El comportamiento en la vida cotidiana > COMPORTAMIENTO/ ROBERTO CAVA DE FEO

La solidaridad

No se improvisa. Se nace con ella y la acrecentamos a lo largo del tiempo

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06 de octubre de 2017 a las 05:00

Vivimos en un Estado libre, soberano y aunque algunos le endilguen lo de "paisito", no podemos olvidar que Holanda, Bélgica, Dinamarca y Suiza entran holgadamente en la extensión geográfica de nuestro Uruguay. Me desagradan las comparaciones y, por eso, siempre procuro poner sobre el tapete algunos rasgos que nos caracterizan.

La solidaridad no se improvisa. Se nace con ella y la acrecentamos a lo largo del tiempo. Las niñas y los niños reciben en sus hogares y en las escuelas y colegios, el germen de las virtudes. Aprenden quizás a compartir una Tablet y a no juzgar mal a quienes posean o no tengan alguna cosa. Solidaria es la niña que comparte parte de su refuerzo o de un chocolate. Solidario es el niño que se acerca a otro para explicarle algo que no entendió en clase. La túnica y la moña o el uniforme colaborarán muchas veces en las apreciaciones de niños y adolescentes.

Por solidaridad, es preciso comer lo que nos sirven o lo que nos han preparado sin dejar algo en el plato. Hace muchos años, se decía que era de buen tono no comer todo. Pero, muchos poquitos hacen un montón. Pensemos en la cantidad de comida que se tira. Va a la basura en nuestros hogares, en los restoranes y después de las fiestas de bodas, de aniversarios o cumpleaños. Por eso, en algunas circunstancias nos serviremos personalmente un plato, pero con la intención de comer todo. A veces, será posible volver a servirse y, así sin atiborrarnos, comeremos también pensando en quienes no comen. Por eso, en el bufé de una boda, debemos considerar lo que realmente comeremos. Por solidaridad y en estos momentos, no se pueden desperdiciar los alimentos.

Agradecido, leí un comentario sobre una de mis primeras notas en EL OBSERVADOR. Dije entonces que nos diferenciamos de los animales porque ellos comen y nosotros nos alimentamos. Me reafirmo y añado que podemos también comer menos de lo que nos gusta mucho y un poco más de lo que nos gusta menos. Lejos está entonces aquello de: "¿No te gusta la sopa?". "Entonces tomarás dos platos".

Me contaron que, en una ocasión se pidió a los niños de un colegio, la redacción en dos carillas de una imaginaria visita a una familia carenciada. Al terminar, la maestra retiró todo lo escrito y en cuanto le fue posible, leyó lo que le habían entregado. El título era "Una visita a una familia pobre." El texto de una de las pruebas decía así: "Ayer domingo fui a visitar a una familia "pobre". El barrio era "pobre".

La empleada que me atendió era "pobre". Entré a la casa y todo era "pobre". Había unos perros que eran "pobres" y unos niñitos que eran "pobres", jugaban sobre una alfombra "pobre." La abuela estaba viendo televisión con un aparato "pobre". Enseguida llegaron los padres de mi compañera. Venían en un auto "pobre" y aparecieron con unos paquetitos.

Eran para el almuerzo "pobre" con merengues "pobres" y "refrescos pobres". Después de escuchar todo, pensé enseguida en la sinceridad de la niña. Ella fue poniendo el adjetivo "pobre" a todo aquello que se le ofrecía en su propia casa.

Las niñas y los niños son una fuente de sentido común. Zorrilla de San Martín, en unos de sus "Pensamientos", habla de ellos: "Los niños y aun los jóvenes, creen que los viejos han sido siempre viejos. Y les parece, en cambio que su juventud es eterna. Es uno de sus encantos". La solidaridad crece en ellos en la medida que la ven hecha carne en sus padres, en sus hermanos.

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