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Las dudas de Gestido y las certezas de Pacheco Areco

Una historia del dinero en Uruguay (XXXII)

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16 de mayo de 2018 a las 04:45

El general Óscar Gestido, un antiguo piloto militar y exinterventor de Pluna, eternamente deficitaria, llegó a la Presidencia en parte porque muchas personas reclamaban un liderazgo fuerte y honorable. El sistema de gobierno colegiado resultó inoperante en tiempos de crisis, y los líderes políticos, enredados en su propio juego, parecían cortesanos divorciados de la ciudadanía. El giro a la derecha del electorado, su demanda por gobiernos "fuertes" y su polarización sería mucho más acentuada aún en las siguientes elecciones: 1971.

En su discurso de asunción, el 1º de marzo de 1967, Gestido habló de sombras ominosas, y advirtió que "no hay Constitución, no hay Parlamento, no hay gobierno, por honesto y capaz que sea, que puedan salvar un país que no quiere salvarse".

Entre marzo y noviembre Gestido navegó un curso ideológico serpenteante e inconciliable, desde liberales a estatistas: todo el abanico del Partido Colorado. Al fin, su cultura era la de un viejo funcionario público que ascendió a lo más alto a partir de un hogar modesto, de inmigrantes gallegos. Difícilmente negaría al batllismo, pese a que no había forma de hacer andar aquel sistema.

Su primer ministro de Hacienda, Carlos Végh Garzón (padre de Alejandro Végh Villegas, quien ejercería el mismo cargo dos veces a partir de 1974, durante la dictadura), propuso un ajuste en una "ley de emergencia". En junio Végh Garzón, junto a Enrique Iglesias, presidente del Banco Central, y Luis Faroppa, director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, inició una nueva "misión refinanciadora" en Nueva York y Washington. Era moneda corriente al menos desde fines de la década de 1950 que los sucesivos gobiernos pidieran prórrogas para cumplir sus obligaciones.

A su regreso, ante la Comisión de Hacienda del Senado, el ministro de Hacienda afirmó que "de ninguna manera se volverá al nefasto régimen del dirigismo, ni al régimen de contralor de cambios, ni al de cuotas para la importación" que había impuesto el Partido Colorado entre las décadas de 1930 y 1950, y que había reimplantado a partir de 1963 el segundo gobierno blanco.

Una oportunidad para Vasconcellos, Michelini y Faroppa

Pero por fin la oposición frontal en la interna colorada de dirigentes como Manuel Flores Mora, Amílcar Vasconcellos o Zelmar Michelini, antiguos espadachines de Luis Batlle Berres, más algunas duras críticas de Jorge Batlle, provocaron la renuncia de Végh Garzón el 24 de junio. Fue sustituido por Amílcar Vasconcellos, que iba en la dirección contraria: estatismo y economía cerrada, un "desarrollismo" inspirado en las ideas de la Cepal.

La aplicación de detracciones y tipos de cambio diferenciales para las exportaciones e importaciones significó, de hecho, un regreso a los tipos múltiples de la década de 1950.

El nuevo ministro de Hacienda, acompañado por Zelmar Michelini en el Ministerio de Industria y Comercio y Luis Faroppa en la OPP, propuso "acabar con la dependencia del financiamiento externo" y sus condiciones. Llamó al pueblo a depositar en una cuenta bancaria "patriótica", denominada "18 de Julio", en dólares y con un año de plazo mínimo, para sostener el valor del peso con ahorro nacional y cumplir con los pagos de la deuda externa, sin recurrir al FMI. En un alarde nacionalista, lo llamó "Fondo Monetario Nacional". Aquello se parecía al "Empréstito de Recuperación Nacional 9 de Julio" que inventó Álvaro Alsogaray en Argentina tras el golpe de 1962. Y era también una forma encubierta de emitir deuda pública, con apariencia de depósito, sin la debida aprobación parlamentaria.

¿Cuánto espera recaudar?" le preguntó el diputado blanco Dardo Ortiz, quien interpeló a Vasconcellos –se cuenta en "Historia institucional del Banco Central del Uruguay"–. "Unos US$ 65 millones, lo necesario para cumplir con nuestros compromisos externos", le respondió el ministro. "No creo que llegue al 10% de esa cifra", pronosticó Dardo Ortiz, quien había sido ministro de Hacienda en 1966. Ortiz fue optimista. En casi tres meses la "Cuenta 18 de Julio" apenas recaudó poco más de un millón y medio y, según versiones de la época, casi medio millón había sido depositado por el Banco de Seguros del Estado.

Ese y otros planes, como el control de las importaciones, fueron del todo insuficientes, más de lo mismo: un dedo para sostener un dique rajado, una economía en quiebra.

La inflación ya prometía ser récord histórico y el dólar que en marzo valía 80 pesos, a fines de setiembre rondaba los 135 pesos.

César Charlone: el retorno de un mago

Vasconcellos, Michelini y Faroppa renunciaron el 10 de octubre, después que el presidente Gestido impuso Medias Prontas de Seguridad para contener la enorme conflictividad laboral. La recién creada Convención Nacional de Trabajadores (CNT) definía sus liderazgos en una pugna de tendencias políticas intestinas. Pero la inflación, que desvanecía los salarios, era su mejor aliada para enfurecer a los obreros fabriles y a los funcionarios públicos.

El abogado, político y periodista Carlos Manini Ríos quedó como ministro de Hacienda interino. La tirantez entre Vasconcellos y Gestido, y las recriminaciones recíprocas, llevaron a que el presidente lo retara a duelo en noviembre, aunque luego un "tribunal de honor" entendió que no era para tanto.

Un presidente retó a duelo a su exministro de Hacienda: así estaban de mal las cosas.

Entonces César Charlone, el "manos brujas" que acompañó a Gabriel Terra y "revaluó" el oro dos veces, en 1935 y 1938, hizo un regreso espectacular al Ministerio de Hacienda, casi tres décadas después, el 29 de octubre de 1967.

El dólar libre llegó a 150.

Gestido falleció de un colapso cardíaco en la madrugada del 7 de diciembre de 1967, nueve meses después de asumir. El vicepresidente Jorge Pacheco Areco –hasta entonces un personaje secundario– se transformó en titular de la Presidencia de la República.

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La inflación de 1967 llegó a 135,9%, récord histórico desde que hay mediciones en Uruguay, y el producto bruto (PIB) se hundió 4,1%, el peor registro moderno conocido.

En noviembre Charlone había devaluado la moneda nacional y el dólar oficial saltó 102%: pasó de 99 a 200 pesos. En abril de 1968 la moneda nacional se devaluaría de nuevo; esa vez el dólar subiría 25% y se iría a 250 pesos. Los salarios y las pasividades, medidas en términos reales, cayeron en picada, lo que alivió la presión sobre las cuentas públicas.

César Charlone, el viejo mago de tiempos de Gabriel Terra, otra vez demostró que seguía vivo su arte para obtener más dinero para el Estado a costa de emisión y devaluación.

Un tiempo para Pacheco Areco

Jorge Pacheco Areco, un personaje que parecía insignificante y gris pero que resultó despabilado, cambió drásticamente los modos. En vez de la conciliación e indefinición ideológica de Gestido, abrió una era de gobierno fuerte, muy al gusto de amplios sectores sociales que veían cómo el país derivaba hacia el caos.

Pacheco fue un líder de acciones resueltas y tendencias autoritarias, que Uruguay no conocía desde la era de Gabriel Terra. Creía que "no se marcha adelante con un gabinete político, como el de Gestido, atendiendo los reclamos de grupos y sectores", recordó Julio Sanguinetti en su libro La agonía de una democracia.

Pacheco Areco definió su estilo apenas empezar.

El Partido Socialista, liberal, pequeño y lúcido durante la larga era de Emilio Frugoni, había virado hacia las antípodas: el "socialismo nacional", un Estado mágico que debería alcanzarse tras una lucha violenta y revolucionaria. Siguiendo a nuevos líderes fuertemente influidos por el leninismo, como Vivian Trías, José Díaz, Reinaldo Gargano o Guillermo Chiflet, el PS adoptó novelerías como la lucha armada que, en rigor, jamás aplicó. (Los socialistas desencantados por los fracasos electorales que creían en la violencia revolucionaria, y tenían el valor de practicarla, como Raúl Sendic, Julio Marenales, Héctor Amodio Pérez o Jorge Manera Lluveras, se habían puesto a formar una guerrilla al menos desde 1963).

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En la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), un concilio de las ideas guerrilleras "foquistas" celebrado en Cuba en agosto de 1967, el secretario general José Díaz respaldó en nombre de su partido que "la lucha revolucionaria armada constituye la línea fundamental de la revolución en América Latina".

Esa proclamación violentista –en una conferencia que fue célebre por diversos motivos– fue la razón por la que Pacheco Areco proscribió al PS, apenas cinco días después de asumir la Presidencia, junto a otros pequeños grupos radicales que editaban el periódico "Época".

Pacheco estaba lejos de ser el personaje basto que pintó cierto sector de la izquierda. "Aprendió rápido, aprendió lo que era el poder, y lo usó", le dijo Líber Seregni a Samuel Blixen en "La mañana siguiente". "Y hay que reconocer su inteligencia: es cierto, contó con la complicidad del sector político, pero nunca transgredió la Constitución y la ley".

La última afirmación de Seregni es harto discutible pero, en conjunto, su opinión es reveladora.

En un reciente prólogo (El infidente, de Raúl Ronzoni), el historiador Gerardo Caetano lo evaluó así: "El proceso político uruguayo sufrió una fuerte radicalización a partir de 1968, con el nuevo gobierno presidido por Pacheco impulsando una respuesta dura frente a la militarización creciente de las acciones del MLN, y la profundización de las protestas de los movimientos sociales, en especial de la CNT y de las agrupaciones estudiantiles. Es probable que este autoritarismo civil que vino a emblematizar la figura de Pacheco no fuera la expresión de un proyecto previo sino, sobre todo, el fruto de una reacción frente al violentismo tupamaro, la crisis agravada por el estancamiento económico, la inestabilidad financiera, y la polarización política y social que le sucedieron".

Quienes se interesen en el personaje y su época, pueden revisar La trama oculta del poder, un detallado perfil de Jorge Pacheco Areco trazado por los politólogos Jorge Chagas y Gustavo Trullen (Rumbo Editorial, 2005).

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El acto de la CNT del 1º de mayo terminó en un gran lío interno, con violencia entre facciones, seguida de represión policial. Entre mayo y junio de 1968 se alzaron los estudiantes montevideanos, en parte como reflejo del "mayo francés" y la inquietud de los jóvenes universitarios por el mundo. El gobierno respondió con Medias Prontas de Seguridad. El 8 de agosto los tupamaros secuestraron a Ulysses Pereira Reverbel, presidente de UTE y amigo personal del presidente. El 12 de agosto, durante una refriega en las inmediaciones de la Facultad de Veterinaria, un policía hirió mortalmente al militante comunista Líber Arce. Sería el primero de varios en caer. El 24 de junio fue militarizado al personal del Banco de la República y del Banco Central, que estaban en conflicto. El 28 de junio se decretó la "congelación" de precios y salarios, un plan de choque antiinflacionario, y el 1º de julio se puso bajo control militar la producción de Ancap, UTE y OSE, sacudida por conflictos.

Julio Sanguinetti, quien visitó a Pacheco Areco en Casa de Gobierno en medio de un gigantesco apagón por un conflicto en UTE, contó que el presidente "sentía que todo estaba en riesgo y que la acción comunista, al no querer dejarle espacio a los tupamaros, introducía una peligrosa competencia de radicalismos".

Pasaban demasiadas cosas juntas en esos tiempos, y pasarían muchas más.

La violencia entre los grupos guerrilleros y las fuerzas de seguridad, las manifestaciones callejeras y los conflictos políticos y laborales iniciaron una dialéctica asombrosa que no cedería hasta fines de 1972, cuando las Fuerzas Armadas se llevaron la pelota para su casa.

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