo que llevó Rihanna a la gala del Met y que fue inmortalizado en Twitter con unos cuantos memes.

La cuestión es que dos veces al año París le muestra al mundo por qué su concepto de la alta costura es relevante para la industria. Y lo hace a lo grande, con montajes que son dignos de obras de teatro, tomando espacios que están vinculados con el arte (Dior realiza su presentación en el museo Rodin y Chanel crea sus propios escenarios en el Grand Palais), e invitando a las mujeres más ricas e influyentes del mundo. Ahora, además de las actrices de Hollywood que suelen ir a elegir su vestido para la temporada de alfombra roja, las grandes interesadas vienen de Asia. China y los países árabes son por estos tiempos las zonas de influencia para la alta costura. Más allá del sueño que representa todo este universo, de sus carácter inalcanzable, lo valioso –como acertadamente lo dice Friedman en el diario neoyorquino– es que este oficio dé cuenta de lo que ocurre en este momento histórico particular.

La otra pasarela

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La previa de los desfiles es, desde hace ya casi una década, un espectáculo en sí mismo y las firmas y diseñadores lo aprovechan. Actrices, artistas y, cada vez más, influencers y blogueras acaparan los flashes de los fotógrafos que llegan a ver lo que crearon sus diseñadores de cabecera (o, en muchos casos, los diseñadores que les pagan unos cuantos miles de dólares para que sean el rostro de una nueva línea de perfume o carteras).


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