The Sótano > Opinión/ Eduardo Espina

La gran esperanza blanca

Beto habla español, y mañana los hispanos pueden darle en Texas el triunfo en las urnas

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05 de noviembre de 2018 a las 05:04

En tiempos modernos post segunda guerra mundial, del estado de Texas han salido tres presidentes: Lyndon B. Johnson (1908-1973), George H. W. Bush (1924- ), y George W. Bush (1946- ). Es, por lo tanto, un estado clave en la vida política estadounidense. Mañana, nuevamente, lo que pase en las urnas texanas volverá a ser de interés nacional y mundial. Muy diferentes en ideas y personalidad, seguramente los dos candidatos para un puesto en el senado con menos parecidos ideológicos en mucho tiempo, Ted Cruz y Beto O’Rourke intentarán ganar un lugar en el senado en los comicios más parejos en la historia del segundo estado de mayor tamaño de la Unión Americana después de Alaska.

¿Seguirá el estado de Texas apostando a la política conservadora de los republicanos, que en muchos aspectos, económicos y laborales por ejemplo, le ha dado efectivos resultados, o llegó la hora para que los demócratas vuelvan a tener un lugar en la cámara de senadores en Washington? Hace 30 años que Texas no elige un senador demócrata. El último había sido Lloyd Bentsen (1921–2006), en 1988, que en esas mismas elecciones fue candidato a la vicepresidencia acompañando la candidatura presidencial de Michael Dukakis. Este no ganó, pero Bentsen fue reelecto al senado y luego fue Secretario (Ministro) del Tesoro durante la presidencia de Bill Clinton.

Por lo tanto, considerando el contexto político que durante las últimas tres décadas ha permitido que se afianzaran los valores conservadores del partido republicano, todo indicaba un año atrás que Beto O’Rourke, nacido en El Paso, tenía una tarea imposible por delante. Ted Cruz, quien busca la relección y que en 2016 aspiró a conseguir la nominación presidencial por su partido, llegó a tener una ventaja de 30 por ciento sobre su contendiente. Hoy, a un día de las decisivas elecciones, esta se redujo a tres puntos. El nerviosismo hace estragos en ambos bandos. Con sus magias y sus espejismos, la democracia vuelve a equilibrar oportunidades. Enfrenta a los ricos que no quieren soltar el poder, con los olvidados y recién llegados que quieren hacer oír su voz.

Donald Trump, quien en uno de los debates presidenciales dos años atrás llamó a Cruz, “Mentiroso Ted”, estuvo en Houston semanas atrás haciendo campaña para su ex rival, a quien ahora llama “Maravilloso Ted”. Por mantenerse en el poder, la gente puede hacer cualquier tipo de payasada. Descendiente de irlandeses católicos,  O’Rourke habla español perfectamente y usa el apodo Beto con el que lo conocían sus amigos mexicanos en la infancia. Su campaña, en la que destacan el entusiasmo y el optimismo, recuerda a la de Barack Obama cuando buscaba ser electo como senador por el estado de Illinois.

Con la cara visiblemente cansada, pues hace un año que está haciendo campaña por todos los confines de un estado inmenso que parece varios países en uno, O’Rourke aparece en los avisos publicitarios de televisión invitando a ir a las urnas. Cada voto cuenta. Sabe que su futuro y, por qué no, el de su partido, depende de la decisión de los miles de votantes que hoy engrosan la categoría de “indecisos” y que no saben si seguir con lo mismo, o dar un vuelco radical y jugársela por un candidato joven y lleno de ideales, que ha cautivado a quienes votarán por primera vez.

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