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La furia masculina, la polémica y el auge del populismo

La audiencia de Kavanaugh demostró que los hombres temen la pérdida del poder

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07 de octubre de 2018 a las 05:00

Por Gideon Rachman

Las explicaciones más populares para el auge del populismo se han centrado en la desigualdad y la raza. Pero la tormenta que rodea la nominación de Brett Kavanaugh a la Corte Suprema de EEUU apunta a un tercer factor: la furia masculina.
Los roles de género tradicionales están cambiando, lo cual atemoriza a muchos hombres sobre la pérdida de su poder y estatus. Ese temor es visible en el tono misógino de los movimientos populistas en EEUU, Brasil, Filipinas, Italia y otros lugares.
La reacción masculina encuentra expresión no sólo en debates relativamente civilizados sobre las mujeres en el trabajo o los roles de género en el hogar. Como se destacó en las audiencias de Kavanaugh, pasa rápidamente al tema más crudo y emotivo de todos: la violencia sexual. Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas, y Jair Bolsonaro, el candidato favorito en las elecciones presidenciales brasileñas de este mes, han incorporado bromas sobre la violación en su retórica política. Matteo Salvini, la figura dominante en el gobierno italiano, ha usado calumnias sexuales para degradar a las mujeres políticas.

Bolsonaro una vez afirmó que Maria do Rosário, una figura política brasileña, “no merecía ser violada; ya que ella es muy fea”. Más de 3 millones de mujeres se han unido a un grupo en línea para oponerse a su creciente candidatura, con el hashtag #EleNao. Cientos de miles de mujeres acaban de realizar una protesta en contra del Bolsonaro en las calles de Río de Janeiro y San Pablo justo antes de la primera vuelta de las elecciones el 7 de octubre.

Duterte bromeó sobre la violación en grupo y el asesinato de una misionera australiana, sugiriendo que, debido a que él (Duterte) era alcalde de la ciudad en la que tuvo lugar, se le debería haber permitido hacerlo primero. (El presidente estadounidense Donald Trump dijo desde entonces que tiene una “gran relación” con el líder filipino).
Salvini, viceprimer ministro de Italia y admirador del Trump, también se ha burlado de las mujeres políticas. En 2016, en una reunión política, señaló una muñeca sexual en el escenario y afirmó que era una “doble” de Laura Boldrini, que era entonces presidenta de la Cámara de Diputados de Italia. En una entrevista reciente con Politico, Boldrini dijo que ha recibido numerosas amenazas de violación y de muerte en los últimos años, y agregó que los populistas italianos la habían atacado porque “yo era una mujer y abogaba por los refugiados, por los derechos humanos, por los derechos de las mujeres”.

Como sugiere Boldrini, el uso de la degradante retórica misógina parece una respuesta directa al ascenso de poderosas mujeres políticas. Ciertamente Bolsonaro ganó notoriedad inmediatamente después de la presidencia de Dilma Rousseff, la primera mujer en liderar Brasil. Y Trump, por supuesto, se estaba postulando contra Hillary Clinton, que habría sido la primera mujer presidenta de EEUU.
En comparación con los estándares degradados de Duterte, Salvini y Bolsonaro, el lenguaje misógino de Trump fue relativamente restringido. Pero puede haber servido para enviar un mensaje similar a los furibundos votantes masculinos de que él estaba de su lado.
Los principales comentaristas, incluyendo a los republicanos prominentes, asumieron que el comentario machista y antipático de Trump acerca de agarrar a las mujeres “por los genitales” lo lastimaría en la carrera presidencial. Pero 53% de los hombres estadounidenses (y 62% de los hombres blancos) votaron por Trump.

El período de Trump en el cargo ha coincidido con el movimiento #MeToo contra el acoso sexual, que ha acabado con las carreras de algunos hombres prominentes en Hollywood, los medios, los negocios y la política.
Pero el auge de #MeToo también puede haber provocado la reacción masculina que alimenta el populismo. 
El senador Lindsey Graham, uno de los partidarios más vociferantes del Kavanaugh, ciertamente acogió la narrativa del victimismo durante la audiencia de confirmación del juez: “Soy un hombre blanco de Carolina del Sur y me dicen que debo callar. Pero no me callaré, si les parece bien”. Muchos demócratas ahora se consuelan con la idea de que incluso si Kavanaugh es confirmado, la controversia será contraproducente para los republicanos en las elecciones de mitad de período. Una encuesta reciente sugirió que las mujeres blancas ahora se inclinan hacia los demócratas por un margen de 12 puntos. Pero algunos republicanos creen que las audiencias Kavanaugh podrían funcionar para ellos, movilizando a los votantes masculinos. James Robbins, exfuncionario de la administración de George W. Bush, advirtió a los hombres que si los “demócratas ganan en el caso de Kavanaugh, cualquier hombre podría enfrentar acusaciones no comprobables que se tomarán automáticamente como un hecho”.

La inquietud acerca de las implicaciones de #MeToo también ha surgido en los bastiones del liberalismo estadounidense. En las últimas semanas, tanto Harper’s como New York Review of Books han publicado artículos angustiados escritos por hombres que perdieron sus carreras después de múltiples acusaciones de maltrato a mujeres. Tales controversias son insignificantes en comparación con el drama de las audiencias de Kavanaugh o la brutalidad machista de la política en Italia o Filipinas. Pero demuestran el poder polarizador de los debates de género en la política y la sociedad. Y si hay dos cosas que alimentan el populismo, son la ira y la polarización.

 

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