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15 de abril 2022 - 22:14hs

Las atrocidades de Rusia en Ucrania han dejado más en evidencia la actitud de desaprensión o de prescindencia de América Latina con relación a la guerra.

Además de protagonizar una invasión violatoria de las leyes internacionales, hay suficiente evidencia de crímenes de guerra por parte de contingentes moscovitas en territorio ucraniano.

A priori, podríamos imaginar una América Latina cerrando filas con Ucrania y encolumnada con Estados Unidos  y países europeos. Nos parecía que la posición de la tríada autoritaria de Cuba, Nicaragua y Venezuela sería una excepción, y una contundente fila de países iba a dar la cara en defensa de Ucrania.

Es cierto que una clara mayoría de los países de la OEA condenó la invasión de Rusia, y la consideró “ilegal, injustificada y no provocada”. 

Argentina, Brasil, Bolivia y Nicaragua no apoyaron la declaración, ni tampoco una equívoca posición de la diplomacia uruguaya, luego rectificada. 

No obstante, ese enérgico rechazo ha quedado como un registro para la historia, no plasmándose en gestos diplomáticos contundentes de los gobiernos en apoyo al país invadido.

Incluso hubo reacciones contradictorias, como la del presidente Andrés Manuel López Obrador (México), reivindicando una posición de neutralidad, o la de su colega Pedro Castillo (Perú), que se ha referido a Ucrania y a Rusia como “aliados estratégicos”.

Y en ese contexto, los dos principales países de América del Sur, Brasil y Argentina, increíblemente, tejen alianzas con la Rusia de Putin.

El “casamiento perfecto” entre Brasil y Rusia, que declaró Bolsonaro, pasando por la neutralidad de México o una tibieza diplomática más propia de países no alineados de la época de la Guerra Fría hablan muy mal de América Latina. 

Algunas de esas posiciones revelan una ignorancia supina sobre lo más hondo del conflicto, que terminan desacreditando las llamas de un violento choque real entre la democracia y la autocracia. 

Expertos internacionales creen que la reacción latinoamericana refleja la creciente influencia de Moscú y, a su vez, la presidencia de Washington, que demuestra interés en la región solo cuando un problema nuestro golpea en su propia casa, como el caso de las migraciones. 

La revista Americas Quarterly (AQ), publicación especializada en los asuntos de nuestra región, abordó el tema recientemente. Interpretó que la actitud latinoamericana refleja la tradición de su política exterior de defensa de la soberanía y la resolución pacífica de las disputas. Empero, advirtió que es un discurso que “suele ser utilizado para evitar tomar posiciones definitivas”. 

Dos ejemplos de la postura regional, según AQ: ningún país ha impuesto sanciones económicas a Rusia y la profundización de las relaciones diplomáticas y económicas durante estos años, pese a la participación militar de Rusia en Siria, donde también se comprobaron graves violaciones a los derechos humanos.

La confusión diplomática que expone la diplomacia regional termina siendo funcional a los detractores del paradigma occidental liberal. Aun reconociendo defectos, en general se comparte la idea de que los mercados abiertos, el multilateralismo y las normas democráticas forman parte de lo mismo. 

Y eso, precisamente, es lo que está en juego en la guerra librada por Putin.

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