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La peculiar responsabilidad de ser los primeros multimillonarios tecnológicos en un continente

Hasta hace muy poco, procuraban no aparecer en público, a pesar del crecimiento de Atlassian, cuyo valor ha ascendido a US$ 20.000 millones

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18 de febrero de 2019 a las 08:00

Por Nellie Bowles, New York Times News Service

Atlassian es una empresa de software muy aburrida. Desarrolla productos para ingenieros de software y gerentes de proyectos. Entre sus productos más exitosos se encuentran Jira (para la gestión de proyectos de software y la detección de errores) y Fisheye (un navegador con control de cambios al código), y tampoco hay que olvidar mencionar a Confluence (un sistema de administración de proyectos para empresas).

Pero si son aburridos, ¿por qué sus dos fundadores son tan conocidos en Australia?

Porque Scott Farquhar y Mike Cannon-Brookes, ambos de 39 años, son los primeros multimillonarios del país al frente de una empresa tecnológica emergente que dio el salto para cotizar en bolsa. También porque desde hace un año han alzado la voz.

Hasta hace muy poco, procuraban no aparecer en público, a pesar del crecimiento de Atlassian, cuyo valor ha ascendido a US$ 20.000 millones. En vista de que la política australiana ha dado un giro hacia la derecha en temas globales como la inmigración, la ciberseguridad y el cambio climático, han surgido como voces políticas nuevas en discusiones en Twitter y actividades de cabildeo para influir en el Parlamento.

Existe otra razón por la que son muy conocidos ahora: en 2017, Farquhar compró la casa más cara de Australia, una hacienda histórica de Sídney que se vendió por 73 millones de dólares australianos, equivalentes a US$ 52 millones. 

 

En diciembre, Cannon-Brookes rompió ese récord cuando acordó la compra de la casa contigua.

Dinero y responsabilidad 

Pasé algunos días con los fundadores de Atlassian en Sídney. Durante nuestros almuerzos, un traslado en transbordador y una fiesta de cumpleaños, me hablaron acerca de su nuevo papel en la vida pública y qué se siente ser los primeros multimillonarios del sector tecnológico en un país cuya riqueza por lo regular se ha generado en los sectores de la minería o la banca.

“Ahora, a la gente le interesa escucharnos”, comentó Cannon-Brookes. “Tenemos una voz. Tenemos un sentido de responsabilidad”.

Se conocieron cuando estudiaban en la Universidad de Nueva Gales del Sur, donde ambos participaron en un programa de becas comerciales financiado por empresas australianas. Después de graduarse, una de esas empresas trató de convencerlos de que se integraran a su plantilla, pero los dos amigos prefirieron fundar Atlassian, lo que sorprendió a sus profesores y amigos.

Era 2002. Constituir una empresa emergente no era lo habitual.

Los productos que crearon eran baratos y fáciles de usar. Comenzaron a vender por recomendaciones directas (la empresa tiene pocos representantes de ventas). Silicon Valley, por su parte, no les prestó mucha atención. En cierta ocasión, su amigo Didier Elzinga, fundador de Culture Amp, asistió a una cena en Palo Alto, California, para inversionistas interesados en empresas en primeras fases, donde uno de los asistentes le preguntó qué tenía de interesante Atlassian.

“Le respondí: ‘Pues bien, menciona alguna empresa de Silicon Valley que cotice en bolsa con una capitalización de mercado de US$ 5.000 millones y cuyos dos fundadores sean titulares del 75% de las acciones’”, relató Elzinga. “No necesitaron a Silicon Valley”.

Primero causaron confusión en Silicon Valley. Después, lo hicieron en Australia.

“En Australia, las empresas tecnológicas ortodoxas se mantienen al margen de la política”, explicó Alan Jones, fundador de M8 Ventures, empresa australiana de inversión en primeras fases. “Pero ahora aparecieron ellos”.

El enfoque que han adoptado en la política es una extensión del que aplican para operar su negocio y en su relación como vecinos: confían en sus diferencias.

El padre de Cannon-Brookes fue director ejecutivo de Citigroup Australia. El hijo luce una cabellera larga, por lo regular cubierta con una gorra estilo camionero, y barba desaliñada; también utiliza palabras altisonantes con desenfado.

Farquhar proviene más bien de la clase trabajadora: su padre trabajó en una estación de servicio y su madre en McDonald’s. Es más callado y lleva su cabello castaño rubio corto.

Hace poco, estaba molesto porque no logró terminar un maratón en menos de cuatro horas (lo hizo en cuatro horas y dos minutos). Cuando su batido verde casi se derramó del vaso (aunque no lo hizo), Farquhar de inmediato pensó en lentes: “¡Menisco positiva!”, exclamó.

En su activismo político, Cannon-Brookes con frecuencia es el rostro público, quien publica en Twitter y habla con los medios, mientras que Farquhar se concentra en Canberra, la capital, donde esta semana causó gran alboroto cuando habló en contra de una nueva ley que puede obligar a las empresas tecnológicas a construir herramientas que ayuden a las autoridades a evadir la encriptación de sus productos.

“Algunas veces intentamos entrar por la puerta del frente; en otros casos, tenemos que hacer estallar la puerta lateral”, comentó Cannon-Brookes en relación con sus actividades políticas.

Cabildeo por el cambio

Ambos comenzaron a interesarse más en la política australiana después de que algunas políticas públicas mostraron un giro brusco hacia una postura de miras muy estrechas; la coalición gobernante decidió suspender sus acciones para combatir el cambio climático y exacerbar el temor hacia la inmigración.

Tales decisiones representaron un problema para una empresa que necesita contratar a ingenieros talentosos, quienes en muchos casos son extranjeros. Por lo tanto, la meta básica de los fundadores en un principio era lograr que Australia no le pusiera trabas a la tecnología y que sus políticos conocieran más el sector.

Para empezar, organizaron una clase de codificación para algunos funcionarios seleccionados y promovieron la inclusión de la ingeniería en más planes de estudios.

“Fue como organizar la peor boda del mundo”, dijo Cannon-Brookes.

De cualquier forma, gracias a esos esfuerzos se ganaron cierto respeto. “Hacen algunas cosas tremendamente creativas”, opinó Julie Bishop, segunda al mando del Partido Liberal entre 2007 y 2018. “Mike y Scott desempeñan un papel muy influyente”.

Australia acaba de remplazar a Suiza como primer lugar en la lista de países más ricos del mundo según el patrimonio medio por hogar, y Cannon-Brookes cree que su dependencia del patrimonio mineral ha retrasado la decisión de establecer como prioridades del país la inversión en tecnología y el cambio económico a largo plazo.

A Cannon-Brookes le apasiona en especial el tema del cambio climático y se ha convertido en un severo crítico de la decisión del primer ministro Scott Morrison de dar marcha atrás a las ambiciones de Australia en materia de energía renovable.

“Me hizo enfurecer y me inspiró”, le dijo al primer ministro en Twitter, y añadió un improperio para efectos de énfasis.

Farquhar tiende a ocuparse de temas relacionados con el éxito de Atlassian: ciberseguridad (afirma que la nueva ley sobre encriptación le ha costado clientes a la empresa) e inmigración (sostiene que el gobierno afecta las contrataciones y la innovación por su meta de recortar el número de inmigrantes que ingresan a Australia).

No se sabe a ciencia cierta si podrá ejercer alguna influencia en la ley de encriptación; esta semana se estudiarán en el Parlamento algunas posibles enmiendas, pero no se esperan cambios.

Sin embargo, en el tema de la inmigración los fundadores de Atlassian sí han marcado una diferencia significativa. Después de que el programa de Australia para trabajadores calificados eliminó varios puestos del sector tecnológico (incluidos desarrolladores web) de las categorías aprobadas para visas, Farquhar y Cannon-Brookes realizaron actividades de cabildeo en el Parlamento para cambiar el curso y sumar oportunidades de contratación internacional.

Vecinos que necesitan del mundo exterior

Durante un trayecto en transbordador al trabajo, Farquhar señaló las casas de los dos fundadores, unas fincas enormes rodeadas de vegetación en la ladera de Sídney. Antes de que compraran los inmuebles, había planes para demoler las casas y desarrollar el terreno.

Cannon-Brookes y su familia se mudaron hace unas semanas. Ambos padres decidieron hacer un hueco en la cerca para que sus hijos puedan jugar juntos. Un día a la semana, ambos recogen juntos a los niños de la escuela y toman el transbordador hacia su casa.

“La mayoría de las mansiones de los vecinos son propiedad de multimillonarios extranjeros o de australianos provenientes de familias de tradición y mucho dinero producido por la extracción de minerales o durante la fiebre del oro”, aseveró el inversionista Jones. “Ya pasaron cien años desde que la mayoría de las familias de la bahía de Sídney ganaron ese dinero”.

Independientemente del dinero, operar una empresa tecnológica creciente en Australia es un reto, según los fundadores. Es difícil contratar empleados. Dos terceras partes de los empleados de Atlassian se encuentran en San Francisco.

Los fundadores han formado un grupo de amigos con los dueños de las grandes empresas tecnológicas establecidas fuera de Silicon Valley, como Daniel Ek, el sueco director ejecutivo de Spotify, y Ryan Smith de Qualtrics, con oficinas en Utah.

“Tenemos los mismos problemas”, dijo Cannon-Brookes.

Así que cada dos años los fundadores de Atlassian han organizado un retiro privado al que invitan a las empresas australianas emergentes valuadas en más de cien millones de dólares, unas doce en total. Disfrutan caminatas y pescan. También las familias están invitadas. Su intención es fomentar la camaradería y compartir las mejores prácticas.

Es una de las muchas razones por las que ambos afirman que no abandonarían Australia para ir a Silicon Valley.

“Conozco Estados Unidos muy bien y también conozco Australia muy bien”, afirmó Farquhar. “Creo que estamos mejor aquí”.

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