En la democracia no hay empate, y siempre gana uno; por muchos o por pocos votos. Incluso puede ser por un voto. Aunque es raro eso. Cada tanto pasa algo tan raro, como el histórico empate que se dio en 1946 en las elecciones departamentales de Durazno. Tuvieron que votar de nuevo aquella vez, aceptar una fórmula de repetir el sufragio en algunos circuitos, para llegar a un resultado que pusiera punto final al caso.
Pero las elecciones tienen una lógica, la que emerge de la voluntad popular y establece un resultado aun cuando la diferencia no sea sustancial.
Y eso se respeta, porque la democracia es con equilibrio de poderes, y también con una combinación de fuerzas.
El resultado de este domingo estuvo fuera de lo esperado, y hasta de lo lógico, porque la propia dirigencia del Frente Amplio llegó a esta instancia con una sensación amarga, del que asume que ha sido derrotado, antes incluso de que vea el contenido de las urnas.
A las ocho y media de la noche, cuando todos esperaban algo obvio, para desatar el festejo por un lado y para cerrar una puerta y abrir otra, por otro lado, las sensaciones cambiaron
Lo obvio mutaba a posible, y todas las acciones previstas se frenaban.
Los porcentajes que surgían de las proyecciones de escrutinio mostraban que Lacalle Pou confirmaba supremacía sobre Martínez, pero con una diferencia chica, dentro del margen de error de un trabajo de esa naturaleza, y nada que ver con lo visto antes, tanto en las mediciones de opinión pública de todas las consultoras como en el olfato de los políticos de uno y otro bando.
La apertura de todos los sobres exhibió esa diferencia chica de unos 30 mil votos apenas del ganador sobre su adversario, cuando además los que están sin abrir por ser de categoría “observados”, superan esa diferencia.
¿Qué pasó en noviembre para que unos 150 mil uruguayos que el 27 de octubre votaron por un cambio y eligieron a uno de los partidos coaligados, ahora dieran su sufragio al candidato de la continuidad, al adversarios?
No hay una explicación única y clara que muestre cómo todas las listas del Frente Amplio con vasto abanico de opciones ideológicas, sumaron 39% y ahora una hoja en blanco con el mismo candidato presidencial y una compañera de fórmula poco conocida, haya aumentado la adhesión hasta el 47,5%.
Al Frente Amplio, el resultado le da impulso para superar una elección que venía muy amarga, y que le implica perder el control del Parlamento y salir del gobierno. Le muestra que tiene más fuerza de la que pensaba, y que logra una plataforma potente para las departamentales del 2020, para su accionar del quinquenio desde la oposición, y para la revancha del 2024.
El resultado deja lecciones para todos. También para el que respiró aliviado y festejó aunque saliera segundo, porque muestra que nadie tiene los votos asegurados, como si fuera una mochila que lleva en su cuerpo, para el lugar que quiera ir.
Los votos hay que conquistarlos en cada caso. No están atados.
La Corte Electoral abrirá todos los sobres, completará el escrutinio definitivo, y como para el balotaje no hay más requisito que tener más votos que el otro, proclamará a Lacalla Pou como el presidente que sucederá a Tabaré Vázquez.
Por eso, el resultado que más importaba era el del 27 de octubre porque ahí se definía el Parlamento y eso es la base de un gobierno para aprobar reformas y presupuesto.
Y ahí Lacalle Pou construyó una mayoría amplia en ambas cámaras, y luego lo tradujo a un acuerdo programático, y al compromiso político de votar una ley de reformas, con trámite urgente.
La votación de ayer parecía un trámite, porque el líder de esa coalición multicolor y de amplio espectro ideológico, hizo casi todo bien en la campaña del tramo final hacia el balotaje. Todo eso, con alegría y una campaña publicitaria potente, mientras del otro lado había falta de unidad política, idas y vueltas en los mensajes, fotos de caras largas o bostezos en una conferencia de prensa colectiva o en un acto.
El resultado no es fácil de entender, si se mira la secuencia del 27 de octubre y la campaña de noviembre, pero ahora es un dato. No altera la relación de bancas pero es una expresión popular que debe ser escuchada.
Lacalle Pou hizo referencia a eso en su discurso de anoche, que no le fue sencillo porque iba preparado para otro festejo y otro mensaje. Pero mantuvo la esencia del compromiso asumido como gobierno de unidad de varios lemas, en los que ni él, ni los blancos, podrán aplicar sus políticas puras.
El desafío estará en hacer lo que el país precisa para recuperar inversión, crecimiento económico y nivel de empleo, para mejorar el clima de negocios para los emprendedores, reforzar el combate al delito, solucionar los desequilibrios del fisco, reformar la educación y atender las desigualdades sociales.
Con la mitad de apoyo directo al presidente, con una bancada mayoritaria en el Parlamento pero de varios lemas que no piensan todo igual, el nuevo presidente deberá respetar la voluntad popular, y hacer las reformas necesarias para que el Uruguay todo, no solo quienes lo votaron, sientan que valió la pena el depósito de confianza.