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La otra cara de las migraciones

En varios países europeos, incluso en las empresas del presidente estadounidense Donald Trump, se reclutan trabajadores extranjeros

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01 de diciembre de 2018 a las 05:01

Por Luis Luque

Los países desarrollados quieren inmigrantes ricos. Y también pobres. ¿Qué clase de ricos? Pues en algunos casos casi cualquiera, sin demasiados filtros. ¿Y cualquier pobre? No, solo unos tipos específicos: preferiblemente aquel que llegue, salude, trabaje y se marche por donde vino, o el que venga a quedarse para asumir tareas que no gustan a los nacionales.

Lo que se conoce menos es que el presidente estadounidense, hombre de negocios como es, también necesita mano de obra en sus dominios particulares, y no se pone escrupuloso para contratar inmigrantes. Según un reporte de BuzzFeed, el club privado de Trump en la Florida, Mar-a-Lago pidió permiso al gobierno federal para emplear a unos 40 trabajadores temporales extranjeros, que cubrirían los puestos de cocineros y camareros.

Durante la campaña electoral de 2016, el entonces candidato había asegurado a una periodista de que era “muy, muy difícil” contratar a gente del lugar durante la temporada vacacional, porque la demanda era muy alta, de modo que desde 2008 el club venía solicitando entre 70 y 90 visados H-2b para estos trabajadores foráneos. De este modo, solo entre 2015 y 2018, los negocios del presidente han contado con el auxilio de 480 guest workers (trabajadores que llegan por un tiempo limitado), incluidos más de 240 en el mencionado club de Palm Beach.

El caso de Europa del Este

Si el tema en el viejo continente es la cerrazón a la inmigración pobre, la mirada se dirige al este de Europa. Pero la realidad es que a Hungría, a Polonia, a la República Checa, entre otros, sí que llegan extranjeros. Y cada vez en mayor número.

La diferencia quizás radica en que, mientras el oeste lidia con flujos de entrada que no ha pedido, los de Europa central y oriental son selectivos al “salir de compras” al “mercado” de la inmigración. El primer ministro polaco, por ejemplo, ha dicho que no autorizará a inmigrantes de Oriente Medio ni del norte de África a que ingresen en Polonia. ¿Racismo entonces?

En realidad, un repaso a las estadísticas migratorias polacas revela que hubo un leve aumento del número de inmigrantes en 2016: ese año llegaron más de 29 mil para engrosar una población de casi 641 mil extranjeros de los que la mayor parte son blancos, a saber, ucranianos (209 mil), alemanes (80 mil), bielorrusos (79.500), lituanos (52.800), etc.

Sin embargo, en los hechos, el gobierno polaco parece interesado, más que en garantizar solo una inmigración blanca, en contratar trabajadores –el desempleo está en mínimos y la economía va a toda máquina, pero en peligro de ralentizarse si no encuentra mano de obra–. Y los busca en lugares tan lejanos y racialmente diferentes como… Filipinas.

Según el portal japonés Nikkei, Varsovia está reclutando filipinos para trabajar en el sector de la informática, la construcción y la medicina, incluido el cuidado a los mayores. La embajadora filipina Patricia Páez informó meses atrás de que las partes estaban trabajando en un acuerdo.

Vietnamitas y mongoles 

Además de los polacos, también los checos ponen una pica en Manila, y fraguan arreglos para atraer a los de allá. Praga ha suavizado las reglas migratorias para facilitar que trabajadores del archipiélago, y también de Mongolia, preparen su equipaje y aterricen en la capital checa en solo tres meses desde que se inicia el proceso.

De cada país llegarán inicialmente 1.000 trabajadores. En el caso filipino, tienen la oferta de emplearse en diversos puestos logísticos en la plataforma de comercio electrónico Alza, así como también en la empresa reparadora de aeronaves Czech Airlines Technics. Los mongoles, por su parte, irían al sector ganadero y lechero, para lo que está concebido que pasen una etapa de formación previa.

Polacos y checos no son, por cierto, los únicos que buscan personal en Asia. También Alemania ha implementado un programa, el Triple Win Pflegekräfte (Enfermeros Triplemente Ganadores), que, además de profesionales del archipiélago filipino, persigue atraer a otros de Bosnia y Croacia, donde habría –dice– un excedente de estos trabajadores (antes de marchar a su nuevo destino pasan dos años de aprendizaje de la lengua, así como de materias de la especialidad). Incluso Rumania ha multiplicado el número de permisos de trabajo para foráneos, con especial interés en los vietnamitas. En 2017 las autoridades expidieron 1.400 nuevos permisos, seis veces más que en el año precedente.

Recolectores de frutillas

Los trabajadores de países menos desarrollados que llegan para quedarse, así como los que tras un tiempo se vuelven, pueden dejar una impronta positiva. Lo ilustra The Economist: si cuando Polonia entró en la UE, en 2004, un gran número de temporeros polacos no se hubieran marchado al Reino Unido, los británicos hoy consumirían menos hortalizas y frutas, pues los agricultores locales no tenían personal suficiente para cosechar aquellas que deben recogerse de forma manual. Los datos muestran que la superficie cultivada de frutillas, cerezas y, sobre todo, espárragos, se expandió notablemente allí entre 2005 y 2016.

Estos temporeros en particular, los que se dedican a las tareas agrícolas, parecen estar bien valorados por las autoridades de países tradicionalmente reticentes a la migración desde el sur. La publicación británica aventura algunas razones para esta mayor tolerancia, como que los empresarios del campo son “muy buenos” haciendo lobby con los políticos, o que estos trabajadores se quedan en barracas cercanas a sus sitios de labor, lejos de los núcleos poblacionales, o que en cuanto llega el invierno lían los bártulos y regresan a casa.

“Cualquiera que sea la razón, el trabajo agrícola se ha vuelto la gran excepción a la regla de cerrar más y más las fronteras, y al cada vez más duro discurso antiinmigración presente en los países ricos”, dice la publicación británica, y añade la paradoja de que el gobierno conservador anunció en setiembre la creación de un programa especial para llevar a los campos ingleses y escoceses a trabajadores de fuera del espacio europeo.

Así, mientras en Londres quieran coronar el pastel con una cereza; en Praga, comer una cuña de queso, y en Varsovia hacer una tarta de manzana, muchos seguirán viendo en la frontera un cartel de “Bienvenidos”. (Aceprensa)

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