Criatura es una editorial recién nacida en la librería La Lupa (ubicada en la calle Bacacay, a metros del Teatro Solís), y empezó con seis títulos. Todos se enmarcan en la categoría ficción, pero ninguno de ellos es simplemente eso, salvo Injuria, un relato crudo, el alma y la carne expuestas al lector.
Es un relato en primera persona de un niño que descubre un vestido de fiesta de su madre y le encanta.
Se lo ve puesto y luego imagina esa tela en un guerrero y en un futbolista. Pronto decide ponérselo y salir con él, con lo que se da cuenta de que provoca rechazo. Para colmo cuando vuelven, sus padres ponen el grito en el cielo, y entonces todo se complica. Es una fábula de final abierto, con el protagonista que no acaba de entender, pero tiene el vestido puesto y una sonrisa dibujada en el rostro.
El porqué de cada cosa es una suerte de poema en prosa para niños, una mitología creada para el asombro de un nieto, con dibujos que acompañan esa alegría del cosmos que refleja el texto. Es un libro muy agradable de ver y tocar, más allá de la astronomía fantástica que postula.
La luz y la sombra
No huiré de mi vida desnuda sus intenciones desde el título. Pronto se entiende que la protagonista tiene una situación familiar muy escabrosa y deberá hacer gala de toda su fortaleza para enfrentarla.
Injuria, en cambio, postula a un personaje que se mira en el espejo y no le gusta lo que ve. Se siente avejentado para sus 35 años de edad, pero le preocupan más otras cosas, más oscuras, que el espejo no puede mostrar.
“Debo volver a la redacción y acomodar la cara, seguir redactando noticias que le importan al mundo. Miro alrededor y estoy rodeado”, dice el protagonista de esta ópera prima de Álvaro Pérez García.
Lo obsceno
Gabriel Calderón conoce la técnica. Mi pequeño mundo porno es una obra escrita para ser representada pero se deja leer con fluidez.
Durante 77 escenas, que al principio forman historias paralelas y luego se funden, el autor va acorralando al lector hasta que ya no hay salida.
Los diálogos –y las situaciones que esos diálogos postulan– son muy crudos, y las ilustraciones de Sebastián Santana, en fucsia, blanco y negro, acentúan esa ferocidad; van un paso más allá.
En la obra, Calderón mantiene el control de ese “sistema caótico”, que él ha definido como la vida. Le da un sentido, sin disimular su obscenidad esencial.
Un libro objeto de 450 copias
Grántico Pálmani Zum es un libro gráfico que empieza bien: la calidad del papel está a la altura de las ambiciones de Levedad (Rodrigo Camy Betarte), un ilustrador con una estética indie que maneja muy bien distintas técnicas, como el dibujo a lápiz, a crayola, a tinta y digital, blanco y negro, color, collages y fotos intervenidas.
El libro tiene dibujos ya publicados y otros inéditos, y se maneja entre el humor, lo experimental, lo poético y el homenaje a músicos tan disímiles como The Beatles, Jorge Drexler y Travis.
Cada uno de los 450 ejemplares viene con un marcador, un pegotín cuádruple y un lagarto volador para recortar y armar.
El resultado de tantas ambiciones es un libro muy bien logrado y sobrio: un objeto de arte y a la vez un juego.