Es ahí, en esa disyuntiva entre las mayores demandas sociales y los recursos en caída, que se centran las preocupaciones.
Por lo pronto, el Gobierno admitió que este año habrá un déficit fiscal de 10,5%, el desequilibrio más profundo en varias décadas. La cifra surge de la corrección presupuestaria, en la cual se prevé que los ingresos tributarios tendrán una caída de un billón de pesos, mientras los gastos tendrán un aumento de 1,14 billones respecto de la previsión original (pre-pandemia).
Entre los datos más alarmantes para los economistas es que la forma de financiamiento de ese agujero fiscal es, en su mayor parte, una asistencia pura del Banco Central.
“Nos preocupan los niveles de emisión que está teniendo el Banco Central, por el impacto que tienen en la inflación, porque aunque lo esterilice a través de las letras de liquidez, es un nivel de emisión muy fuerte”, dijo el analista Orlando Ferreres en un zoom ante una audiencia de empresarios.
Agregó que la situación social tendrá un deterioro importante por el incremento del desempleo y que cuando se realice la próxima medición de pobreza, el dato se ubicará en un pavoroso nivel de 50 por ciento.
Demanda por dólares, el indicador del miedo
Como suele ocurrir en situaciones de este tipo, los argentinos con capacidad de ahorro se defienden de la única forma en que lo han sabido hacer durante décadas: compran dólares. Y no hay “cepo” que valga, siempre se las ingenian para sortear los controles.
En julio, se estima que unos cuatro millones de personas compraron la cuota permitida de US$ 200 al tipo de cambio oficial. El nivel duplica el que se registraba hace dos meses y ya está generándole problemas al Banco Central, que abandonó su posición de comprador de divisas para tener que volver a vender.
Se están implementando controles para evitar “trampas” a la regulación. Una de ellas es la conocida como la de los “coleros digitales”. Es la versión electrónica del viejo sistema consistente en contratar a personas de bajos ingresos para que, con el solo requisito de tener documento de identidad, comprar dólares a cambio de una comisión. De esa forma, organizaciones financieras del mercado negro conocidas como “las cuevas” se hacían de dólares al precio oficial, sorteando el límite de compras permitidas por persona.
Cuando se empezó a sospechar que eso mismo se estaba haciendo en estos días, por la vía de contratar a “coleros” con cuenta bancaria que compraban dólares por encargo de un tercero, el Central extremó los controles y empezó a bloquear cuentas ante el menor atisbo de movimiento sospechoso.
Pero sabe que con eso no alcanza. Es por eso que decidió, por tercera vez desde que rige la cuarentena una suba de tasas de interés para los plazos fijos en pesos. Con la esperanza de tentar a los ahorristas, llevó al 38 por ciento anual el premio para los plazos fijos, pero aun así es un número que luce bajo en comparación con el pronóstico de inflación que hacen los economistas, que prevén una inflación del 52% y una devaluación del 49%.
El principal indicador sobre la desconfianza del mercado es la “brecha” entre el dólar oficial y el paralelo. El famoso “blue”, en 140 pesos, ya casi duplica a la cotización del Banco Central –un dólar que sólo rige para el comercio exterior-.
El Central se niega a “desdoblar”
Mientras el Banco Central pulsea con el mercado para mantener la calma y no perder reservas, los economistas le dan consejos sobre cambios drásticos.
Por ejemplo, Carlos Melconian, muy influyente en la City y siempre considerado un “ministeriable”, sugiere que hay que empezar a deslizar a mayor velocidad el tipo de cambio oficial. Según su estimación, es algo que ahora puede hacerse con bajo riesgo de impacto inflacionario, “gracias” a la cuarentena.
Además, el controvertido –pero siempre escuchado- Domingo Cavallo propuso que se desdoblara el mercado cambiario en un dólar comercial y otro financiero, de libre acceso al público. En otras palabras, la legalización del dólar blue.
Muchos se sorprendieron por esa fórmula “ochentosa” que el padre de la convertibilidad siempre criticó. Pero su argumento es que en este momento tendría sentido en este momento de escasez de divisas, porque permitiría que quienes tienen dólares se vieran tentados de venderlos en el mercado, y eso liberaría al Central de salir del rol de ser único oferente.
Pero el Central se resiste a estos consejos y afirma que no se apartará de su política. Los funcionarios están convencidos de que un aumento en el ritmo devaluatorio generaría mayores turbulencia, al menos mientras no esté definitivamente cerrada la negociación con los acreedores externos por el canje de la deuda.
Su estrategia es maximizar los controles sobre las importaciones, de manera de incrementar el saldo de la balanza comercial, que se estima para este año en 18.000 millones de dólares. Y el objetivo más complicado es quedarse en su poder con la mayor parte de esas divisas.
El fantasma del “Rodrigazo”
Con esa situación como fondo, los pronósticos de los más escépticos son aterradores: ya se habla abiertamente de la posibilidad de una inflación de tres dígitos y hasta de la reedición de grandes ajustes como el histórico “Rodrigazo” de 1975.
El más severo en el pronóstico fue Ricardo López Murphy, que se mostró preocupado por los niveles de emisión monetaria.
Y advirtió: “A la salida de la pandemia o hay un programa de estabilización del gasto o vamos a un proceso de aceleración inflacionaria. La mega inflación es un riesgo y esa situación está justo frente a nosotros”.
La sola mención al “Rodrigazo” causó escozor entre quienes escucharon a López Murphy, quien señaló similitudes entre la situación actual y el momento previo a aquel ajuste brusco.
Celestino Rodrigo pasó a la historia por haber hecho la corrección de precios relativos, que implicó ajustes de tres dígitos en las tarifas de servicios públicos y en los precios de los combustibles. Además, claro, de una devaluación que duplicó la cotización del dólar. La inflación de ese convulsionado 1975 fue de 187 por ciento y a partir de allí el país ya se estacionó en una inflación crónica de tres dígitos hasta la convertibilidad de los años ‘90.
¿Es eso lo que le espera a Argentina? La mayoría de los analistas cree que no, pero también es cierto que muchos se alarman al comprobar ciertas similitudes, por ejemplo el atraso tarifario, el abuso del dólar como ancla cambiaria y el crecimiento acelerado de un déficit fiscal que sólo puede ser financiado con emisión monetaria.
Lo llamativo del caso es que el propio gobierno, aunque critica esos vaticinios de desastre y se mofa de quienes ven un riesgo en la emisión monetaria, también en los hechos demuestra cierta cautela.
Por lo pronto, el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, se está esforzando en contrarrestar la emisión, al retirar masivamente pesos del mercado. Después de haber asistido al Gobierno con $1,25 billón desde que empezó la cuarentena, pasó la aspiradora para retirar $870.000 millones.
Todo una señal de que los temores del Rodrigazo no sólo existen entre los críticos del gobierno.