10 de febrero de 2014 17:50 hs

En el año 2000, Anthony Beevor, el historiador inglés obsesionado con los conflictos bélicos del siglo XX, se topó, dentro del marco de su investigación para su libro Stalingrado, con los cuadernos y las libretas de apuntes del periodista y escritor Vasili Grossman.

Grossman había nacido en 1905 en Ucrania y había estudiado ingeniería. A principios de la década del 30 trabajaba en una mina en la región carbonera del Donbass. La terrible hambruna que había provocado en la zona las políticas agrícolas de Stalin y las condiciones de los mineros lo llevaron a la literatura. Con eso publicó su primera novela.

La guerra mundial y la invasión del en principio aliado alemán se le vino encima al joven aspirante a escritor y de modo más que patriótico se presentó como periodista ante el director del diario Estrella Roja de Moscú, el general David Ortenburg. Quería ir al frente a escribir crónicas sobre lo que estaba sucediendo con su ejército y con su pueblo. Sin tener la más mínima experiencia militar, Grossman partió hacia un frente móvil que cada vez avanzaba con mayor velocidad hacia donde se encontraba el equipo de enviados del Estrella Roja. Todo esto sucedía en agosto de 1941.

El contacto de Grossman con la realidad de la guerra fue intenso, tanto con el drama de la muerte y con las atrocidades más complejas, pero fue sobre todo un shock emotivo en diversos sentidos. El ojo profesional del periodista tuvo que quedar a un lado en muchas ocasiones ante el contacto humano con los soldados y los civiles con los que se encontraba y hablaba.

Un aspecto comenzó a potenciar al otro. Grossman rara vez tomaba apuntes mientras charlaba con sus entrevistados. Esperaba a que se hubiera formado un determinado clima para narrar. La visión de la guerra que surge de sus anotaciones es diferente a la de cualquier ensayo o libro de historia contemporánea razonada. En estas breves narraciones, Grossman cuenta aspectos omitidos por los grandes trazos de la Historia con H. Desde soldados rusos “bromistas” que juegan con los cadáveres congelados de enemigos alemanes y los ponen sobre un campo nevado en diferentes posiciones, hasta el encuentro con una viejita dentro de una choza oscura en la noche, que dice estar esperando a su hijo que le prometió que volvería en medio de un bombardeo, o cuando ve explotar una gallina por el fuego de un obús: cada uno de estos hechos se enraba en un largo collar de anécdotas (cómicas, trágicas, emotivas todas) que muestran el conflicto desde otra perspectiva.

Grossman también estuvo en dos de las batallas más feroces de la historia de la humanidad: la sangrienta batalla de Stalingrado y la batalla de tanques de Kursk. Y luego acompañó al ejército rojo en su camino hasta Berlín.

El autor logra una visión única, llena de situaciones puntuales que pintan con detalles el gran fresco de cada batalla y le dan al lector una sensación mucho más real y concreta de cómo fue haber vivido esas experiencias extremas. Para los rusos los años de la Segunda Guerra Mundial se denominan como la Gran Guerra Patria, donde millones de hombres y mujeres dieron la vida para librar su tierra del invasor alemán. Con el cúmulo de todas estas experiencias, Grossman destilaría en la década del 60 una de las mayores novelas bélicas de la literatura rusa y universal, la impresionante Vida y destino.

Beevor, con la ayuda y la traducción de la investigadora rusa Luba Vinogradova, publicó todos estos apuntes anotados y ordenados de forma cronológica en el libro Un escritor en guerra, Vasili Grossman en el Ejército Rojo 1941-1945, editado en español por la editorial Crítica. Leerlo es por un lado un ejercicio de escritura más que interesante y, por otro, un acercamiento de primera mano a un testigo de momentos fundamentales del siglo pasado.

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