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Harry Potter hace lo que los maestros: mejorar el juego cuando las reglas quedaron cortas

Economía y Empresas > EMILIO OTEIZA

La poción mágica de integrar opuestos

En esta columna Emilio Oteiza explica que para innovar es preciso hacer convivir dos culturas antagonistas: la de las reglas actuales y la de la exploración

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25 de julio de 2021 a las 05:00

Por Emilio Oteiza *
Consultor y docente en Innovación

Harry Potter y sus secuaces respetan las reglas. Aunque a veces no. Pero no siempre los castigan, porque los maestros saben lo que está en juego. Los rivales, literales y rígidos, hierven en frustración frente a la aparente flagrante impunidad.

Harry conoce las reglas y las respeta. Pero cuando contradicen el espíritu del juego, se aparta y hace nuevos caminos, y nuevas reglas. Harry hace lo que debe hacer todo jugador: 1- jugar dentro de las reglas y 2- cuidar el juego, que es un logro de orden superior. Pero además, 3- Harry hace lo que los maestros: mejorar el juego cuando las reglas quedaron cortas.

No, las reglas no están para romperlas.

Innovar, o sea llevar ideas nuevas al mercado, desde una organización, exige un acto Potteresco similar. Es preciso hacer convivir bajo el mismo techo dos culturas antagonistas: la cultura de las reglas actuales y la cultura de la exploración, de lo nuevo.

Las reglas son muy, muy importantes. La organización está haciendo cada vez mejor lo que mejor sabe hacer. Hay procesos y procedimientos, especialización, sistemas de gestión de calidad, análisis de datos, descripciones de cargo, políticas de todo tipo. Todo esto es orden. Todo esto son reglas. Todo esto es muy necesario.

Pero demasiada coraza nos protege en el corto plazo y nos inmoviliza en el largo. El exceso de orden oprime y nos quita flexibilidad, nos hace vulnerables, complacientes y arrogantes. Nos quedamos en nuestra burbuja mirando hacia adentro.

Tiene que haber una fuerza de renovación. Una función que salga del castillo y se aventure, que le quite el tesoro al dragón. Una fuerza exploradora.

El yin y el yang de la innovación.

Este es uno de los desafíos más grandes de innovar en una organización: integrar dos percepciones, formas de ser y conductas muy diferentes.

En el mundo de las reglas, somos expertos. Estamos en la zona de confort. Odiamos la incertidumbre y la extirpamos con cuidado usando planificación y análisis. El fracaso se castiga pues evidencia la incompetencia de quienes no se apegaron al procedimiento. Los que mejor planifican, ejecutan y entregan, son los que ascienden. Ellas y ellos, tienen todas las respuestas.

En el mundo de la exploración, somos aprendices. Estamos expuestos y avanzamos a tientas. Los mapas son incompletos. El fracaso nos pasa a diario, no porque seamos incompetentes sino porque estamos descubriendo. Los que mejor buscan, intentan y aprenden, son los que ascienden. Ellas y ellos, hacen las mejores preguntas.

Para las reglas, trabajamos con colaboradores competentes. Para explorar, nos rodeamos de valientes amigos. Porque el mundo de las reglas es muy disciplinado, y el de la exploración… también.

No me vengas con ideatones.

La innovación tiene prensa de cosa divertida. Bueno, aburrida no es, pero tampoco es tan light. Es importante sonreir oportunamente y sentirse cómodo con tu equipo y tus líderes, porque te estás metiendo en menudo jaleo. Nadie precisa críticos vinagre cuando está intentando cosas nuevas a vista y paciencia de compañeros y jefes.

Fuera del glamour, este es aspecto que tiene un proceso de innovación corporativa real:

Vamos a buscar y entender problemas que valgan la pena de nuestros clientes actuales y futuros (no “a tener ideas disruptivas” o “pensar fuera de la caja” – Dios me libre y me guarde). Desarrollamos soluciones a medida que vamos entendiendo el problema más profundamente. 6 de cada 10 de éstas serán callejones sin salida.

Los problemas y sus soluciones deben testearse. Se diseñan y ejecutan experimentos, con cuidado y arte. Puede ser entrevistar a gente que sabe del tema, hacer un prototipo que funcione parcialmente, una página web de prueba, un boceto de catálogo, etc. Si los resultados son alentadores, hacemos experimentos más ambiciosos. Si no, recalculamos.

Tenemos que saber si la propuesta que estamos ensamblando a) le va a importar a alguien, b) si la solución la vamos a poder entregar a escala, c) si vamos a poder hacer plata con eso, y d) si el negocio va a ser suficientemente protegible o va a volar en el primer ventarrón competitivo. ¡Todo a la vez!

Debemos hacerlo lo más rápido posible, con el menor dinero posible y matando las propuestas malas velozmente antes de que gasten muchos recursos, para que las buenas puedan seguir. Es un proceso extremadamente disciplinado, muy laborioso y cuando termina bien es glorioso.

¿Por qué es tan difícil?

Porque es como la vida misma, mij@. Todo bicho, del cangrejo al humano, vive en una zona de comodidad conocida rodeada de lo desconocido. Si sale demasiado, se muere por osado. Si se queda demasiado, se muere anquilosado. De mediar entre estos dos extremos se trata la vida. Es viejo como el mundo, y el esfuerzo de innovar no es más que otra de sus manifestaciones.

Lo nuevo produce ansiedad. Lo nuevo es por defecto amenazante; puede ser hermoso o no, pero es inescapable. Sólo aprendemos con lo nuevo y así hemos conquistado: un temor a la vez.

Así que para innovar hay que hacer las paces con esta dualidad. En especial los líderes, que tienen que integrar. El orden productivo y el caos prometedor son el yin y el yang: opuestos y complementarios.

Es también la historia de todos los héroes: 1) persona vive en orden, 2) evento lanza persona al caos, 3) persona vive odisea, deviene en héroe y cambia las reglas establecidas, 4) nuevo orden emerge, mejor que el anterior.

Érase una vez un muchacho que vivía debajo de una escalera, pero un día, transportada por una lechuza mágica, llegó una carta…

* * Fundador de Ignite consultoría en innovación y diseño. Dirige el Programa de Innovación en UCU Business School.

 

 

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