18 de octubre 2015 - 5:00hs

Nunca entendí a la gente que busca la fama. A mí siempre me pareció clarísimo que la fama es un precio que a veces tienen que pagar aquellos a los que les va muy bien en lo que hacen. Pero nunca un premio.

¿Qué gracia puede tener que la gente sienta que te conoce? ¿Cuál es el placer de que cada vez que vayas a algún lugar público, gente a la que no conocés te señale y hable de vos y que hasta te salude y te diga cómo te admira?

En todo caso me parece que lo que puede funcionar es una fama que no trascienda el ámbito en el que te movés. Que seas un arquitecto famoso, puede estar bien. Que te reconozcan tus pares porque te destacaste en lo tuyo. Ganar un premio Nobel de Química es aceptable. Nadie te va a molestar.

Hasta ahí me parece que la vanidad se puede sentir reconfortada sin necesidad de perder la libertad de llegar a un lugar donde nadie te conoce y que nadie te conozca.

Está claro, sin embargo, que son legión los que piensan lo contrario, incluyendo a muchos que conocen el peso de la fama y quieren más fama. Y cuando las cosas te empiezan a ir mal, entonces llegaste al infierno.

Ahí es donde está Lamar Odom, un jugador de básquetbol estadounidense que tuvo una carrera bastante buena. Yo lo conocí cuando jugaba en Miami y después lo cambiaron, junto con otros dos jugadores, por la superestrella Shaquille O´Neal.

Entonces se fue a jugar con Kobe Bryant a Los Angeles Lakers y le fue muy bien. Ganó dos campeonatos y parecía que había encontrado su lugar. Odom era de estos que parece que siempre están disfrutando.

A Lamar siempre le gustaron las fiestas y las cámaras de todo tipo. En 2009, una noche de agosto, conoció a una joven apellidada Kardashian y un mes después se casó con ella. Había un problemita y era que la vida de la muchacha, Khloe, estaba vendida a la televisión, junto a la de toda su familia, pero el jugador pensó que eso sería divertido y lucrativo y se metió de lleno en el reality show.

Al principio parecía que las cosas salían bien. Odom hacía lo suyo en la cancha de básquetbol y también en su vida frente a las cámaras. Hasta que los Lakers decidieron prescindir de sus servicios y lo transfirieron a Dallas.

Fue como una puñalada en las costillas. Lamar se había llegado a convencer de que él pertenecía a la farándula de Los Ángeles y de alguna manera creyó que no podría vivir sin esa dosis de masividad. Y empezó a caer.

En Dallas nunca funcionó como jugador y su participación en el show de su propia vida –había pasado a tener un protagónico, en Khloe y Lamar– era cada vez más patética. En agosto de 2013 fue arrestado por conducir ebrio y cuatro meses después Klohe le pidió el divorcio.

En 2014 intentó con los New York Knicks pero duró muy poco. La prensa amarilla lo adoptó como mascota. Aparecían noticias suyas en los sitios web, revistas y programas de cable, siempre en un tono del tipo: "miren cómo se desmorona Lamar Odom".

El martes pasado fue encontrado inconsciente en un burdel e ingresado a un hospital de Las Vegas, después de haber ingerido una sobredosis de diferente tipo de drogas, que empiezan con cocaína y siguen por distintas fórmulas químicas, según el pasquín que se elija como fuente. El viernes, Odom había presuntamente despertado de su coma, aunque su estado era muy grave. Tiene 35 años.

Las cámaras y el personal especializado rodean al hospital, así que los interesados tendrán todo el dolor que necesiten del ídolo caído.

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