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Lejos del Estado y a la buena de Dios: niños que no comen los fines de semana

“Los chiquilines cuentan que si no roban una cartera por el puente Carrasco, ese día no comen”, contó el cura párroco

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22 de septiembre de 2018 a las 05:00

Un niño de seis años descalzo mendiga solo en la puerta de la iglesia de la Cruz de Carrasco, justo donde nace la calle Bolivia, al norte de avenida Italia. Es sábado a la tarde y llueve. Como no consigue una moneda entra a pedirle comida al cura, porque hace más de un día que no se alimenta. Tampoco han comido sus hermanos. Según cuenta el párroco Fernando García, la madre se gastó la plata que le dio el gobierno en vino y cerveza y se fue el fin de semana entero con un nuevo novio. 

“Cosas como estas pasan todos los fines de semana y en muchas familias del barrio. Los adultos te dicen que igual los gurises se manejan solos porque ya aprendieron a caminar...Pero tienen dos años”, dijo el sacerdote a El Observador. “Los chiquilines cuentan que si no roban una cartera por el puente Carrasco, ese día no comen”, detalló. 

Los menores se acercan a pedir ayuda a la iglesia porque esa puerta nunca está cerrada. “Saben que estamos bien organizados y que encuentran contención. Nosotros charlamos con ellos, trabajamos mano a mano, los invitamos a involucrarse y a entender el mundo de otra manera. Esto es justamente lo que no pasa con las instituciones que trabajan para eso”, reclamó el sacerdote y dejó entrever que el Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU) es el gran ausente de esta historia. 

Es que la mayoría de los niños queda a la deriva cuando termina el horario escolar. Cierran las instituciones y entran en un limbo. Después de las cinco de la tarde del viernes y hasta la mañana del lunes quedan a la mano de Dios. “Yo como cristiano me interpelo y me involucro. Estoy llamado a actuar en estas situaciones de carencia. Pero es inevitable también cuestionarse qué papel tiene el Estado cuando uno ve diariamente la violencia con la que se vulneran los derechos de estos niños, pero nadie hace nada”, recriminó. 

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En el barrio La Cruz de Carrasco trabaja solamente una organización social que depende económicamente del INAU. Se llama La Pascua y es dirigida por integrantes de la comunidad parroquial. En el límite con el departamento de Canelones hay otro centro de servicio juvenil, pero ya no forma parte del barrio. 

Alejandro López, director regional de INAU para la zona este de Montevideo, reconoció a El Observador que La Cruz tiene una escasa presencia institucional. “Lo que dice el cura es real. La zona es una bomba de tiempo, es uno de los nudos más críticos de Montevideo y requiere mucha más intervención de la que tiene. Pero no solo del INAU, también necesita de otros actores para abordar al barrio en profunidad, donde hay problemas alimentarios y de seguridad”, aseguró. 

Según explicó, esta zona vivió una explosión demográfica que fue difícil de prever. “La gente llegó antes que las instituciones y por eso aparecen los vacíos. En mi trabajo pongo sobre la mesa las zonas que presentan vulneraciones de derechos y conflictos comunitarios para conectarlos con los recursos que disponemos. Notifiqué a mis autoridades, pero la financiación no alcanza”, se lamentó.  

López reconoció que ampliar los horarios laborales para que exista cobertura durante los fines de semana es un proyecto que puede valorarse. “Estoy de acuerdo. Uno de los aspectos más importantes es fortalecer la instalación de servicios. Se requiere mucha más insistencia institucional, porque las familias demuestran tener grandes dificultades para funcionar y alguien debe compensar esa carencia”, aseguró. 

Como en Los Palomares 

María, una vecina de 56 años, consideró que es una tristeza ver en lo que se convirtió su barrio. “Yo vivo acá desde los 14 y lo peor que vi fue justo hace unos meses con los copamientos. Los nieri, drogados, se meten en las casas de los vecinos y los obligaban a irse a punta de pistola. Esto pasa a plena luz del día y con los niños adentro. A algunos hasta le prendieron fuego la casa”, relató a El Observador. 

Es lo mismo que sucede en Los Palomares, dijo, pero con menos viviendas, por eso pasa desapercibido. Según la vecina, la droga complicó las cosas a fines de la década del noventa. “Ofrecían buena plata y la gente vaga que no trabaja se fue enganchando. Y cada año la cosa esta más peligrosa, sobre todo para los niños y adolescentes. Como en todo el Uruguay”, opinó.  

María dijo que ella ve cómo muchas mujeres reciben dinero del Ministerio de Desarrollo Social y se lo gastan en droga y alcohol. “Es raro verlas comprar comida para los niños. Los dejan solos y eso lo ve cualquiera que entre al barrio a toda hora. Pasa todos los días. Y es triste. Cuál es la chance que tienen esos gurises de salir adelante. Muchos no van ni a la escuela. ¿Cómo puede alguien progresar si crece así?”, cuestionó la vecina y se respondió: “Es muy difícil, están perdidos pobrecitos”. 

La vida en el gueto 

Sandra Rodríguez es la catequista de la parroquia y hace tres años se dedica a invitar uno por uno a los niños del barrio. “A muchos los veía siempre encima de los techos tirando piedras a la gente o a los autos. A mi misma me llegaron a robar. También me ligué alguna piña. Pero con perseverancia, al final, alguno de ellos aceptó venir a catequesis y después se terminaron sumando más”, dijo. 

Trabaja con 15 menores de entre seis y 17 años, y aparte de comentarles la Biblia, también les enseña a leer y a escribir a adolescentes que, con 12 años, no saben hacerlo. Con esfuerzo consiguió que algunos retomaran las clases. Reconoce que el proceso avanza aunque con retrocesos. Y que sobre todo, falta articulación porque las soluciones del Estado no llegan a La Cruz de Carrasco. 

“Los dispositivos están pero no conectan con quienes los necesitan. El primer paso de todo aquel que sufre es venir a la iglesia a pedir ayuda. Desconocen que existan instituciones que los puedan ayudar”, afirmó. Ella apuesta por la táctica del encuentro y para eso intentó involucrarse lo más que pudo, incluso con las familias de los niños que no concurren a la iglesia, aunque eso suponga un riesgo para su vida. 

“He ido a cumpleaños, asados en sus casas, y hasta los invité a pijmadas en la mía con mis propios hijos y mi marido. Hoy tienen mucha confianza en mí. La carencia principal que ellos sufren es la afectiva. Aparte de la pobreza material, lo que los destruye es la pobreza cultural”, reflexionó Rodríguez. 

Todas las veces que ingresa al barrio tiene que hacerlo acompañada de algún vecino de la zona porque el nivel de peligro es alto. “A mí me esperan a la entrada de La Cruz y sin decir nada, cuando empezamos a caminar, uno se pone detrás mío y otro adelante. Y así andábamos. Ellos también me cuidan a mí. Pero alguien ajeno no puede entrar solo allí ni aunque sea a la mañana”, advirtió.  

El padre Fernando apuntó que los niños no demuestran tener la inocencia propia de la infancia y que, con muy pocos años, ya dominan el circuito de delincuencia del barrio. “Te dicen perfectamente que no podés meterte por tal calle porque vive un tránsfuga. Que en tal esquina te pueden matar. Saben que si ven a fulano tienen que correr lo más rápido que puedan y conocen en qué casa se vende la droga”, dijo. 

Los niños que van a catequesis han vivido cosas “demasiado fuerte para las edades que tienen”. Con diez años algunos ya presenciaron la muerte de algún amigo en una balacera o vivieron apuñalamientos. “Ellos conviven con esas escenas cotidianamente. Entonces aprenden a manejarse con esos códigos. Tampoco tienen una real conciencia del peligro”, apuntó la catequista. 

Es la dinámica del gueto, dijo el cura. El ingreso de gente desconocida a la urbanización es interpretado por los residentes como una invasión. “Estas cosas también se notan en la ansiedad que muestran frente al silencio. Vienen de la cultura del ruido. Y cuando se expresan, las primeras veces, casi siempre lo hacen desde un lenguaje violento porque es lo que tienen interiorizado. Es lo que reciben y no lo ven como algo que esté mal”, acotó. 

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Rodríguez aseguró que una buena iniciativa sería coordinar actividades que impliquen mínimos costos económicos, como por ejemplo las vinculadas al arte. “Enseñar hip hop en una plaza, talleres de teatro, de expresión al aire libre. Que los chiquilines puedan salir de esos contextos y conectar con otras realidades”, propuso. 

El director de INAU aseguró que él tiene conocimiento de la violencia intrafamiliar, como así también del consumo de sustancias y las dificultades que muchos jóvenes tienen para mantener la concurrencia a la escuela o el liceo. Pero para diseñar proyectos y poder intervenir en el barrio es necesario aumentar la cantidad de recursos humanos y eso implica presupuesto que hoy lamentablemente, dijo, no dispone. "Insistimos para mejorar siempre, pero hace falta dinero". 

“A veces los discursos quedan solamente en que no tenemos presupuesto y de ahí no avanzamos. No solo se necesita plata, hace falta mucho más compromiso. En La Cruz se puede hacer bastante más de lo que hoy se hace”, aseguró, por su parte, el sacerdote. 

Estadísticas de la zona 

La Cruz de Carrasco, popularmente conocida como La Cruz, se ubica entre Malvín Norte y Carrasco Norte. Pertenece al Municipio F de la capital, una de las zonas que tiene el índice más alto de menores vulnerables a la pobreza, según un estudio de la Intendencia de Montevideo sobre información sociodemográfica de los municipios, publicado en 2012.

La tasa de desempleo de esta zona es superior a la departamental y a la nacional, con índices de 7,8%, según el Censo Nacional de 2011. Asimismo, cuatro de cada diez personas que residen en este municipio tienen las necesidades básicas insatisfechas. Además, el 40% de los jóvenes de entre 12 y 17 años tampoco asiste a la educación media. 

(El nombre de la vecina que habló con El Observador fue cambiado por seguridad)
 

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