Para mi cumpleaños, que sucedió hace unos días (geminiano hasta la médula), recibí tres regalos: un buzo de hilo rojo, un delantal para cocinar con el traje de Superman y un libro de Elias Canetti. Versatilidad y metáforas mediante, la lectura del libro de Canetti también sirve para abrigar y degustar en este mordedor invierno. Por lo tanto, de alguna extraña forma, es más completo que los otros.
No es la primera vez que Elias Canetti aflora y visita esta columna. Hace unos meses hice referencia al valor de un libro suyo de viajes titulado Las voces de Marrakesh, donde el autor anotaba las sensaciones de visitar esa ciudad de Marruecos y su antigua judería, entre otros cruces históricos y culturales.
Pero en este caso quiero referirme al libro que me regaló un buen amigo. Se trata de Apuntes 2, que reúne algunos de los libros que el escritor errante nacido en Bulgaria pero que residió en Viena, París, Londres y Zúrich escribió con breves aforismos y reflexiones en píldoras.
La editorial Debols!llo ha venido publicando las obras completas de Canetti en ocho volúmenes (a un precio bastante módico) y dentro de esta colección de los libros del Nobel de Literatura de 1981, en este segundo tomo de Apuntes están las obras El suplicio de las moscas y Hampstead, más otros textos publicados de manera póstuma.
En el prólogo de la edición citada, Ignacio Echevarría dice que cada uno de los aforismos de Canetti genera “extrañeza”. “Resulta difícil decir si esta extrañeza es resultado de un cierto arcaísmo, que invita a leer los apuntes como vestigios de una mentalidad remota, o si, por el contrario, se trata de la perplejidad que provocan los destellos de un saber profético, que contiene pálpitos de futuro”, escribe el durante muchos años crítico literario de la revista Babelia de El País de España.
Lo cierto es que basta acercarse a ese mundo diminuto pero cargado de potencia de Canetti para darse cuenta de que cada aforismo posee cualidades que exceden su tamaño. Como si se generaran semillas de palabras cuyo significado queda retumbando mucho más allá de una extensión breve o incluso escuálida, el poder del razonamiento de Canetti se hace fructífero y masticable.
Por ejemplo, este es uno de los primeros apuntes de El suplicio de las moscas: “Muchos de nosotros, satisfechos con la bondad de Dios, nos convertimos en los mayores canallas”. La idea es clara, el efecto es directo, las dudas son mínimas. No siempre este es el estilo de Canetti, que también sabe caer en la ambigüedad y el doblez.
Veamos otro ejemplo: “Ella es demasiado corta para su codicia: nunca alcanza nada”. Ironía, crítica de costumbres, humor fino y sagaz.
Otros son más demoledores, como el caso de: “Temes todo lo que no venga después de la muerte”, o: “El éxito es solo la parte más ínfima de la experiencia”.
En la tradición de los antiguos poetas chinos (por los que el autor de Auto de fe siempre profesó admiración), en un camino que también recorrieron los filósofos anteriores a Sócrates (muchos de ellos poetas y por ende amantes de la frase corta y potente) y luego filósofos más modernos como Blas Pascal, Canetti abunda en cientos de ideas que aparecen lanzadas al azar contra la página, pero que en ese golpe se rompen y dejan salir su profundidad y sus aromas.
Algunos exploran sentimientos a través de lo metafórico, como “El corazón del odio tiene su propio latido”, mientras otros son mitad quejido y mitad constatación de la vida sobre la Tierra: “La obra de arte más perfecta y aterradora de la humanidad es la división del tiempo”.
Los aforismos son tan buenos que dan ganas de citarlos todos. Su lectura es un homenaje a un gran escritor, y a la vez es una palanca de palabras que con sus llaves accionan y ajustan las tuercas del pensamiento. Qué ironía: Canetti nos contempla serio en la contratapa del libro, con cara de apacible viejito. Pero el poder de golpe de sus aforismos semeja la fuerza de los átomos antes de entrar en fusión.