“Vos me dirás que estoy loco, pero yo creo que voy a ser presidente. Y tengo que empezar a prepararme desde ahora”. Es una calurosa noche del jueves 8 de noviembre de 2012 y el que habla es el hoy presidente Luis Lacalle Pou; a su lado está sentado su amigo y ahora secretario de la Presidencia, Alvaro Delgado y, enfrente, este cronista. La charla transcurre en la pizzería Chez Piñeiro a donde Lacalle Pou me invitó a comer unas muzzarellas luego de que participara -él como exponente, yo como periodista- de una charla ante jóvenes militantes en un apartamento de Punta Carretas.
El presidente arrancaba el primer tramo de su carrera hacia la cima y ya tenía decidido pelearle a Jorge Larrañaga la interna nacionalista para luego disputarle a la izquierda el gobierno nacional. Me preguntó qué pensaba de sus intenciones. Le dije que la posibilidad de ganarle a Larrañaga era mínima –en ese entonces Lacalle Pou aparecía en las encuestas con cinco puntos locos- y que al Frente Amplio le quedaba un rato largo en el gobierno. Le dije que si yo fuera él me quedaría en el molde y dejaría que Larrañaga ganara cómodo la interna blanca para que peleara contra la izquierda en la elección nacional. Le dije que todavía era joven, que no le costaba nada esperar cinco años más, que no entendía el apuro.
Lacalle Pou advirtió que ya era tarde para dar marcha atrás. Dijo que sentía que había “una barra” de nacionalistas que lo estaba empujando y acompañando y que lo comprometían a llegar hasta el final. Le dije que buena parte de la gente lo veía como “el hijo de” y que desprenderse de su imagen de pituco de Carrasco le iba a sacar canas verdes si es que alguna vez lo lograba.
A Lacalle Pou le importaban tres pepinos lo que pensaran de él y sostuvo que no le daba la derecha a nadie en eso de la sensibilidad social. Media hora antes en su improvisado discurso frente a los militantes había dicho: “Ojo con el estigma social. No podemos olvidarnos que al mismo tiempo que un gurí que no tiene nada se dedica a robar, también hay ricos que se llevan puesto un banco”. Y agregó: “En nuestro país hay gente que no tiene cédula. Son indocumentados, NN. Ya no solo les falta agua y se cuelgan de los cables de la UTE para tener luz, sino que no van a la escuela y las ambulancias casi no entran en sus barrios. A solo quince minutos de auto de este precioso barrio, se vive esa realidad. No por eso se van a convertir en delincuentes, no creo en ese determinismo. Pero esa situación representa un empujón enorme para que mucha gente se arruine la vida aún más”, señaló.
Aquella noche de hace ochos años en Punta Carretas, Lacalle Pou dijo que la sociedad uruguaya había ingresado en un espiral de “pérdida de valores” en donde los bienes materiales se convierten en una tentación cada vez mayor para pobres y ricos por igual.
Ya en la pizzería, Lacalle Pou, entonces de 39 años, dijo que el estigma que pesa sobre los pobres también estaba cayendo sobre él pero con el signo contrario. Que así como hay gente que piensa que todos los habitantes que viven en los barrios marginales son chorros, otros piensan que quienes viven en las zonas ricas son unos insensibles. “Será que soy una especie de perro verde, medio raro, pero yo no pienso así”, dijo.
La conversación versó sobre otros asuntos y volvió otra vez a las elecciones que se aproximaban. Lacalle dijo que estaba dispuesto a pegarse un porrazo y que capaz que eso lo fortalecía y todo. Después pasó lo que pasó. Ganó la interna en 2014 y se dio un golpe en la elección nacional contra Tabaré Vázquez. Cinco años más tarde volvió a ganar dentro de su partido y, esa vez sí, llegó a la presidencia en una circunstancia en la que confluyeron el desgaste de la izquierda y la madurez, en años y en actitudes y aptitudes políticas, del líder nacionalista.
Aquella noche de hace ochos años en Punta Carretas, Lacalle Pou dijo que la sociedad uruguaya había ingresado en un espiral de “pérdida de valores” en donde los bienes materiales se convierten en una tentación cada vez mayor para pobres y ricos por igual.
“En buena parte de la administración directamente se ha perdido la vergüenza. Es así. Hoy son normales algunas cosas que en otros tiempos le hubieran costado la cabeza a más de un funcionario”, sostuvo.
Este domingo, al asumir como presidente, Lacalle Pou habló de la necesidad de terminar con los asentamientos irregulares y, en una entrevista con El Observador, se presentó como una garantía de transparencia en la administración pública.
Aquellos asuntos que le preocupaban cuando arrancó su camino a la presidencia son los mismos que lo acucian con la banda ya puesta. La coherencia en las palabras está intacta. Llegó el momento de los porfiados hechos.