16 de octubre 2021 - 5:03hs

La mala suerte no es verdad (…) prefiero el salto que esperar a decidirme”, canta La Trampa en Caída libre. Mucho antes, Nicolás Maquiavelo había reflexionado también sobre el vínculo entre azar y decisión. En El príncipe, escribió que la “fortuna” gobierna la mitad de nuestras acciones, pero que depende de nuestra perspicacia y audacia, en sus términos, de nuestra virtú, gobernar la otra mitad en función de nuestros objetivos. El tema de fondo es muy importante para la vida personal. Pero lo es también para el destino nacional. La mala suerte no es verdad: tener o no tener dictaduras no es un problema de suerte; tener o no tener buenas democracias no depende de la fortuna. Depende de nuestras decisiones como comunidad de práctica democrática y de nuestra capacidad de aprender de aciertos y errores colectivos (los que tienen la paciencia de leerme ya lo saben: estoy citando otra vez la teoría de evolución cognitiva de los órdenes sociales de Emanuel Adler).

Quiero ilustrar este argumento poniendo como ejemplo el vínculo entre el desarrollo de la profesión económica en Uruguay, la construcción de instituciones especializadas en el gobierno de la economía, la profesionalización de la política económica y el desempeño económico uruguayo entre 1970 y 2020. Se dirá que medio siglo es mucho tiempo. Pero puede ser tiempo perdido o tiempo ganado. Puede ser medio siglo de retroceso o de avance. En este caso fue, como tendencia, medio siglo de avance. A fines de la década de 1960 la economía uruguaya tenía todo tipo de problemas. Para usar la expresión de Gabriel Oddone, estábamos en pleno “declive”. Pese a algunos experimentos audaces como la congelación de precios y salarios de 1968, no éramos capaces de controlar la inflación. Pese a que ya estaba muy claro que “país pequeño debe ser país abierto”, tampoco lográbamos el camino del crecimiento económico sostenido.

El motor de la economía quemaba aceite. En las calles, al mismo tiempo, se quemaban neumáticos para hacer barricadas. El humo y el ruido no permitían ver algo que, con la distancia de tantos años, terminó siendo más notorio. Durante la década de 1960, en el contexto de la crisis y gracias al estímulo generado por el esfuerzo de planificación realizado en el marco de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), la profesión de economista había empezado a despegar. El Diagnóstico de la CIDE, publicado en 1963, y el Proceso Económico, elaborado poco después en el Instituto de Economía, ofrecieron las primeras explicaciones de la crisis económica. Al mismo tiempo, en plena “agonía de la democracia” (Julio María Sanguinetti dixit), se sentaron las bases institucionales para un manejo más profesional de la política económica. La reforma constitucional de 1967 creó el Banco Central del Uruguay (cortando un gajo del BROU) y dio rango constitucional, con el nombre de Oficina de Planeamiento y Presupuesto, a la CIDE. Poco después, en 1970, anunciando tiempos nuevos, el viejo Ministerio de Hacienda pasó a llamarse Ministerio de Economía y Finanzas.

El desastre de los sesenta tuvo su epílogo en la dictadura. Pero, al mismo tiempo, en plena crisis, tomando nota de ella y buscando aprender de los errores y generar soluciones, se habían puesto las bases cognitivas e institucionales para lo que vendría, poco a poco, con aciertos y errores, durante el siguiente medio siglo: un manejo más profesional de la política económica y, como corolario de esto, la modernización y dinamización de la economía uruguaya. La “fortuna” siguió haciendo de las suyas (shock del petróleo, aumento de las tasas de interés en los ochenta, devaluación de Brasil, derrumbe económico y financiero de Argentina…). En otros momentos, por ejemplo, entre 2003 y 2008, la “fortuna” jugó claramente a favor. Pero más allá de los shocks externos (negativos o positivos), durante el último medio siglo logramos convertir nuestra economía en una de las más prósperas de América Latina (medido por el PIB per cápita).

Ni la mala suerte ni la buena suerte son verdad. Lo que hemos vivido en medio siglo es un proceso de evolución cognitiva que dio frutos. La profesión económica se desarrolló mucho. Los economistas mejoraron notablemente sus estándares de formación (incluyendo estudios de posgrado en el exterior) e incrementaron su participación en el debate público. Al mismo tiempo, y en parte gracias a esto, tanto las élites como la ciudadanía mejoraron su conocimiento sobre la dinámica económica y sus secretos. Algunos líderes políticos –pienso, por ejemplo, en Jorge Batlle–, dedicaron mucho tiempo, talento y energía a esclarecer ante el público temas económicos complejos. Publicaciones como Búsqueda o El Observador, en ese sentido, también jugaron un papel clave en esta labor pedagógica. En otros términos. Las instituciones especializadas en el gobierno de la economía, es decir, MEF, BCU y OPP, se volvieron mucho más potentes técnicamente.

En suma: gobernamos mejor nuestra economía que hace medio siglo porque nos tomamos el trabajo de estudiar y de aprender de nuestros propios errores. Así, logramos revisar nuestras prácticas y mejorar nuestras instituciones. El conocimiento especializado se volvió más sofisticado e informó decisiones empresariales y políticas públicas. Que no se entienda esta página como un llamado al conformismo. Es todo lo contrario. Es una invitación a revivir el espíritu de la vieja “conciencia crítica”, a mantener encendida todo el tiempo la máquina de aprender. 

*Doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR
[email protected] 

 

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