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27 de mayo 2022 - 5:04hs

La alarma cundió en Colombia. Era la tarde del jueves 19 de mayo, a escasos 10 días de las elecciones presidenciales que se celebrarán este domingo, y una encuesta de la revista Semana ya mostraba un repunte meteórico del candidato outsider Rodolfo Hernández.

Luego otros sondeos lo han ido confirmando: el exalcalde de Bucaramanga está en tercer lugar, pero acercándose peligrosamente al candidato de la derecha ‘Fico’ Gutiérrez. El tema ya no es si el izquierdista Gustavo Petro ganará en primera vuelta o no (que ya parece bastante claro que no le va dar para eso), sino quién pasará con él a la segunda vuelta. Y más sorprendente aun, de pasar Petro y Hernández a segunda vuelta, las encuestas dicen que este triunfaría y sería el próximo presidente de Colombia.

Las élites empresariales colombianas ya bastantes dolores de cabeza tenían con Petro y cómo hacían para frenar su ascenso. Y ahora les sale este tapado, que no solo es un tiro al aire, sino que además amenaza con sacar del medio a su candidato y convertir al ballotage en una elección imposible para el establishment colombiano, del tipo de las que Vargas Llosa a veces suele describir con alguna metáfora brutalmente gráfica para su Perú natal.

Hernández es un personaje bastante folclórico. Ingeniero civil –dice– de 77 años de edad, que hizo su fortuna construyendo viviendas para los sectores populares, ha centrado su campaña en atacar a la desprestigiada clase política colombiana. Siempre se refiere a los políticos como “politiqueros”; cuando no, directamente como “sinvergüenzas”, “ladrones” o “atracadores”. Y es célebre por sus ataques en lenguaje coloquial contra la corrupción del sistema político: “¡Hay que parar la robadera!”, gusta de gritar a los cuatro vientos; cosa que más de uno le aplaude.

Hace poco también le dio una entrevista a la CNN y salió al aire en pijama. Pero el episodio más bizarro lo protagonizó hace unos años cuando aún era alcalde de Bucaramanga y llegó un concejal a su oficina a hacerle unos reclamos. Toda la discusión –que está en video y, en su momento, se viralizó en redes– parece sacada de un relato de lo real maravilloso. Y terminó con Hernández golpeando a su interlocutor en cámara.

De todos modos, el resultado más probable el domingo es que sean Petro y Gutiérrez quienes pasen a segunda vuelta. Pero no deja de llamar la atención que un candidato como Hernández pueda estar tan cerca de llegar a la Presidencia en Colombia. 

Aunque los colombianos no están solos en esto. El hartazgo con la clase política es un fenómeno mundial. Y candidatos “distintos” como Hernández surgen hoy en todos los puntos cardinales de América Latina.

En Argentina, el candidato que individualmente pelea el primer lugar en las encuestas con Horacio Rodríguez Larreta para las presidenciales de 2023 es el libertario Javier Milei, un economista con el comportamiento desmesurado de un rockstar que propone disparates como dolarizar la economía y echarle candado al Banco Central. “Los politiqueros” de Hernández se vuelven “la casta” en el discurso de Milei. El del argentino es, desde luego, más sofisticado, y con un fondo también más académico que el del colombiano. Pero en esencia, es el mismo expediente: capitalizar sobre el enorme descrédito de la clase política y sus formas convencionales y mostrarse como todo lo opuesto.

En Chile, en las elecciones del año pasado, salió tercero un desconocido Franco Parisi, que además postuló de forma insólita, desde los Estados Unidos donde reside. Como Milei, Parisi es otro campeón del populismo libertario, corriente de pensamiento importada –de algún modo inspirada en la Escuela Austríaca– que nunca terminó de prender del todo en Estados Unidos, pero que en el Cono Sur tiene hoy una especie de revival. Sin embargo, la fortaleza del discurso de Parisi, lo que lo llevó a sacar casi un millón de votos en primera vuelta, fue su ataque constante a la clase política y sus excesos. 

En El Salvador, gobierna Nayib Bukele; en Brasil, Yair Bolsonaro; en Uruguay, puede decirse que también hemos tenido nuestra cuotaparte de los “distintos” con el Pepe Mujica, que vivía en un rancho, manejaba un fusca y se hizo famoso como “el presidente más pobre del mundo”.

Los “distintos” pueden ser de izquierda o de derecha. Pueden de hecho ser más o menos outsiders, más o menos populistas. Pero todos tienen algo en común: el desprecio por las élites políticas. Por lo general, suelen adoptar posturas soberanistas –por oposición a las llamadas mundialistas–; pero acá en América Latina, no necesariamente; y el común denominador se verifica invariable en la aversión a la clase política y todo lo que ella representa.

¿Es eso bueno o malo? Yo creo que los “distintos”, más allá de los dislates evidentes, pueden ser buenos o malos gobernantes como cualquier otro. Sin embargo, algunos pueden ser nocivos para la democracia liberal y sus instituciones.  El problema es que esta no está dando respuestas. Hoy la democracia liberal tiene serias dificultades para atender a las crecientes necesidades de la población. Las élites están desconectadas, los partidos burocratizados y los medios demasiado complacientes con el poder. Eso es lo que empuja a los votantes a los brazos de este tipo de candidatos.

O se asumen esos desperfectos y se tratan honestamente de corregir, haciendo al mismo tiempo docencia política, en lugar de tachar –como hacen en EEUU y en Europa– a todo aquel que vota contra las élites de populista, ignorante o deplorable. O me temo que vamos hacia una crisis de la democracia representativa en América Latina como en el resto del mundo, con todo lo que ello implica.

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