12 de agosto de 2011 18:03 hs

La séptima película basada en la novela La Planète des singes de Pierre Boulle acaba de estrenarse en Europa con el aplauso de la crítica y una muy buena recaudación en la taquilla.

La excepcional presentación dirigida por Franklin J. Schaffner en la primera entrega (1968) introdujo la inquietante hipótesis de un mundo sojuzgado por gorilas y chimpancés. En este sentido, el filme sigue superando a los seis posteriores no solo porque es la más ajustada a la obra de Boulle sino también por la soberbia interpretación de Charlton Heston.

Hasta ahora, las causas del declive humano y el desarrollo simiesco, dentro de esta saga, se relacionaban con la guerra nuclear y con la curiosa paradoja planteada en Huida del Planeta de los Simios (1971) a cargo del doctor Otto Hasslein (Eric Braeden). En la versión de Tim Burton (2001), la explicación era tan sucinta, que apenas tenía interés en la trama.

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Por su parte, en El origen del planeta de los simios, la investigación científica acerca de los sistemas neuronales adquiere una densidad suficiente, y sirve como punto de partida verosímil.

En su búsqueda de un remedio contra el Alzheimer, el joven científico Will Rodman (James Franco) inventa un fármaco que revoluciona la inteligencia del mono. A partir de aquí, la historia del chimpancé César (Andy Serkis), dotado de conciencia, va encaminada a que capitanee una rebelión contra el ser humano.

La película usa de forma maravillosa los efectos visuales de Avatar y El Señor de los Anillos, por lo que los movimientos de los simios resultan absolutamente creíbles. En este sentido, resalta notablemente sobre las entregas precedentes. Al mismo tiempo, El origen del planeta de los simios incluye una trama paralela que, develada al final, amenaza el futuro de la especie humana.

Sin embargo, a este largometraje le resta fuerza el abuso de las caracterizaciones maniqueas, así como del sentimentalismo. Además, los guiños a otras películas de la saga se tornan en cómicos e incluso crispantes. Se llega a extremos ridículos con pequeñas referencias a Shakespeare, en especial un recurso de El rey Lear que Kurosawa bordó en su Ran (1985).

El origen del planeta de los simios desborda de tópicos: la compañía farmacéutica como sinónimo de lucro inmoral, las jaulas para animales como símil de la cárcel, el paso por la injusta prisión como etapa de maduración de un líder, etc. Aparte, en esta película, el drama de la relación entre humano y simio queda muy por debajo de lo logrado en Gorilas en la niebla (1988), con Sigourney Weaver, e Instinto (1999), con Anthony Hopkins, ya de por sí discutibles.

Varios lances decisivos del desarrollo narrativo se hacen poco o nada creíbles: el nacimiento de César, que pasa desapercibido en un laboratorio de última tecnología; la mecánica de contagio y expansión de una pandemia; la repentina versatilidad y bipedestación de los simios; las nulas consecuencias judiciales contra Will Rodman a causa de la primera agresión de César, etc. Asimismo, pasan sin comentario alguno las diferencias genéticas entre chimpancé, gorila y orangután, que desbaratarían la eficacia del fármaco de Rodman, a la hora de hacerlos inteligentes.

Con todo, El origen del planeta de los simios contiene algunos esbozos llamativos sobre el origen y la naturaleza del ser humano. Al igual que en La rebelión de los simios (1972), aquí se vincula el despertar del mono con la violencia y la falta de dignidad, como fábula o metáfora del propio hombre. Por eso, y recordando el Génesis y el “non serviam!”, la primera palabra que pronuncia el simio es “no”. A partir de ahí, viene el asesinato, como en el caso de Caín, y una independencia tendente a la destrucción, preñada de conflictos y luchas.

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