Y, como botón de muestra, el Banco Central, siempre con problemas para sostener su nivel de reservas, pudo comprar en una sola jornada la cifra récord de US$ 228 millones, gracias a la liquidación masiva de divisas que están haciendo los productores cerealeros. Los más optimistas del mercado creen que, de sostenerse la situación del mercado internacional, las reservas podrían crecer hasta un promedio mensual de US$ 1.000 millones, con lo cual se armaría un “colchón” que ayude a defender la estabilidad cambiaria en momentos más complicados.
Es una situación que ha llevado a muchos a establecer una comparación con el mejor momento de Cristina Kirchner, hace una década. En aquel momento, también la soja pasaba la marca de los US$ 600 y, gracias a esa situación, se pudo financiar un verdadero boom de consumo, que la entonces presidente cosechó políticamente al arrasar en la reelección de 2011.
Hoy, con el marco de la pandemia, está claro que nadie espera que la soja pueda financiar un boom consumista, pero al menos sí ayudar a equilibrar las cuentas fiscales y a engrosar los programas oficiales de asistencia a los más afectados por la pandemia.
Una inesperada ayuda fiscal
Las estimaciones de los economistas indican que, como rige una retención a la exportación agrícola por un 33%, esto podrá suponer un aumento no previsto en el ingreso fiscal, un dato fundamental justo en un momento en el que el gobierno intenta transmitir credibilidad sobre su vocación por ordenar las cuentas.
Los economistas calculan que el ingreso de divisas por exportación de granos podría crecer un 31% respecto del año pasado.
Hablando en plata, eso significaría más de US$ 34.000 millones. Y, desde el punto de vista de la recaudación fiscal, un ingreso de US$ 12.000 millones. En el primer cuatrimestre del año, las retenciones a las exportaciones implicaron casi el 10% de lo recaudado por el fisco. Y el impacto de la suba internacional de precios queda en evidencia cuando se analiza el aumento de la recaudación respecto del año pasado: un 183%.
Para un gobierno en emergencia fiscal permanente, el hecho de que el boom agrícola continúe sólo puede representar buenas noticias. Sobre todo si se tiene en cuenta el apretado cronograma de vencimientos que tiene el ministro Martín Guzmán, a quien cada vez le cuesta más caro conseguir que el mercado le preste dinero para financiar el rojo en las cuentas oficiales.
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El ministro Guzmán tendrá una aliado para recomponer la situación fiscal con los mayores ingresos que dejará la soja.
Los informes que circulan en la City hacen referencia a las dificultades que empezarán a acumularse en los próximos meses para renovar los vencimientos de deuda. Por caso, en el bimestre julio-agosto podría darse una situación de estrés, al acumularse vencimiento por 900 billones de pesos argentinos. Ante ese cuadro, la perspectiva de que el ingreso fiscal resulte mejor al previsto como consecuencia de un mayor aporte del campo supone todo un alivio.
Aire para el dólar y dudas a futuro
Y, sobre todo, el mayor ingreso por la soja también implica una cierta garantía de estabilidad cambiaria, algo que en Argentina siempre es importante, pero cuya trascendencia se exacerba en un año electoral, dado el estrecho vínculo entre el humor social y la volatilidad del dólar.
Es cierto que los bonos siguen cotizando a niveles mínimos y que el índice de riesgo país continuó su camino ascendente hasta los 1.600 puntos. Pero un saldo de balanza comercial robusto, mayor a los US$ 15.000 millones que el gobierno había calculado originalmente, le otorgan un oxígeno adicional al gobierno para poder mantener su política de retraso cambiario, en el cual el dólar vuelve a cumplir su tradicional rol de “ancla” de los precios.
Las dudas pasan, naturalmente, por la sostenibilidad de esta bonanza. De hecho, uno de los grandes debates del momento es si la soja por encima de US$ 600 tiene una lógica de mercado o es apenas un accidente.
Hasta el año pasado, los productores argentinos se manifestaban felices de ver cómo el precio había por fin superado los US$ 350, pero ni siquiera se atrevían a soñar con una disparada como la que se está viviendo en este momento.
Los expertos señalan que tres factores fundamentales están incidiendo para que la “supersoja” se sostenga. El primero es la confirmación por parte de Joe Biden de una política monetaria expansiva -que hace cumplir la clásica relación de commodities que suben mientras el dólar baja-. Pero además hay un incremento inesperado de la demanda china. Y, para coronar, una situación climática que hizo recortar la producción mundial.
¿La bendición tiene un “lado oscuro”?
En ese marco Argentina festeja. O, mejor dicho, los funcionarios del gobierno de Alberto Fernández. Porque los productores sojeros manifiestan su eterno enojo. Después de dejar un tercio de su producción en manos del Estado, están obligados a cambiar los dólares al tipo de cambio oficial. De manera que si quisieran recomprar divisas en el mercado bursátil, se encontrarán con que el precio internacional de US$ 600 les deja en su bolsillo apenas US$ 220.
Y, para colmo, en la interna del gobierno está recrudeciendo el debate sobre si se debe aumentar las retenciones, de manera de captar las “rentas extraordinarias” de sectores que se vieron tocados por la fortuna.
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El gobierno argentino recibe dólares inesperado en un momento clave para la reactivación pospandemia.
En ese marco, lo que muchos advierten es que el gobierno no debe confiarse en que los actuales niveles de liquidación de divisas continúen vigentes por mucho tiempo. Si se repitiera el patrón de comportamiento de los productores de los últimos años, lo que ocurriría es que entre abril y junio se liquidaría el 50% de la cosecha, pero en el segundo semestre empezaría una lento “goteo” en el cual los productores irían sacando su producto de los silobolsas a medida que necesiten saldar obligaciones financieras.
En otras palabras, que la holgura fiscal y cambiaria que se aprecia hoy gracias a la soja podría verse bruscamente atenuada en la segunda mitad del año, justo cuando la campaña electoral ingresa en su fase definitoria.
Hay, también quienes advierten sobre un “lado oscuro” de la explosión mundial de la soja. Sobre todo, el fenómeno por el cual la soja se ha transformado en la medida para fijar el precio de arriendo de la tierra.
Es decir, el campo arrendado (que significa el 70% de la producción) subirá cuando suba la soja, aun si el productor se dedica a otro cultivo que no siga la misma evolución de precio. Esto implica un incentivo adicional para pasarse a la soja y abandonar otros cultivos. El temido efecto de “sojización” que eleva el precio de otros cultivos y que además degrade la riqueza del suelo.
Pero claro, estas advertencias apuntan a los efectos de largo plazo. Y en la Argentina de hoy, todo se define de acuerdo con las urgencias de caja. Lo cierto es que, para un gobierno sin acceso al crédito internacional y agobiado por las deudas, esta soja de US$ 600 es lo más parecido a una bendición que se pueda encontrar.