10 de diciembre de 2014 16:57 hs

Un siglo y medio ha sucedido en la historia uruguaya desde que en 1865 el general Venancio Flores aceptara ir a una guerra luego de una alianza militar con el Brasil imperial y con la Argentina del presidente Bartolomé Mitre. A pesar del tiempo transcurrido, todavía hay muchos prejuicios e interpretaciones desenfocadas de esa guerra tremenda, atroz y sangrienta, donde es cada vez más difícil encontrar buenos y malos, porque quien quiera esa división maniquea de términos se quedará con las manos vacías.

Los ángulos de esta guerra, como en todas las guerras, son diversos. Hubo actos de violencia extrema por ambos lados y, si en cantidad la barbarie decayó para el lado aliado, fue porque los paraguayos no pudieron hacer más. Si de un lado estaba el ánimo policial y represor de Mitre y la aristocracia brasileña, del otro estaba el ánimo dictatorial y ambicioso del general Francisco Solano López, quien hacia el final de la guerra no dudó en reclutar a niños para pelear, en un acto desmesurado que tuvo como respuesta la carnicería por parte del enemigo.

Muchas veces se resalta el papel de víctima por parte del Paraguay y en muchos sentidos lo fue. Hasta hoy la demografía paga las consecuencias funestas de la guerra, pero tampoco hay que olvidar que Paraguay fue el país agresor, que invadió el Mato Grosso brasileño, así como penetró por los ríos Paraná y Uruguay, tomó Corrientes por el primero y avanzó hasta cerca de la frontera uruguaya por el segundo.

Leyendo y releyendo el excelente número especial dedicado a la guerra del Paraguay de El País Cultural, recordé mis lecturas del Diario de campaña del coronel León de Palleja, uno de los jefes orientales en el conflicto y muerto en la batalla de Boquerón del Sauce, en julio de 1866.

Este diario es formidable como documento histórico, ya que Palleja escribió casi cada día entre la salida del ejército uruguayo en junio de 1865 desde Concordia, frente a Salto. Fue dejando la descripción de los rigores del clima, de la preparación de los hombres, de las marchas a paso forzado en medio de un invierno especialmente crudo. Así se suceden días de acción, como la batalla de Yatay o el sitio de Uruguayana y luego el avance hasta Paso de la Patria, donde los aliados cruzaron el Paraná y penetraron en territorio paraguayo.

Pero la mayor parte de los días que retrata el diario son días donde no pasa nada desde el punto de vista bélico, donde los hombres sufren de enfermedades por las inclemencias del tiempo (si el invierno fue duro, el verano en la selva pantanosa paraguaya es igual de infernal) y por contagio de infecciones, muriendo como moscas. Ambos ejércitos contaminaron las aguas de los ríos con los cadáveres y buscaron el mayor daño al enemigo.

En julio de 1866 el diario se detuvo de forma súbita. Tanto las fotos que tomó López desde el frente de batalla como una versión en PDF del Diario de campaña se encuentran disponibles en internet.

La guerra del Paraguay es particular desde el punto de vista comunicativo porque, además del impresionante testimonio escritorio de primera mano por parte de Palleja, es la primera guerra fotografiada en América del Sur. La casa fotográfica montevideana Bate y Compañía envió al frente a un fotógrafo, Javier López, quien bien puede considerarse como el primer reportero gráfico bélico del Uruguay. La intención era capturar imágenes para luego reproducirlas como tarjetas postales.

Pero lo que captó López fue demasiado para el ojo humano: pilas, parvas, montañas de cadáveres, en general de soldados paraguayos, amontonados antes de ser quemados para evitar más infecciones de la carne putrefacta. El rostro de la guerra en toda su intensidad.

También fotografió soldados haciendo ejercicios y alguna escena descriptiva de los campamentos. Y, para la posteridad, retrató a un hombre muerto cargada por sus soldados del Batallón Florida: el coronel de Palleja, tieso en una camilla hecha de palos (seguramente de alguna dura madera paraguaya), con los ojos cerrados y una mano en el vientre, mientras su tropa le rinde silencioso homenaje. La guerra se comía así a su meticuloso narrador.

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