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Lío de borrachos, tres puentes sobre el río Negro y una guerra perdida

Carmelo Cabrera, un radical que amaba los explosivos y se rebeló contra todos los gobiernos entre 1875 y 1910 (II)

Aparicio Saravia, en primer término, seguido por el coronel Abel Sierra, cruza el puente flotante de picada de Osorio, en el río Negro, el 12 de julio de 1904

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10 de junio de 2020 a las 05:03

El domingo 1º de noviembre de 1903 hubo un lío de borrachos en Rivera. La Policía metió en cárcel a los revoltosos, entre ellos Gentil Gomes, hermano de Ataliva Gomes, prefecto de Santa Ana do Livramento. Poco después Ataliva Gomes reunió a 400 milicianos en la frontera y exigió la libertad de los presos.

Cabrera, entonces jefe político de Rivera por designio del caudillo blanco Aparicio Saravia, liberó a todos los detenidos, menos a Gentil, líder de los revoltosos, que pasaría a la justicia. También intentó tranquilizar a los brasileños pero fue agredido y salvó su vida por la intervención de Bernardino Pereira de Souza, hermano de João Francisco, caudillo militar de Rio Grande do Sul y amigo personal de Aparicio Saravia. 

Soldados brasileños ingresaron a la ciudad de Rivera como amenaza. Cabrera atrincheró a sus tropas, un centenar de hombres, para el combate y pidió ayuda al presidente de la República, José Batlle y Ordóñez. El 2 de noviembre Batlle envió dos Regimientos de Caballería desde Tacuarembó a Tranqueras, distante unos 50 kilómetros de Rivera. A medianoche, mientras se cruzaban algunos disparos cerca de la línea fronteriza, uno de los custodios de Gentil Gomes lo puso en libertad y huyó con él a territorio brasileño.

Carmelo Cabrera, avergonzado, ofreció su renuncia. Tanto Batlle como Saravia —dos líderes de un país dividido— lo respaldaron para que permaneciera en su cargo. Los blancos también intimaron el retiro de los dos regimientos gubernistas del departamento de Rivera, uno de los seis departamentos cuyo control les correspondía según el Pacto de La Cruz de 1897, que acabó con la revolución de ese año, y el acuerdo de Nico Pérez de marzo de 1903. Pero esta vez el presidente no cedió. 

La guerra: sólo cuestión de tiempo

En los primeros días de diciembre Cabrera interceptó y descifró un telegrama en clave enviado por el ministro de Guerra y Marina, coronel Eduardo Vázquez, dirigido al jefe de los soldados estacionados en Tranqueras: “Se tendrán los Regimientos listos para abrir campaña a primera orden atacando a Rivera inmediatamente. En caso de ser rechazados se replegarán por Laureles sobre Tacuarembó…”.

En realidad, después de la calma chicha que siguió a la “protesta armada” de los blancos en marzo de 1903 y el pacto de Nico Pérez, Batlle y Ordóñez estaba dispuesto a ir a la guerra, para reunificar el país bajo un único gobierno nacional, que era el suyo.

Como había escrito en 1902 el poeta Julio Herrera y Reissig: “Los límites del Uruguay son: por el norte Aparicio Saravia; por el sur (el presidente) Juan Lindolfo Cuestas; por el este una lengua del Brasil que se bebe la laguna Merín, y por el oeste una garra de la República Argentina que se ha posesionado de Martín García”.

Carmelo Cabrera

Durante 1903 Batlle y Ordóñez se ocupó de reforzar las tropas de líneas y las Guardias Nacionales departamentales, darles entrenamiento y armarlas con más fusiles Mauser de repetición, ametralladoras Colt y cañones ligeros.

El reparto de las jefaturas políticas de los departamentos entre los gobiernos del Partido Colorado y la oposición del Partido Blanco, nacido tras la “Revolución de las Lanzas” en 1872 y el Pacto de La Cruz de 1897, era una forma primitiva de coparticipación en el poder. Resultaba de las carencias del sistema electoral, con voto público y escasa representación de las minorías, lo que estimulaba toda clase de embrollos. 

Desde el triunfo de la revolución de Venancio Flores en 1865 siempre gobernaban los colorados, incluso cuando el Militarismo; y cada tanto los blancos levantaban sus guerrillas a caballo. 

Primeros enfrentamientos

El 2 de enero de 1904 una pequeña fuerza de milicianos del Partido Nacional al mando de Carmelo Cabrera enfrentó a los regimientos gubernistas cerca de la estación Ataques, a 38 kilómetros de la ciudad de Rivera, que se retiraron hacia Laureles, según las órdenes del ministro de Guerra. 

Cabrera abandonó su cargo de jefe político de Rivera y se unió a las fuerzas irregulares del Partido Nacional que comandaba Abelardo Márquez.

Entre fines de diciembre y el 1º de enero la Policía había comenzado a detener dirigentes blancos en todo el país. El 3 de enero milicianos nacionalistas detuvieron en el arroyo Porongos a tropas enviadas por el entonces coronel Pablo Galarza desde Durazno para controlar Trinidad, viejo feudo del Partido Nacional. 

La guerra de 1904 fue la continuación histórica de la de 1897, pero resultó más larga, más sangrienta (debido a la modernización del armamento, en particular en filas del gobierno), involucró a tropas mucho más numerosas y provocó distorsiones mucho más severas.

Los dos primeros puentes

A fines de enero, por orden de Aparicio Saravia, Cabrera pasó a Buenos Aires, en procura de tropas y fusiles. Más tarde se incorporó al ejército rebelde, donde sirvió de ingeniero, y fue autor de tres célebres puentes, entre flotantes y colgantes, y otros más pequeños.

Entre el 27 y el 31 de marzo Cabrera lideró la construcción de un puente en paso Carpintería del río Negro, muy cerca de la frontera con Brasil, con la ayuda de unos 120 hombres. Se sirvió de materiales de ocasión, como alambres, piques, tablas, troncos, cañas, ramas, barriles y bolsones inflados (“pipas”) recolectados en la zona. 

El puente tenía unos 120 metros de largo y 2,5 de ancho.

Miles de hombres lo cruzaron a pie, llevando sus caballos de la rienda, hacia el sur del país. Pero la lluvia constante y la creciente rápida hicieron que el puente pronto quedara corto. La segunda mitad del ejército rebelde debió cruzar por el agua, asiéndose de una maroma de alambres trenzados.

“La munición se pasó en botes, y las carretas por el agua misma, mediante otro bote, que, colocado encima, las hacía flotar, y una maroma de alambre con la cual eran cuarteadas desde la orilla opuesta por varias yuntas de bueyes”, narró Luis Ponce de León, secretario de Saravia. 

Dos meses más tarde, el 3 de junio, Saravia encomendó a Cabrera la construcción de un nuevo puente, para recibir a una columna del ejército rebelde, al mando de Abelardo Márquez, que se había desprendido hasta la frontera con Argentina para recibir armas y municiones.

Cabrera eligió esta vez el paso de Mazangano, varias leguas al sur del paso anterior, entre los departamentos de Tacuarembó y Cerro Largo, donde hoy cruza la ruta 44. El río allí se angosta y el monte era menos ancho y espeso.

El 4 de junio, en pleno invierno, unos 200 hombres “reúnen los materiales de construcción y se inician las tareas de desmonte, formación de terraplenes y sondaje; tarea esta última que permitirá conocer la configuración del lecho del río”, narró uno de los revolucionarios. “Los días 5, 6, 7 y 8 se trabajó incesantemente, continuando por la noche, a la luz de la luna. El día 9 quedó tendido el puente, estrenándolo algunas comisiones que pasan al norte en busca de ganado”.

José Batlle y Ordóñez y Pablo Galarza, a su izquierda, el 21 de agosto de 1904

Abelardo Márquez y su columna, que incluía 30 carretas con armas y municiones, sufrieron un desastre completo en Guayabos, en el extremo sudeste del departamento de Salto. Allí los sorprendió una fuerza del ejército gubernista al mando de Feliciano Viera, padre de quien sería presidente de la República a partir de 1915, que los derrotó y apoderó del parque.  

Los restos de la fuerza derrotada cruzaron el río Negro hacia el sur entre el 10 y el 17 de junio. Luego el puente del paso de Mazangano fue desmontado y, en parte, guardado. 

Tupambaé y el tercer puente

Pocos días más tarde los jefes del ejército rebelde decidieron lanzarse contra las tropas del gobierno que mandaba Pablo Galarza, parapetadas y armadas con artillería, ametralladoras y fusiles Mauser en el cerro de Tupambaé, cerca del pueblo del mismo nombre, en Cerro Largo.

Cabrera tuvo una activa participación en la sangrienta batalla de Tupambaé, librada entre el 22 y 23 de junio de 1904, como segundo jefe de la División 13ª del ejército revolucionario. Fue un empate sangriento que culminó por falta de municiones más que de voluntad combativa, y que costó unos 300 muertos y 1.600 heridos en total.

Entre el 5 y el 11 de julio Carmelo Cabrera dirigió la construcción de un tercer puente sobre el río Negro, en campos de la viuda del general Manuel Osorio, unos cuatro kilómetros agujas abajo del Paso Real de Mazangano y del límite entre Tacuarembó y Rivera. En invierno, incluyendo las orillas y bañados, el río crecido medía unos 225 metros de ancho. A ambos lados se extendían además varios centenares de metros de monte nativo.

La calzada entre colgante y flotante, que incluyó una balsa y dos botes, tenía 1,60 metros de ancho. Se emplearon unos 40.000 metros de alambres, que se trenzaron de a seis hilos. 

Los rebeldes del Partido Nacional comenzaron a cruzarlo el 12 de julio hacia el norte, para escapar del cerco que procuraban los ejércitos del gobierno. Unos 18.000 hombres del ejército revolucionario, medio muertos de frío y hambre, la mitad sin armas de fuego, llegaron por él hasta el departamento de Tacuarembó y tomaron rumbo a Rivera. 

Los pantanos, la crecida del río Negro y el agotamiento costaron la vida de más de mil caballos. El cañón Canet que llevaban los revolucionarios, y que pesaba 1.500 kilos, fue desarmado para el cruce. Al fin, el 19 de julio, el puente fue volado e incendiado, para no facilitar el paso a las tropas del gobierno, aunque se conservó un tramo que se utilizó luego para el cruce del arroyo Cuñapirú, en Rivera.

Bella Unión y Masoller

Después de una larga marcha entre julio y agosto hasta Santa Rosa del Cuareim (hoy Bella Unión), para recibir armas y municiones contrabandeadas desde Argentina, el ejército de los blancos regresó hacia Rivera. Debía pasar necesariamente por la cuña de Masoller, un paraje desolado y pedregoso, sobre la frontera con Brasil.

En esa batalla decisiva, una parte de la División 13ª de Guillermo García y Carmelo Cabrera estuvo en el centro del ataque a las fuerzas del gobierno, que se hallaban parapetadas tras larguísimos cercos de piedra. 

Al caer la noche del 1º de setiembre, Aparicio Saravia recibió un balazo de Mauser, mientras recorría el frente de combate a caballo, que le provocaría la muerte el 10 de setiembre, en territorio brasileño, en la estancia de la madre del caudillo riograndense João Francisco. 

Los jinetes rebeldes del Partido Nacional comenzaron a desbandarse apenas su jefe cayó herido. Y el 24 de setiembre se firmó la Paz de Aceguá. “Las causas que han precipitado la paz no es otra que la anarquía, la profunda anarquía existente entre los jefes” revolucionarios, afirmó Carmelo Cabrera. Después de fue a Argentina, para trabajar en el Ministerio de Obras Públicas.

Próxima y última nota: Las mil empresas de Carmelo Cabrera; la frustrada revuelta de 1910 contra Batlle y Ordóñez; senador y candidato a la Presidencia de la República; una vejez activa y porfiada
 

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