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La música imperialista

Puede considerarse un fenómeno lo ocurrido en Durazno días atrás

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03 de noviembre de 2017 a las 04:55

En tiempos posteriores a la muerte del general Oscar Gestido (1901-1967), y con la llegada de Jorge Pacheco Areco a la presidencia del Uruguay, se radicalizó la visión súmmum del maniqueísmo y del guevarismo, la cual distorsionaba la complejidad de la realidad al ver al mundo en blanco y negro, y creer que había dos fuerzas únicas en pugna.

Los buenos eran los simpatizantes del régimen comunista de Cuba; los malos, los imperialistas estadounidenses, la gran lacra universal. Recuerdo haber visto por aquella época en una pared montevideana una pintada –no era un grafiti, porque esta amplificaba una imbecilidad de moda por entonces- que decía: "el rock es imperialismo".

Al verla, me vinieron ganas de irme a donde estuviera el "imperialismo", pues, supuse, ahí podría comprar todos los discos de los Who, de Deep Purple, y de Led Zeppelin a precios más módicos de los que pagaba en la disquería ubicada en una galería montevideana céntrica, en donde cada tanto me dejaba asaltar con gusto.

Por entonces, si bien había grupos de rock uruguayos (y más de uno bueno y con muchos seguidores), las canciones populares de la época invitaban a mirarse el ombligo y a reafirmar valores telúricos asociados con una identidad nacional y "latinoamericana", tan vaga como artificial y superflua.

El rock no solo representaba al capitalismo y al imperialismo unidos (y no vencidos), sino que también era epitome del tan condenable gusto burgués prevaleciente en zonas de la capital como Pocitos y Carrasco, donde la juventud escuchaba radio Independencia, en la cual ¡oh horror! solo pasaban canciones en inglés y nunca nadie hablaba de política, porque en la vida hay cosas más importantes que esta.

El tiempo pasó, también la dictadura, y con el regreso de la democracia y el surgimiento de una radio pionera en más una aspecto, como lo fue la histórica y tan extrañada Eldorado FM 100.3, el rock cobró una fuerza inusitada para este país de murga y folclore. Las 50 mil personas que asistieron al festival de Durazno días atrás, ejemplifican la vigencia de la música emblema de la era moderna, para la cual lo importante no es ponerse a desalambrar, sino algo mucho más revolucionario, como es abrir puertas en la imaginación.
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