En días recientes, tres filmaciones han permitido ver la muerte en plena actividad. En la primera se ven los últimos segundos de vida de cinco personas que se elevaban por los aires en un helicóptero de propiedad privada, para venirse enseguida abajo sin darle tiempo al piloto de intentar salvar la nave. Ocurrió en un famoso estadio de fútbol de Inglaterra el 27 de octubre, y la imagen dio la vuelta al mundo, no solo por tener a la muerte como protagonista nítida, sino porque una de las víctimas era el presidente del club Leicester, uno de los hombres más ricos de Asia. Ni siquiera en esos casos, en que la tecnología de última generación está directamente involucrada, la muerte hace distinciones entre ricos y pobres. La caída es visualmente impresionante, pues el monohélice comenzó a dar vueltas en el aire, como si de pronto el objeto volador ocupado hubiera tenido un ataque de locura suicida que lo impulsó a estrellarse contra el piso en violenta imitación de Ícaro. El descenso a toda prisa y en descontrol es horrendo por donde se lo mire.
En China, el 28 de octubre, un ómnibus del transporte público de Chongqing, que con 30 millones de habitantes es la ciudad más poblada de ese país, cayó de un puente alto hacia las aguas del río Yangtsé, luego de que el chofer perdiera el control del vehículo. El hombre al volante entró en discusión con una pasajera, la cual le increpó el haberse pasado una parada. Murieron los 15 ocupantes. Las cámaras dentro del ómnibus registraron los últimos segundos de vida de los pasajeros antes de caer a las profundidades fluviales y torrentosas.
En las primeras horas del domingo 4 de noviembre, cerca de la ciudad de San Antonio, en Texas, otro helicóptero se estrelló contra el piso a poco de despegar. Aún no se sabe si las causas del accidente fueron mecánicas o hubo error del piloto, septuagenario en edad. Los tres ocupantes murieron. La nave transportaba a una pareja de recién casados que iba rumbo a su luna de miel, minutos después de que terminara la fiesta de bodas. Familiares y amigos que los despedían vieron una escena emocionalmente incontenible. Fue como el comienzo de una película de terror que duró no más de cinco minutos y careció de final visible, ya que la familia prohibió la exhibición del desenlace del accidente. Por consiguiente, los noticieros, a diferencia de los otros dos ejemplos, no pudieron mostrar el instante del impacto.
El morbo humano nunca ha pasado de moda, pero ahora puede ser alimentado con mayor facilidad y frecuencia. Por una cuestión de buenos modales con la ética, hasta hace muy poco los programas de televisión en los cuales se muestran grabaciones caseras de video o de teléfono celular tenían prohibido, por decisión de los propios canales, mostrar imágenes donde había victimas mortales. Esa política editorial ha desaparecido. Ahora el espacio televisivo, para poder competir con el cibernético, es uno donde todo vale. Los ratings mandan y la audiencia quiere estar ahí, sintiendo lo más cerca posible la muerte del otro, aunque sabiendo que sigue de este lado, viva, y si se cansa de tanta muerte real, puede cambiar de canal. El control de la realidad, al menos en ese momento, no es tan remoto. Avisos que indican al comienzo del video: “Warning: graphic content”, “Viewers may find the following images disturbing” o “Please, be advised that there is going to be no survivors at this time” (“Advertencia: contenido gráfico”; “Los espectadores pueden encontrar perturbadoras las siguientes imágenes”, o “Por favor, tenga en cuenta que no habrá sobrevivientes en esta ocasión”), de nada sirven para ahuyentar a los indiscretos fisgones de lo horrendo. Por el contrario, atrae a un mayor número de ellos.
Ya casi nadie ve con desagrado ser vigilado por televisión cerrada mientras trabaja, camina por la calle o sube a un avión. La intimidad perdió la batalla
Lo que antes era tendencia se convirtió en realidad sin fecha de caducidad a la vista. Cuanto más violento y mortal sea el accidente, mejor resulta para la curiosidad extrema. La vida, con sus vulnerabilidades y permanentes auspicios de lo trágico y escabroso, se transformó en poderoso imán de entretenimiento. El uso excesivo de la tecnología, invadiendo espacios que antes eran coto privado del individuo, nos ha hecho creer –porque de esa manera es trasmitido–que todo puede ser visto y accedido. Ya no es solo el hoy obsoleto “sonría que lo estamos filmando”. En comercios se observa por circuito cerrado a la gente comprando. El ojo entra en otro tipo de dominio, pues el circuito está abierto. Pasa lo mismo con el televisor. Un clic en el control remoto permite abolir la privacidad. Asuntos domésticamente privados quedan reducidos a tema colectivo, a la expansión residual de la temporalidad. Vaya ironía: el aburrimiento colectivo confía en el poder narcotizante de la tecnología. El público está obsesionado con lo banal, y la reality TV y los videos caseros sin censura, cuyo contenido puede incluir de todo, representan la última recompensa a los afanes de omnipresente superficialidad que caracteriza a la vida actual. De Gran Hermano al hermano desconocido muerto en un ‘terrible’ accidente, miles de kilómetros más allá, cuanto más lejos mejor. El asunto, mejor dicho, el secreto de su éxito, es mostrar todo sin edición ni control editorial: se trata de presentar a la muerte por sí misma, en el instante mismo de su actuación. Después de todo, la importancia de la vida hoy es dudosa. Estamos en la era de lo explícito sin restricciones de horario ni de edad.
Años antes, en el apogeo de la época moderna, la invisibilidad de la ilusión era el signo victorioso de una libertad contra toda sospecha. Ser invisible significaba eludir la vigilancia. Ya no. Gobierna una exhaustiva visibilidad, cómplice con la manera obsesiva de sentirse superior en el acto de exposición pública, de ahí el poderío que alcanzaron las redes sociales, las cuales permiten al más idiota de los seres convertirse en el más popular de todos. Salimos de casa cada día sabiendo que en alguna parte nos están viendo. Pasamos como sonámbulos frente a cámaras, y nuestra imagen queda registrada. En esa observación asimétrica, pero autorizada, hay quienes se sienten más vivos por sentirse observados, exultantemente vivos. La observación constante y sin corregir los sitúa ante ese prójimo anónimo y colectivo, que los acepta con tanta facilidad como luego los olvida. Es como si el ego se sintiera acompañado, menos solo en un mundo donde nada dura, ni siquiera la muerte vista en vivo y en directo.
Así pues, diariamente pasamos frente a obsesivas cámaras de televisión; en el trabajo, en el supermercado, en la biblioteca, en el lavadero, en el restaurante, en la carretera: en donde el cuerpo se encuentre. Pero es como si no existieran. Les prestamos la misma atención que a una silla o que a un cenicero de los que hay en el living de la casa. Lo mismo que los objetos en su quieto itinerario, las cámaras se hicieron parte de la rutina. Ya casi nadie ve con desagrado ser vigilado por televisión cerrada mientras trabaja, camina por la calle o sube a un avión. La intimidad perdió la batalla. También la guerra. En un pasado de no hace mucho, los fisgones y husmeadores eran señalados con un dedo para mostrar su irrespetuosidad. Hoy el pulgar aprieta solícito un botón para iniciar el espionaje, incluso de los últimos instantes de la vida de alguien. Los espías somos todos y hay quienes sienten orgullo de serlo. En el notable filme La noche es mi enemiga, de Patrice Leconte (con quien conversé por largo rato sobre este tema), el voyerismo es considerado una enfermedad. Ya no. En el impúdico peep show universal del cual somos testigos y a su vez parte activa del elenco, todo vale. Incluso ver al otro despedirse del mundo de las imágenes, en el momento cuando justo deja de ser una.