Dicen que las abuelas son sabias y que si escucháramos más sus consejos tal vez nos iría mejor en la vida, o por lo menos nos evitaríamos algunos golpes. “Paso a paso”, le decía su abuela catalana a Ximena Torres y ella tomó el consejo al pie de la letra. Y antes de que todos la pudieran ver por televisión cocinando, Torres ya empezaba a consolidarse como una empresaria del rubro gastronómico. Con perseverancia, estudios y simpatía, convirtió su pasión en un exitoso emprendimiento que hoy lleva el nombre de Chocolatier.
“Chocolatier nació hace tres años y medio físicamente, pero en mis sueños mucho tiempo atrás”, reveló Torres, perteneciente a la sexta generación de panaderos y confiteros de su familia.
“De mi abuelo (Pedro Carrera, fundador de la confitería Carrera) heredé la cuestión emprendedora. Él tenia una confitería en Barcelona y en los años 50 se vino en barco a Uruguay con su familia y con un par de hornos, y puso una confitería ”, contó Torres sobre su linaje gastronómico y el origen de su inspiración para montar su empresa que elabora artesanalmente bombones, tortas y barritas de cereales.
La infancia de Torres transcurrió entre hornos y mesadas, y a los 11 años puso en práctica aquello de “lo que se hereda no se roba”, y tuvo su primer emprendimiento: “Delicias caseras”. Contaba con cinco especialidades que ella misma publicitaba a través de folletos hechos a mano que pasaba a los vecinos por debajo de la puerta.
Una de las especialidades era la Torta Piedra, una joya del recetario familiar que Torres heredó de su abuela materna y que hoy es de las más vendidas en Chocolatier.
Su afición por la cocina la llevó a viajar a Estados Unidos y Europa. Trabajó en restaurantes y empresas de catering, lo que le permitió conocer el mundo gastronómico en todas sus facetas.
“Vi la parte no romántica de la cocina y aún así seguí enamorada de ese mundo”, contó sobre su experiencia laboral entre las que figura su primer trabajo en un restauranet de cocina mexicana en Texas a los 18 años.
En paralelo estudió gastronomía y comunicación social; esta última resultó una carrera fundamental para aplicar los conocimientos de marketing y publicidad en su empresa.
“ Cuando era chica veía como mi abuelo y su hermano hacían figuras de chocolate para pesebres y hasta competían entre ellos. Yo me moría de ganas de hacer chocolate y en 2007 me fui a Barcelona y estudié bombonería en Chocovic y Solé Graells. Además, exploré qué hacía falta en Uruguay en materia de chocolate y regresé con la idea de hacer algo distinto”, explicó.
Los comienzos
De regreso en Uruguay, con sus ahorros y el apoyo familiar, Torres comenzó haciendo tortas y chocolates en su casa, y a través del boca a boca los pedidos comenzaron a crecer.
El conocimiento adquirido en sus viajes e investigaciones no solo le permitió emprender el negocio sino que le hizo convertirse en una innovadora de la chocolatería.
“El primer bombón que hice fue el Basílico, que es con albahaca. Mi idea era explorar sabores exóticos que hasta el momento no había en Uruguay”, relató.
Las primeras 1.000 cajas de Chocolatier se vendieron como “pan caliente”. Durante un año y medio Torres vendió desde su casa, pero sabía que el negocio podía crecer y que para ello necesitaba una cocina más grande y contratar personal.
En su idea de crecer la joven emprendedora recurrió a organizaciones que apoyan a pequeñas empresas, sin embargo, su proyecto no fue considerado merecedor de recibir fondos.
“Hay muchos prejuicios en el mundo empresarial. De repente ven a una mujer joven, simpática y piensan que lo tuyo no es serio. Te enfrentás a una reunión con alguien que está acostumbrado a tratar con super empresarios, la mayoría hombres y no te toman en cuenta”, relató Torres sobre sus experiencias en el ámbito empresarial.
A pesar de los golpes recibidos la joven empresaria supo ver el lado positivo de la experiencia: “Te vas con una valija de sueños y alguien te tiene que pinchar el globo, pero eso al final te hace más fuerte y te hace pensar en que tal vez tenés que cambiar de estrategia”.
Una de sus estrategias fue rodearse de personas de su entorno que creyeran en el proyecto.
“Al inicio yo hacía todo, cocinaba, diseñaba, llevaba las cuentas. Como emprendedora una cree que puede hacer todo, te cuesta delegar, pero hay un momento en que si no lo hacés, llega un punto en el que explotás. Yo aprendí a armar equipo, me rodeé de mi familia y de mi grupo de amigas de la facultad de comunicación con las que me reunía como amigas y ahora nos juntamos para hablar de la empresa. Es muy importante armar equipo con gente de confianza”, señaló.
Sortear las dificultades
“Cuando sos mujer y joven es más difícil vencer las barreras pero no imposible”, indicó la emprendedora del chocolate.
Pero para Torres los prejuicios no fueron los únicos escollos que como microempresaria tuvo que sortear a la hora de presentar su proyecto. “Los permisos y las habilitaciones necesitan una fuerte inversión de dinero, no hay beneficios que te permitan crecer como microempresario. Se aplica lo mismo si sos un pequeño emprendimiento o una granempresa”, reflexionó Torres.
El futuro
Los próximos planes de Chocolatier -que hoy cuenta con una planta de elaboración en el barrio de Cordón- son aumentar el volumen de producción de las barritas de cereal para proceder a su exportación. Además, planea establecer un punto de venta propio, ya que actualmente sus productos se venden en supermercados y tiendas especializadas.
El rápido crecimiento de la empresa y la exigencia que implica dirigirla no le hacen perder de vista a Torres que el emprendimiento nació de una pasión.
“Comenzás poniendo una empresa porque te gusta hacer bombones, pero luego terminás firmando papeles ocho horas. Y está bueno volver a tocar el chocolate, volverlo a disfrutar. Si no volvés al amor no te das cuentas de muchos aspectos que en definitiva hacen al éxito de la empresa”, concluyó.