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Llegaron a España como migrantes y avivan el debate de vendedores callejeros

Comerciantes informales encarnan un dilema para las autoridades catalanas

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10 de septiembre de 2018 a las 05:02

Los fines de semana soleados, decenas de vendedores callejeros se acomodan a lo largo del paseo Marítimo en Barcelona, donde ofrecen lentes oscuros supuestamente de diseñador, ropa y otros artículos, generalmente imitaciones.

Estos comerciantes informales, conocidos como manteros, encarnan un dilema para las autoridades: una cosa es debatir si se permitirá la entrada de más migrantes a la Unión Europea, pero otra muy distinta es acordar qué hacer con ellos una vez que lleguen.

La mayoría de los manteros son migrantes africanos que a menudo han arriesgado su vida para escapar de la violencia o la pobreza. Sin embargo, cuando llegan a la Unión Europea, muchos descubren que es casi imposible encontrar un trabajo ordinario sin los documentos necesarios, sobre todo en países con altos índices de desempleo como España.

Para subsistir, muchos se unen a las filas crecientes de vendedores callejeros. Barcelona se ha convertido en un centro para los manteros, llamados así por su costumbre de acomodar sus productos sobre mantas que pueden doblar fácilmente como si fueran costales improvisados.

Los vendedores callejeros, que a menudo se acercan a los turistas en las playas o las plazas de la ciudad, se han convertido en un tema cada vez más controvertido, y los incidentes que involucran a los manteros se han tornado violentos en algunas ocasiones.

Fútbol político

En las últimas semanas, un tribunal sentenció a un mantero a cuatro meses y medio en prisión y le impuso una multa de 3.500 euros (cerca de US$ 4.000) por haber lesionado a un policía durante una inspección en Cambrils, una ciudad turística al sur de Barcelona. El mantero pateó al oficial en repetidas ocasiones, después de que este pisara la manta de sus productos para evitar que escapara.

Los manteros dicen que los están utilizando como fútbol político, y han señalado el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía. Hace poco, un sindicato formado por los vendedores hizo un llamado a las autoridades para descriminalizar sus actividades de comercio en las calles. Los vendedores se han enfrentado a las autoridades en otros lugares de España, incluyendo a Madrid en marzo, donde las manifestaciones se tornaron violentas luego de que un vendedor senegalés muriera de un infarto. Los manteros tomaron las calles del barrio de Lavapiés para protestar por la muerte de su compañero, diciendo que su infarto se había producido a raíz de un control policial.

Camino a las elecciones municipales en Barcelona y otras ciudades el próximo año, los políticos de la oposición han aprovechado las tensiones con los manteros para acusar a Ada Colau, la alcaldesa de izquierda de Barcelona, de no ser capaz de mantener el orden público en la ciudad.

Para los vendedores callejeros, Barcelona ha sido una base relativamente buena, en gran parte debido a que la ciudad tiene muchos turistas dispuestos a comprar lentes oscuros y bolsos falsos. No obstante, muchas personas se oponen a la presencia de los vendedores; los comerciantes expresan frustración, pues dicen que los manteros están alejando a los clientes.

Sin datos oficiales

La policía y otras autoridades se han acusado mutuamente por permitir que el comercio en las calles siga aumentando. En agosto, un sindicato de trabajadores que representa a las fuerzas policiales de Barcelona acusó al gobierno de Colau de avisar a los manteros sobre las redadas planeadas.

Nadie sabe con seguridad qué tan grande es la red de manteros de Barcelona. Los cálculos van desde de varios cientos a casi 3.000, de acuerdo con una asociación de comerciantes que se formó para manifestarse en contra del comercio ilegal en las calles. La alcaldía declaró que no tenía datos oficiales.

Parvati Nair, directora del Instituto Universitario de Naciones Unidas sobre Globalización, Cultura y Movilidad, y residente de Barcelona, dijo que la falta de cifras era un problema. “Los vendedores callejeros son parte de una economía informal que es legalmente y políticamente invisible”, comentó. “Pero si por lo menos pudiéramos trabajar con datos precisos, seríamos capaces de idear mejores políticas para estas personas”.

Los vendedores callejeros que operan ilegalmente pueden ir a prisión si los atrapan varias veces, pero una encuesta de opinión que publicó en abril el diario El Mundo indicó que la mayoría de los españoles quiere que la policía multe a los manteros en vez de detenerlos.

Proyecto corporativo

En julio, la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, de izquierda, introdujo un permiso de residencia para migrantes sin papeles que ofrece acceso a atención médica y otros servicios públicos básicos. Los políticos de la oposición han advertido que ese tipo de cambios podría alentar más migración ilegal y exacerbar el problema de los manteros; sin embargo, Carmena ha dicho que los vendedores callejeros no deben ser marginados.

Madrid es “una ciudad muy amplia en la que hay actividades irregulares que no se deben llevar a cabo, pero no es lo más problemático que haya un determinado número de personas” que practiquen “la venta irregular”, les dijo a reporteros el mes pasado.

Barcelona introdujo un proyecto cooperativo el año pasado con el objetivo de ayudar a los comerciantes a dejar las calles y vender artículos en mercados de artesanías oficiales. El proyecto tiene como propósito permitir que los vendedores ganen dinero y con el tiempo obtengan permisos de trabajo.

Babacar Diop, de Senegal, fue uno de los quince vendedores elegidos para comenzar la cooperativa. Después de haber llegado a España hace una década, recurrió al comercio en las calles luego de tener trabajos temporales durante varios años, entre ellos un empleo como guardia de seguridad en una zona de construcción.

“Creí que España me traería dinero y estabilidad, pero esa no fue la realidad”, dijo Diop, de 38 años. La cooperativa, agregó, era “una oportunidad para dejar de arriesgarse en las calles, donde siempre estás tratando de escapar de la policía”.

Los migrantes recién llegadLosos que recurren al comercio en las calles de Barcelona normalmente comienzan con la ayuda de un mantero establecido. Este contacto suele prestarles dinero suficiente para comprar mercancía de imitación en uno de los almacenes de la ciudad vecina de Badalona.

Una fotografía de recuerdo

Una tarde Samba Diallo, de 28 años, salió a vender sus productos en la zona central de Barcelona. Abriéndose camino entre las mesas de la terraza de una cafetería, se dirigió a una mesa donde se encontraban tres mujeres con ropa elegante; cuando vieron que se acercó, dos tomaron sus bolsos e hicieron un ademán para que se alejara.

Como muchos otros vendedores callejeros, Diallo no tenía como destino Barcelona cuando decidió migrar a Europa. De Libia cruzó a Italia y pasó cinco años en distintas ciudades.

Dijo que se había mudado a Barcelona después de que sus amigos le dijeron que “los españoles son más amables con los migrantes africanos que los italianos”. Pero después de algunos meses, agregó, no está seguro “de que sea mucho mejor aquí”.

En otra mesa, Diallo comenzó a charlar con una familia neerlandesa y logró que el padre tocara su escultura de elefante y se tomara una foto junto a él, aunque no la compró.

Diallo no pudo encontrar a ningún comprador esa tarde. “Pero por lo menos hice feliz a alguien con una fotografía de recuerdo”. 

Por Raphael Minder, The New York Times.

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