8 de noviembre 2011 - 10:25hs

En 29 años de carrera, Sonic Youth nunca pasó por Montevideo para dar un concierto. Y eso podría haber seguido sucediendo, tal como pasa con tantos otros grupos de rock que animan los festivales de música más importantes del mundo, de Estados Unidos a Japón. Quizá por eso resulte tan raro encontrarlos en la calle Juan Paullier fotografiando las tradicionales esquinas del Parque Rodó e incluso al bar Living, uno de los puntos de la ciudad en los que seguramente alguna de sus canciones haya sonado más de una vez.

Nadie en el barrio se percata de su presencia mientras ellos enfilan hacia el lago del parque, pero allí va una parte fundamental en la historia del género: son quizá el ejemplo más claro del grupo que, manteniendo una música esencialmente contracultural y marcada por los “antihits” desde sus orígenes. El disco Daydream nation (1988) fue clave para comenzar a definir lo que fue el auténtico concepto de rock alternativo y el siguiente, Goo (1990), marcó el paso de la banda a las grandes discográficas y los disparó a la masividad. Pero Sonic Youth siempre conservó ese aura de “no comercial” en oposición a lo que grupos vinculables a su sonido y a su época —Nirvana como ejemplo más notorio— lograron en ese sentido.

Los artículos sobre Sonic Youth no dejan de repetirlo: tanto su música como sus propios integrantes no solo no parecen envejecer, sino que conservan esa intención rupturista que podría esperarse de gente más joven. El grupo sigue sonando como una banda aún ávida de darle sacudidas inclasificables a un género que desde hace años languidece entre refritos, lugares comunes y repeticiones.

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Lee Ranaldo, guitarrista decisivo en ese sonido raspante y de un extraño virtuosismo rústico, tan apartado de las escalas bluseras y a la vez tan contundente y sísmico en vivo, tiene una explicación para dicha longevidad. “Siempre pensamos en lo moderno, en el futuro. Lo que para nosotros es más importante es siempre la música que vamos a hacer más adelante. Hemos tocado desde nuestros inicios con bandas que hacían más una sola cosa, como Mudhoney. Nosotros hemos hecho discos más roqueros, más ambientales, más experimentales, bandas de sonido para proyectos audiovisuales. Creo que es un poco lo que somos, nunca queremos hacer lo mismo”, afirma el veterano músico, tomando un café con El Observador en un restaurante del Cordón.

Más que versatilidad, lo que han conseguido los integrantes de Sonic Youth —que también despliegan esa energía creativa en áreas como la plástica o la poesía— es transversalidad: su música inspiró y disparó al grunge que dominó la década de 1990 y a la vez se convirtió en la banda de sonido de una generación bastante más alienada e inquieta que la que consumía la música pop del momento. Pero al mismo tiempo, su sonido conserva incluso hoy la frescura que le falta a casi todo el rock emergente del momento, incluso dentro de los ambientes de la música indie como los de la propia Nueva York de la que ellos salieron. “Siempre quisimos que Sonic Youth fuera algo más que un show: una experiencia viva. Nosotros nos subimos con poca idea de lo que vamos a hacer en el escenario. Y esa mentalidad abierta es la que hace que vivamos nuestros conciertos de otra forma, y supongo que quienes nos vienen a ver también. Lo hemos hecho así desde siempre. La razón por la que hacemos esto es siempre por la inquietud artística, por ese tipo de experiencia. También de alguna manera que no logramos entender, hemos conseguido conectar nuestra música en un formato de canciones más pop”, dice Ranaldo.

Lo que los asistentes al festival Primavera Cero verán hoy, entonces, será una celebración musical de roqueros con habilidad suficiente para ir al formato de canción tradicional y a la vez esquivarlo, y de proponer sacudones de ruido cargado y sin armonías pero con una coherencia tan inexplicable como poderosa. “Creo que lo mejor que vamos a tener siempre es que eso nos ha dado un sonido único, muy nuestro. Un sabor distinto y una música que cambia constantemente de estado cuando la escuchás”, explica Ranaldo.

Pocas bandas se han reinventado tantas veces como ellos. Verlos, es una buena forma de entender lo que en algún momento representó el lado más interesante del rock: inquietud, conexión generacional, visceralidad, fuerza creativa. Todo eso en la banda con las guitarras más extrañas e irresistibles que hayan aparecido en las últimas tres décadas.

Aún sigue habiendo entradas disponibles para el concierto de hoy a $ 650 (platea alta) y $ 950 (platea baja). Pueden conseguirse en la Red UTS.

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