La mayoría de los países industrializados está pasando por un empuje inflacionario sin precedentes en las últimas décadas: Estados Unidos tiene una inflación del 7%, la mayor desde 1982, el Reino Unido tiene un alza de precios del 5,4%, la más alta en treinta años y hasta Alemania, el bastión occidental de la estabilidad de precios, está con un registro del 3,1%, que es el mayor desde 1933.
Para enfrentar esta situación, Estados Unidos se apresta a subir la tasa de interés y el Reino Unido ya lo decidió hace algunas semanas. En cambio, la realidad de otras dos economías avanzadas, como la Unión Europea y Japón, aunque también registra una cierta aceleración de los precios, no sigue la misma línea en cuanto a la política monetaria.
En estos días, el futuro inmediato de los países europeos está muy condicionado por la evolución del conflicto entre los países occidentales y Rusia a propósito de Ucrania. Es evidente que en una situación extrema, que por ahora no puede descartarse, habría consecuencias muy graves entre otros sobre la producción y los precios de Europa.
Pero con abstracción de esta eventualidad, lo cierto es que hasta ahora, la difusión de la variante ómicron está causando menos daño a la economía que la pandemia de los dos últimos años. Si bien hay un cierto efecto de retracción sobre algunos sectores, la vacunación y una mejor adaptación de la población a los protocolos de conducta social han permitido sobrellevar mejor los efectos adversos de esta nueva variante del virus. Es por eso que en este año se espera un crecimiento del orden del 5%, que sería bien importante aún en la comparación con los años previos a la pandemia. A su vez, la tasa de desempleo ya ha bajado a tono con esta evolución de la producción.
En contrapartida, el alza de los precios de la energía y de los alimentos ha impulsado a la inflación de la zona euro en estos últimos meses hasta un nivel máximo del 5,1% anual, que es muy superior a la meta oficial del 2%.
Pese a ello, a fines del año pasado, el BCE había descartado toda posibilidad de cambios en la política de expansión monetaria y en la tasa de interés, con el argumento de que la inflación se encaminaba a una estabilización en los primeros meses de este año, para iniciar luego un descenso progresivo. No obstante, ante la evidencia del aumento reciente de los precios de estas últimas semanas, hace dos días la presidenta del BCE, Christine Lagarde, no descartó una posible suba de la tasa de interés en el correr de este año.
Frente a este cambio de posición, los mercados financieros están proyectando una suba de la tasa de interés en varias instancias a lo largo del año, comenzando quizá por dos subas iniciales de 0,1% cada una.
Los críticos a la posición anterior del BCE consideraban que su resistencia a la suba de la tasa se debía más que nada al temor de que ella provoque un alza del costo del financiamiento de los gobiernos que debieron endeudarse durante la pandemia, al igual que muchas empresas del sector privado. Pero por lo visto, la nueva realidad pudo más que este temor.
En esta línea, un indicio de esta proyección de los mercados financieros ya lo había dado la suba del rendimiento de los valores públicos de Alemania a 10 años.
Es un indicador que sirve de referencia para el financiamiento en la zona euro, que hace poco se volvió positivo por primera vez desde el 2019, para ubicarse en un 0,013% anual, el mayor nivel desde mayo del 2019, cuando fue negativo en – 0,4%.
Del otro lado del mundo, y en una realidad tradicionalmente distinta a la de Occidente, también Japón empieza a sentir una cierta movida al alza de los precios, que a su vez está promoviendo un cambio de posición en la autoridad monetaria.
Así, por primera vez desde el año 2014, el Banco de Japón, que en todo este tiempo estuvo atento al peligro de la deflación de precios, acaba de cambiar su posición sobre el riesgo de la inflación, incluso tolerando una debilidad del yen que ahora agrega una presión al alza sobre los precios de importación, en especial de la energía y los alimentos. En este marco, el BJ cambió su perspectiva de inflación, que desde el 2014 era “sesgada a la baja” por una que ahora es “generalmente balanceada”.
Así, el BJ está previendo un alza de la suba de precios de consumo desde el 0,9% al 1,1% para el año fiscal que empieza en abril. Más definida, la suba anual de los precios mayoristas fue sobre fines del año pasado de entre 8 y 9% anual, debido principalmente al alza de los precios de importación. Pese a esta realidad y al histórico cambio de posición, el BJ mantuvo constante a la tasa de interés y también a su programa de compra de valores con fines de expansión monetaria. La tasa de interés de corto plazo siguió siendo del del – 0,1% y se mantiene la intención de situar la tasa de largo plazo en torno al 0% en tanto la inflación se mantenga por debajo de la meta del 2%.
Pese a esta posición oficial, la idea del sector privado es que ella deberá cambiar en el futuro próximo ante la suba de los precios de estas últimas semanas. Por ahora, y ante estos anuncios oficiales, el yen cayó con relación al dólar hasta su nivel más bajo de los últimos cinco años.
Ante la proyección de una próxima suba de la tasa de interés del BCE, el Banco de Japón queda por ahora como el único de los grandes bancos centrales del mundo que se resiste a un alza de esta variable clave de la política monetaria. Es un tema que habrá que seguir a lo largo del año.