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La historia de un uruguayo que retrata la violencia contra los indígenas en la selva de Brasil

Pablo Albarenga ha dedicado sus últimos cuatro años a viajar a diferentes puntos brasileños evidenciando con sus fotos las crisis indígenas del país

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24 de junio de 2019 a las 05:00

Algunas veces le cuesta estar acá, en la ciudad. En su casa. Son las veces en las que está cómodo, a gusto con el contexto que lo rodea, los días en los que expone sus fotografías o que se dedica a hacer el trabajo “de escritorio”. Las veces en las que, como ahora, se puede tomar un café tranquilo en un bar de Montevideo, sin los miedos ni el estrés que se le amontonan del otro lado del continente. Puede resultar difícil entender que esta vida de relativa normalidad se le haga difícil de sobrellevar, pero es que esos son los momentos en los que usualmente un whatsapp le rompe la calma: le avisan, desde allá, que están atacando la aldea. De nuevo. Y ahí es cuando se deprime y quiere volver a la selva. Sabe que no puede hacer mucho, que una cámara de fotos no puede evitar que los ataques se sigan sucediendo, pero ¿por qué no estar en el lugar donde su vida cambió y con la gente que lo trasformó? ¿Por qué no estar con ellos cuando lo necesitan? Así piensa. Y por eso le cuesta.

Pero estar acá tampoco es tan malo. Para Pablo Albarenga, que tiene 29 años y es fotoperiodista desde hace poco más de tres, volver a Montevideo le genera instancias como la que vivió hace algunas semanas en el Centro de Fotografía, en donde presentó lo que hasta ahora es su proyecto de vida fotográfico. Le sorprendió encontrar la sala abarrotada de gente, pero no le sorprendió notar cómo sus fotos interpelaban a los que fueron a escucharlo. A fin de cuentas, a él le pasó algo parecido al comienzo, aquella primera vez en la que se cruzó con la foto de un indígena brasileño y vio, para desconcierto de sus prejuicios, que allí no había taparrabos ni plumas. Que sus problemas, como pronto descubriría, eran más graves y reales de lo que pensaba.

Simão, Dona Leandra y Nardo frente a su hogar. La retomada de Tey’i Jusu fue una de las atacadas en la massacre de Caarapó, donde Clodiodi Aquileu, de 23 años, fue asesinado varios indígenas más baleados, incluido Simão, que lleva la bala en el pecho.

Primer viaje

El primer contacto con una cámara de fotos fue en el verano del 2015, en Cabo Polonio. Un amigo le prestó el aparato y Albarenga se quedó levantado hasta tarde capturando instantáneas de la noche de ese punto de la costa. Poco después, empezó a meterse en el terreno de la fotografía de manera formal. Se cruzó con algunos cursos básicos, colaboró con algunos medios nacionales –La Diaria, El Observador, Voces– y fue metiendo experiencia en la mochila.

En esos años tomó un curso de fotoreportaje en el Fotoclub. Allí su profesor era Iván Franco, que les presentó un proyecto que él había realizado con una tribu indígena en Brasil.  “Me llamó mucho la atención que la imagen de esos indígenas chocaba mucho con la que yo tenía y que se había construido en base a mi educación y cultura popular. Allí no había taparrabos, no estaban harapientos, estaban calzados y utilizaban tecnología. También me llamó la atención que ese trabajo tenía más de veinte años. Me generaba mucha curiosidad saber cómo era la situación actual”, recuerda ahora Albarenga.

¿Cómo sigue la historia? Es previsible. El recién ingresado al mundo de la fotografía quedó tan impactado por el trabajo, que se puso a averiguar sobre la posibilidad de embarcarse en un proyecto similar. Encontró que en el estado de Mato Grosso do Sul, en la frontera con Paraguay, el conflicto indígena había escalado hasta un pico sin precedentes. Sin contactos ni información, comenzó a encadenar pedidos y llamadas, hasta que dio con una persona del Consejo Indígena Misionero, que le ofreció hospedaje y conexiones. Renunció a un muy buen puesto en una empresa en zona franca y se largó. Era el 31 de octubre de 2016. 

Un indígena apronta su arco y su flecha frente al Congreso Nacional, en Brasilia

“Yo iba con la idea del fotoreportero valiente, que se mete en la zona de peligro. Tenía una idea muy naif y romántica de estos viajes. Mis influencias eran Sebastião Salgado y el propio Iván Franco. No mucho más”.

En poco menos de dos años, Albarenga pasó de no tener un solo contacto con la fotografía, a estar durmiendo al aire libre en una aldea indígena en la selva brasileña, hospedado por los propios miembros de la comunidad, con una cámara en mano y dispuesto a visibilizar, al menos para Uruguay, una situación que a él lo había conmovido: la violencia de las retomadas.

En el seno del conflicto

La primera noche que Albarenga pasó en la selva, tuvo que despertarse de golpe. Los indígenas que hacían guardia en los alrededores de la aldea habían divisado una serie de focos que los iluminaban, una serie de luces que provenían de un grupo de camionetas que rodeaban la zona y pretendían intimidarlos. Quedó por ahí, pero fue una excepción. Él, acostado en la hamaca paraguaya, entendió la dimensión del asunto.

Pablo Albarenga

Para seguir, hay que frenar la historia de Albarenga y explicar el fenómeno de las retomadas. Y para eso hay que ir hasta 1988, el año en que Brasil aprobó su última Constitución. Allí, por primera vez, aparecieron dos artículos que reconocieron a los indígenas como sujetos de derecho, a sus territorios y a su potestad sobre ellos. Fue una conquista histórica de la lucha indígena, pero a medias. El proceso de devolución de las tierras incluye una determinación física de estos territorios –sujeta a una investigación de antropólogos– y tras esto, una publicación en el diario oficial de Brasil. Más tarde llega la homologación y la devolución. Los problemas comenzaron cuando, a pesar de haberse determinado que ciertos territorios debían devolverse, las cosas permanecieron incambiadas. Hoy las homologaciones se retrasan por intereses y el lobby de los agronegocios, y los estancieros no se van. Ante esto, los pueblos indígenas –que mientras tanto se encuentran aglomerados en reservas que ya no dan abasto– toman una decisión: en cuanto el territorio se delimita y se publica de manera oficial, van y los ocupan. Esas son las retomadas. Y generan, claro, enfrentamientos. 

“En Brasil todo el tiempo hay retomadas. Es una etapa violenta, porque los estancieros se organizan, caen con cuarenta o cincuenta camionetas y empiezan a dispararle a las aldeas, que fue lo que pasó en una de las retomadas en las que yo estuve. Allí murió un indígena de 23 años y balearon a varios más, entre ellos un niño de 12”, cuenta Albarenga, que si bien asegura que con Jair Bolsonaro en el poder los estancieros y sus métodos son cada vez más temerarios, también cuenta que con el PT en el poder la cosa no era demasiado diferente.

"Hubo situaciones de mucho miedo y estrés, pero creo que estaba allí por cosas que son más fuertes que eso, y al mismo tiempo por no pensar tanto en todo lo malo que podía llegar a pasar. Si te ponés a analizar los riesgos que tiene, capaz no vas. Y con el tiempo aprendí a medir mejor, a conseguir más información para saber bien qué riesgo implica hacer tal o cual cosa. En el primer viaje estaba muy desinformado. Era mi primer experiencia en campo y en medio de un conflicto; fui en modo esponja y aprendí".

Foto aerea de la aldea Kariri Xoco en Brasilia, amenazada por la construcción de uno de los proyectos inmobiliarios más caros de la ciudad.

En ese primer viaje, las fotos de Albarenga eran en blanco y negro y con un claro corte periodístico, testimonial. Él estaba allí para contar lo que sucedía, no para incidir en los demás. Eso fue cambiando a medida que fueron llegando más idas y vueltas, más experiencias con las comunidades locales. En total, Albarenga hizo alrededor de quince viajes en poco más de tres años, todos de entre un treinta y sesenta días. 

“Cuando terminé el primer viaje no tenía idea de cómo iba a seguir, pero sí que quería hacerlo. Para mí fue un punto de inflexión muy fuerte, y a partir de allí decidí dedicarme de lleno a esto. ¿Cómo? No tenía idea, ni recursos, contactos, ni nada. Pero de a poco, me fui sumergiendo”.

Kedje y Tumre Kayapó

De la gira política a Pulitzer

Una de sus primeras instancias en Brasil estuvo marcada por su participación en el campamento Terra Livre, una ocupación descomunal que más de cuatro mil indígenas de todo Brasil hacen anualmente en Brasilia para protestar y demandar la devolución de sus tierras. En 2018, Albarenga estaba allí tomando fotografías. En medio de la convocatoria, se le ocurrió colgar una tela negra detrás de un escenario y comenzar a retratar a diferentes manifestantes que así lo quisieran. Él después les enviaba esos retratos por Whatsapp y justo por eso, se empezó a convertir en un pequeño fenómeno en el campamento. Fue así como llegó a Sonia Guajajara, una de las activistas indígenas más importantes de Brasil. Y fue así como Guajajara lo invitó a recorrer Brasil como fotógrafo oficial  para de su campaña a la vicepresidencia del país. Ella es la primera mujer indígena de la historia en candidatearse a ese puesto.

Sonia Guajajara posa para un retrato en Brasilia

“Fue en esos meses que tomé dimensión real del país, que tuve un taste of Brasil. Pude conocerla más a ella, pero también conocí la Amazonia por primera vez, vi el río Amazonas, y al mismo tiempo de conocí al Brasil de los contrastes, que se aleja mucho de lo que nosotros conocemos. Es un país muy diverso, tiene una riqueza cultural maravillosa, y pude acceder un poco a todo eso”.

Sonia Guajajara posa para un retrato con la bandera de Brasil intervenida con tinta roja para simbolizar el genocidio indígena en su país

Acceder a esos contrastes también afectó su fotografía. Poco a poco, empezó a alejarse del fotoreportaje más clásico y se permitió jugar más con otro tipo de estilos. Empezó a volcarse a un rol más autoral y optó por pasar del blanco y negro al color. En ese proceso comenzó a postularse a diversas campañas de financiación de proyectos, para poder hacer todos sus viajes.

“Las historias fueron modificando como yo veía a mi trabajo. Por ejemplo, pasar del blanco y negro al color me costó muchísimo. Pero en un momento mirando las fotos me di cuenta que me estaba perdiendo una capa más de la diversidad que había en ellas. La última barrera que quebré fue dejar de fotografiar lo que estaba sucediendo para pasar a proponer mi propia voz. Y comencé también a utilizar las posibilidades que me daba el drone, una herramienta que está muy bastardeada por la publicidad”.

En ese momento apareció un llamado de la fundación Pulitzer para trabajos que tocaran el tema de la deforestación en diferentes selvas del mundo. Albarenga, junto a otros socios, comenzó a desarrollar una investigación sobre la instalación de hidroeléctricas en Mato Grosso, una industria teñida por varias capas de corrupción e intereses externos.

A la vez, fue invitado por un periodista a participar de un proyecto en entregas titulado Rainforest defenders, que se enfoca en cinco líderes jóvenes que defienden su hogar de diferentes amenazas. Ambos se financiaron a través de la fundación y ambos se publicaron –y se están publicando– en El País de Madrid.

Fabrício Rodriguez Guajajara, un líder de 19 años del pueblo Guajajara, se dirige al parlamento para protestar en el campamento Terra Livre en Brasilia

Estar de vuelta

Es probable que ahora tenga más lógica su inestabilidad emocional en suelo uruguayo. Desde hace unos tres años, la vida de Albarenga está partida entre la selva y esta tierra.

“Estoy muy enganchado emocionalmente a todas estas historias, a todas estas familias y personas con las que trabajo. Siento la necesidad de estar allí. Claro que mi presencia no va a cambiar nada, y yo nunca voy a ser indígena. Salgo de trabajar y me puedo venir a tomar un café, bien vestido, sin problemas, y esos allá siguen con sus dramas. Pero eso también hace que cueste estar acá. Para mi volver a Uruguay implica tener que adaptarme a vivir a otro tiempo. Volver es un buen momento para achicar, bajar las revoluciones. Allá se come mal, se duerme mal, todo el día estás cansado. Por eso estoy empezando a ver lo bueno de volver”, dice, pensativo. ¿Con la cabeza en Brasil?

Una de los dípticos que forman parte de Rainforest defenders para la fundación Pullitzer. De un lado, Drica (29) habitante de la Amazonia brasileña, y del otro el resultado de la minería en uno de los afluentes del Amazonas.

Para cuando esta nota se publique, Albarenga ya estará de nuevo en el gigante norteño. Le quedan adelante un par de seminarios y también una capacitación de periodismo en zonas de conflictos que Pullitzer le financió. Y cuando todo eso termine, volverá bajo los árboles y la vegetación, a las aldeas donde esperan las historias que cuenta desde hace un tiempo. Esas para las que, según él mismo asegura, milita consciente, obstinado y convencido.

Para alguien como Sonia, cuya agenda está continuamente ocupada, los aviones se vuelven un buen lugar para descansar. En la foto: Sonia descansa durante un vuelo entre Altamira y Santarém.

Un país sin indios
Pablo Albarenga contesta la pregunta de si su trabajo se podría replicar en Uruguay con la frase: “De hecho, de alguna manera ya lo hice”. Y es que en efecto, de alguna manera lo hizo. En octubre de 2017 publicó una investigación en El País de Madrid titulada Un país sin indios, en donde recogía una serie de datos sobre la población charrúa en Uruguay. “Cuestiona un poco la historia oficial que niega las raíces indígenas. Fue muy sorprendente encontrarme con movimientos de personas que se autodenominan charrúas, y que son unas dos mil. Así como también me sorprendió que haya un 33, 4% de sangre indígena por línea materna. Eso pone en jaque el mito de que todos descendemos exclusivamente de los barcos”, cuenta.
 
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