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La tentación autoritaria

Está a la vuelta de la esquina y no hay que transportarse en el tiempo o en el espacio en busca de casos notorios de este fenómeno

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08 de abril de 2018 a las 05:00

Es famosa la frase: "¿Querés conocer a Pepito? Dale un carguito". Puesto en palabras de Lord Acton: "El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente". Y esto es no solo válido en la política sino también en la conducción empresarial, en la conducción de una ONG, y hasta en la conducción de una empresa unipersonal. O, como decía un amigo, "el poder es como la muerte: a todos nos iguala". En otras palabras, la tentación autoritaria está a la vuelta de la esquina y no hay que transportarse en el tiempo o en el espacio en busca de casos notorios de este fenómeno.

Pero transportándonos en el tiempo y en el espacio, vemos que esos casos los hay con abundancia y obviamente influyen más que los pequeños que encontramos cotidianamente a la vuelta de la esquina. Por ello, el hombre ha buscado a lo largo de la historia mecanismos para limitar el uso (y el abuso) del poder. De ahí la historia de la limitación del poder de los monarcas, la separación de poderes, el establecimiento de límites de tiempo en el ejercicio de los cargos, la creación de órganos colegiados con capacidad de revisar las decisiones del monarca, o del CEO, la institución de órganos de contralor (como nuestro Tribunal de Cuentas, al que tan pocos poderes se le ha otorgado en nuestro andamiaje constitucional), el ejercicio de auditorías, y, sobre todo, la independencia judicial.

Aún así, todos los mecanismos de pesos y contrapesos, ideado para controlar y dividir el poder, no logra cumplir cabalmente sus funciones. Basta que un régimen tenga un origen democrático para que luego pueda hacer con el poder prácticamente lo que le plazca, sobretodo si quien lo ejerce tiene pocos escrúpulos. Allí está, la Venezuela de Maduro, sumida en una grave crisis humanitaria, sanitaria y alimentaria por la autocracia de quien ejerce el poder sin respetar otro límite que su voluntad y, quizá, la de sus compinches de gobierno.

Pero la tentación autoritaria es una enfermedad que se ha extendido en los últimos años. Correa lo intentó en Ecuador pero le salió el tiro por la culata. Evo Morales ha desconocido un plebiscito y se ha arrogado la potestad de ser reelegido indefinidamente sin que nadie pudiera detenerlo. Cristina Kirchner "fue por todo" el poder pero se topó con una Corte Suprema que supo ponerle límites en sus afanes dictatoriales y finalmente tuvo que entregar el poder (aunque se quedó con bastante dinero). Cinco presidentes peruanos terminaron envueltos en casos de corrupción. En Brasil, los presidentes se sintieron por encima del bien y del mal, y auspiciaron o permitieron o se beneficiaron, o las tres cosas juntas, de una corrupción colosal que nadie había imaginado.

Facebook, una de las compañías más poderosas del mundo, se "descuidó" al compartir datos de sus usuarios con una firma británica dedicada a influir en las elecciones. Y además fue un hábitat de "noticias falsas" sin ningún tipo de control. Ahora que perdió un 20% de su valor bursátil, promete portarse bien.

China, que tiene un gobierno comunista y una economía capitalista, ha cedido a la tentación autoritaria y permite la reelección indefinida de su premier. Rusia no la permite, pero en los hechos, cuando se retire del gobierno dentro de 8 años, Putin habrá gobernado de un modo o de otro por un cuarto de siglo.

Y es grave lo que ocurre en Estados Unidos, una nación de sólida tradición democrática y republicana, con Donald Trump. El magnate devenido presidente pretende gobernar su país a golpe de "tuits" y echando gente de la Casa Blanca como si estuviera al frente de su empresa. La puerta delantera de la Casa Blanca parece una puerta vaivén que circula a toda velocidad para que egresen los funcionarios que han caído en desgracia e ingresen los que pronto se irán. Desde allí, Trump pontifica vía Twitter ya sea contra el líder norcoreano Kim Jong-un o contra Jeff Bezos, Fundador y CEO de Amazon a quien Trump no puede ver ni en figuritas. Siempre le endilga alguna acción a su compañía –últimamente su abuso del servicio postal americano- o al Washington Post. En esto, Trump se parece a Cristina Kirchner que pontificaba contra los medios en cualquier discurso que daba. Trump lo hace por las mañanas vía Twitter.

Afortunadamente para los Estados Unidos y para el mundo, la separación de poderes y la independencia de la justicia logran contener buena parte de la tentación autoritaria de Trump. Pero que existe, no cabe duda. Y también aquí con el hecho del uso de información privilegiada por parte del poder. Por ello, es preciso reforzar los mecanismos constitucionales. Ya en 1813, Artigas nos advertía que "Es muy veleidosa la probidad de los hombres; sólo el freno de la constitución puede afirmarla". Parece que aún no estamos muy convencidos de ello. Ni aquí ni en el resto del mundo.

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